Happy birthday to you, happy birthday to you. Happy birthday Duck Donald, happy birthday to you.
La torta está servida, luce setenta y cinco velitas invitando a un gran soplo que llegue de todas partes del mundo. Un aplauso para festejar la vida del pato más pato del universo palmípedo. Muchos nacieron antes, otros con él y algunos como yo nacimos para cuando ya Mr. Donald Duck era mayor de edad.
Para cuando yo gateaba y daba mis primeros pasos él disfrutaba de los privilegios de su fama que llega hasta los días de hoy.
Todos recordamos nuestra primera vez. Mi primera vez. Mi primera cita fue a ciegas, el encuentro del signo de dólar ($), la representación gráfica del billete verde del norte y yo fue muy animada. Fue salida directamente de las pupilas tilitantes del tío Mac Pato a mis pupilas infantiles. Mi iris quedó donaldzado.
Tuvieron que pasar muchos años en mi vida para que tuviera en mis manos los tan ansiados papelitos verdes. Para ser más exacta en mil novecientos ochenta y ocho, aún cuando la tenencia de esta moneda era ilegal en mi tierra. A escondidas tuve por horas unos quince dólares, mi gran fortuna, mi corazón latía a ritmo de una caja registradora salida de las páginas de mis queridos cartones que producía un sonido mágico con sabor a Orange Duck.
Hoy mis recuerdos se asemejan a una movie de ficción. Al igual que la Cucarachita Martina me senté a pensar qué me compraré, qué me compraré. Mis titubeos no pasaron de ser una quimera. Nunca pude comprar nada, tuve que ceder mi fortuna a una amiga para que la pasara a su vez a otra y así entrara a la cadena del mercado negro y ahí cambiarla por un par de artículos de higiene de primera necesidad que me hicieron la mujer más feliz de la Vanidad Martina.
No tuve educación ni instrucción financiera, mi mirada en esa área del desarrollo humano fue de ceguera absoluta . Era miope en el tema. Mi relación se limitaba al final de cada mes a recibir al contado un sueldo en efectivo y en moneda nacional, el peso que no equivalía ni a un dólar. Esas fueron literalmente mis entradas por más de treinta y seis años. Afortunadamente mi visión mejoró y hoy por hoy tengo veinte veinte.
Disfruté muy poco de las imágenes televisivas de los muñequitos occidentales.
Nosotros vimos desaparecer los tradicionales personajes dizque acusados de portar mensajes dañinos, tildados de pequeño burgueses. El Arca se fue a pique, con ratones, elefantes, perros, gatos, venados, peces, osos, cangrejos, pingüinos y cuanta especie del reino animal amenazara con dar el grito de la selva.
Nosotros fuimos testigos de la transformación de la ternura, la belleza y la originalidad de los cartones clásicos a formas de madera, a dibujos de palo prácticamente inanimados que contaban relatos de países de Europa oriental. Nosotros todos odiamos los muñequitos de palo como se conocían e incluso había un chiste que contaba de una madre que castigaba a su hijo por portarse mal y lo mandaba a ver los de palo.
Y así como el que vive de cuentos muere de desengaños, nuestro espíritu e imaginación infantil fueron a parar a la hoguera de la incredulidad. Nada de fantasías, nada de finales felices, nada de nada.
Vivíamos del cuento eso sí. Y sin darnos cuenta unos, y otros dándose perfecta cuenta comenzamos a escribir la fábula más increíble que el récord Guinness ha registrado: Un relato congelado en los tiempos, varado sobre un caimán, recreado en una extensa plantación y donde el personaje principal fue proclamado de caballo y el resto de los animales de camaradas. Así como en la Rebelión en la Granja.
Los siete mandamientos de la Rebelión en la Granja entraron a mi vida pasada mi adolescencia. En pleno desarrollo juvenil y con una parcial meridiana claridad (remedando al texto) y que es una expresión que durante años el hípico castrense relinchó en la explanada mayor. Los siete enanos han mandado y mandan aún en la granja menos cultivada de todas las conocidas. Y al son de los siete me hice mujer, sabiendo que todos los animales somos iguales, pero hay unos animales más iguales que otros. Yo era de las menos iguales.
Y así en esa ecuación de equidad hípico camaraderil unos no teníamos dólares y otros sí, porque todos éramos iguales, pero siempre había y hay unos animales que son más iguales. Y al final seguimos diciendo: C’est la vie.
Perdimos todo y la memoria aún más, no recordábamos, las imágenes iban alejándose cada vez más, parecían perderse entre telarañas, parecían fantasmas que se empeñaban en regresar pero que eran ahuyentados por los siete mandamientos. Todo se fue transformando, pura decadencia y los siete se multiplicaron una vez y otra y otra hasta convertirse en una lista interminable de prohibiciones para los menos iguales. Y privilegios para los más iguales. Y el carrusel dando vueltas, en su tarima solo un ejemplar relinchando y el resto de los más de diez millones de especies ahogando sus protestas onomatopéyicas.
Y aquí estoy disfrutando de una de mis imágenes preferidas , una capturada por mi cámara de fotos, que documenta que todo llega, que todo tiene su día, que mis brotes verdes florecieron . Es una foto familiar en Magic Kingdom en Disney World dándole la mano al Pato más viejo del mundo. Que no por viejo deja de ser travieso tiene una banderilla en su pata que dice: Prohibido prohibir.
Post-it La fábula que nunca debe dejar de leer a sus hijos: “ Rebelión en la Granja.” Autor : George Orwell, 1945. Para que nunca sus hijos al escuchar cuentos sufran de desengaño y que jamás sean menos iguales a los más iguales.
domingo, 12 de julio de 2009
domingo, 28 de junio de 2009
Sonriéndole a Benedetti
Ha muerto Benedetti. Hagamos de su Himno a la Alegría nuestra melodía. Sigamos defendiéndola. Era y soy por naturaleza una mujer alegre poniendo pie en tierra y desde mi trinchera he defendido mi derecho a la felicidad.
Definir la alegría me es díficil, defenderla mucho más. Cuando pienso en ella lo hago en términos de algo fugaz y efímero. Su temporalidad es una de sus características que más me cuesta manejar. Durante mi vida la alegría me ha visitado y la he recibido como Benedetti manda: con los brazos abiertos.
La alegría y la sonrisa no necesariamente van de la mano. Aunque por así decirlo la sonrisa sería una obvia expresión de la alegría. Podemos ser felices sin sonreir, tenemos otras formas de expresar la contentura Y lo escribo porque hay quien exige como
prueba de amor un happy face. Ser obvio en ocasiones puede dejarnos sin reir.
El paso de la sonrisa al llanto y de este a ella suele ser prácticamente simultáneo. La transformación de una carcajada fuerte y estrepitosa a una cascada ocular salada es en cuestión de segundos. El dolor y la pena se conocen muy bien muy de cerca y saben coexistir con la sensación de tener el mundo a nuestros pies. Van de la mano y sin lugar a dudas esto es una premisa para la comprensión de uno de los teoremas cardinales de la vida: La vida es como es.
Beber del pozo de la tristeza y de la alegría es una práctica natural. Obligada. Son caras de la misma moneda. Tratar de mantener un estado feliz permanente es una utopía, e incluso algo sin sentido. Si no fuera por la tristeza cómo sentirnos felices y si no fuera por la melancolía cómo deleitarnos con los momentos de alegría en nuestras vidas. Entendido así se hace más llevadero. Y más fácil de incorporarlo a nuestro abc.
E incluso se va más allá cuando se dice que: “Los pueblos felices no tienen historia”
La euforia nace en lo más profundo de nuestro abatimiento. Este da paso a las más increíbles sensaciones gloriosas.
Quizás quien mejor lo expresó fue Benjamín Franklin: “ Nuestra limitada perspectiva, nuestras esperanzas y miedos, se convierten en nuestra medida de la vida, y cuando las circunstancias no se corresponden con nuestras ideas, se transforman en nuestras dificultades”
Todos buscamos la felicidad. El camino hacia ese sentimiento dulce, agradable y tan ansiado es difícil de andar. Es un sendero que más nos vale emprenderlo con grandes dosis de voluntad. Más nos vale que temprano en la mañana le demos los buenos días a la tenacidad y la perseverancia que como barricadas nos protejan de nuestras flaquezas.
En la época actual cada vez más la seriedad se apropia de nuestros rostros y corazones. Alegrarnos es un reto. Quiero que mi respeto, admiración y agradecimiento a Benedetti sean de alguna manera mi compromiso a luchar por mi alegría, la de mi familia y la de mis amigos. Combatir la frustración, el miedo, el estrés, las tensiones, centrarme en ser una mujer, una madre, una esposa, una amiga y una ciudadana proactiva hacia la producción de ideas y pensamientos optimistas. Documentemos nuestra alegría, seamos testigos de que sí se puede ser feliz, construyamos nuestra apología en pos de ella. Que quede reflejada en nuestras fotos, historias, y filmes familiares y personales. Que nuestros hijos hereden y reciban como patrimonio a padres capaces de sacar del sombrero una amplia y y genuina sonrisa. Mostrémosle las cosas tal cual, enseñémosle a convivir a ratos con una de ellas y a ratos con la otra. “No debemos buscar la felicidad a lo grande, no existe. Lo que existe es la felicidad a ratos” –Carmen Maura-
Y en esta ocasión mi buceo monologámico, mi chapuzón en aguas nacionales me obliga a lanzar mis redes en busca de una filosofía propia que rija mis actitudes afectivas. Y fiel a mi tendencia me gusta pensar, me gusta fantasear con ilusiones que giren alrededor de convertirnos en una banca afectiva. Es por eso que he hecho este ejercicio que en mi condición de amateur financiera me permito esbozar en una dizque carta de navegación. Con la ilusión de embotellarla y lanzarla a que navegue cual tesoro a compartir con todos los navegantes que surquen estas pantallas bienaventuradas.
Hagamos un giro de cuatro grados latitud familiar y otros diez grados latitud social e izar velas hacia un océano amoroso. Que nuestra política bancaria nos demande ser generosos entregando afectos declarando abierta una línea de crédito afectiva. Abramos nuestra línea de crédito emocional a nosotros mismos y a los demás. Que nuestros depósitos afectivos eleven las cifras de nuestros fondos emocionales.
Convirtamos nuestra bolsa crediticia en un escenario activo. Donde tomemos riesgos filiales y sociables que permitan que los flujos de importaciones y exportaciones de buena onda diversifiquen nuestras carteras afectivas.
Que nuestros saldos y dividendos repercutan en ganancias saludables a nuestra banca emocional. Y que nuestras inversiones sean seguras y confiables generando redes de socios activos capaces de que el tipo de cambio de sus relaciones sea favorable en ambos sentidos. No nos declaremos en bancarrota emocional. Generando emociones, sentimientos y estados de ánimos que contribuyan a una práctica del uso positivo de las relaciones humanas. Que el pago de nuestras cuotas de impuestos den fe en la construcción de escenarios felices. Que al girar nuestros cheques o nuestras transferencias emocionales estas vayan acompañadas de mensajes de apoyo y solidaridad hacia nuestros seres queridos. Que las remesas cálidas vayan al alza del producto interno bruto de cada cual y de cada quien.
Plantearnos el compromiso de que nuestros préstamos afectivos al ser cobrados no incluyan porcentajes en el uso de nuestro amor. Y que este que lo puede todo nos permita pagar nuestra deuda externa e interna. Y con la mano en nuestro corazón declaremos a Afrodita o Venus un astro que brille en nuestro firmamento para decir con toda nuestra pasión al César lo que es del César.
Definir la alegría me es díficil, defenderla mucho más. Cuando pienso en ella lo hago en términos de algo fugaz y efímero. Su temporalidad es una de sus características que más me cuesta manejar. Durante mi vida la alegría me ha visitado y la he recibido como Benedetti manda: con los brazos abiertos.
La alegría y la sonrisa no necesariamente van de la mano. Aunque por así decirlo la sonrisa sería una obvia expresión de la alegría. Podemos ser felices sin sonreir, tenemos otras formas de expresar la contentura Y lo escribo porque hay quien exige como
prueba de amor un happy face. Ser obvio en ocasiones puede dejarnos sin reir.
El paso de la sonrisa al llanto y de este a ella suele ser prácticamente simultáneo. La transformación de una carcajada fuerte y estrepitosa a una cascada ocular salada es en cuestión de segundos. El dolor y la pena se conocen muy bien muy de cerca y saben coexistir con la sensación de tener el mundo a nuestros pies. Van de la mano y sin lugar a dudas esto es una premisa para la comprensión de uno de los teoremas cardinales de la vida: La vida es como es.
Beber del pozo de la tristeza y de la alegría es una práctica natural. Obligada. Son caras de la misma moneda. Tratar de mantener un estado feliz permanente es una utopía, e incluso algo sin sentido. Si no fuera por la tristeza cómo sentirnos felices y si no fuera por la melancolía cómo deleitarnos con los momentos de alegría en nuestras vidas. Entendido así se hace más llevadero. Y más fácil de incorporarlo a nuestro abc.
E incluso se va más allá cuando se dice que: “Los pueblos felices no tienen historia”
La euforia nace en lo más profundo de nuestro abatimiento. Este da paso a las más increíbles sensaciones gloriosas.
Quizás quien mejor lo expresó fue Benjamín Franklin: “ Nuestra limitada perspectiva, nuestras esperanzas y miedos, se convierten en nuestra medida de la vida, y cuando las circunstancias no se corresponden con nuestras ideas, se transforman en nuestras dificultades”
Todos buscamos la felicidad. El camino hacia ese sentimiento dulce, agradable y tan ansiado es difícil de andar. Es un sendero que más nos vale emprenderlo con grandes dosis de voluntad. Más nos vale que temprano en la mañana le demos los buenos días a la tenacidad y la perseverancia que como barricadas nos protejan de nuestras flaquezas.
En la época actual cada vez más la seriedad se apropia de nuestros rostros y corazones. Alegrarnos es un reto. Quiero que mi respeto, admiración y agradecimiento a Benedetti sean de alguna manera mi compromiso a luchar por mi alegría, la de mi familia y la de mis amigos. Combatir la frustración, el miedo, el estrés, las tensiones, centrarme en ser una mujer, una madre, una esposa, una amiga y una ciudadana proactiva hacia la producción de ideas y pensamientos optimistas. Documentemos nuestra alegría, seamos testigos de que sí se puede ser feliz, construyamos nuestra apología en pos de ella. Que quede reflejada en nuestras fotos, historias, y filmes familiares y personales. Que nuestros hijos hereden y reciban como patrimonio a padres capaces de sacar del sombrero una amplia y y genuina sonrisa. Mostrémosle las cosas tal cual, enseñémosle a convivir a ratos con una de ellas y a ratos con la otra. “No debemos buscar la felicidad a lo grande, no existe. Lo que existe es la felicidad a ratos” –Carmen Maura-
Y en esta ocasión mi buceo monologámico, mi chapuzón en aguas nacionales me obliga a lanzar mis redes en busca de una filosofía propia que rija mis actitudes afectivas. Y fiel a mi tendencia me gusta pensar, me gusta fantasear con ilusiones que giren alrededor de convertirnos en una banca afectiva. Es por eso que he hecho este ejercicio que en mi condición de amateur financiera me permito esbozar en una dizque carta de navegación. Con la ilusión de embotellarla y lanzarla a que navegue cual tesoro a compartir con todos los navegantes que surquen estas pantallas bienaventuradas.
Hagamos un giro de cuatro grados latitud familiar y otros diez grados latitud social e izar velas hacia un océano amoroso. Que nuestra política bancaria nos demande ser generosos entregando afectos declarando abierta una línea de crédito afectiva. Abramos nuestra línea de crédito emocional a nosotros mismos y a los demás. Que nuestros depósitos afectivos eleven las cifras de nuestros fondos emocionales.
Convirtamos nuestra bolsa crediticia en un escenario activo. Donde tomemos riesgos filiales y sociables que permitan que los flujos de importaciones y exportaciones de buena onda diversifiquen nuestras carteras afectivas.
Que nuestros saldos y dividendos repercutan en ganancias saludables a nuestra banca emocional. Y que nuestras inversiones sean seguras y confiables generando redes de socios activos capaces de que el tipo de cambio de sus relaciones sea favorable en ambos sentidos. No nos declaremos en bancarrota emocional. Generando emociones, sentimientos y estados de ánimos que contribuyan a una práctica del uso positivo de las relaciones humanas. Que el pago de nuestras cuotas de impuestos den fe en la construcción de escenarios felices. Que al girar nuestros cheques o nuestras transferencias emocionales estas vayan acompañadas de mensajes de apoyo y solidaridad hacia nuestros seres queridos. Que las remesas cálidas vayan al alza del producto interno bruto de cada cual y de cada quien.
Plantearnos el compromiso de que nuestros préstamos afectivos al ser cobrados no incluyan porcentajes en el uso de nuestro amor. Y que este que lo puede todo nos permita pagar nuestra deuda externa e interna. Y con la mano en nuestro corazón declaremos a Afrodita o Venus un astro que brille en nuestro firmamento para decir con toda nuestra pasión al César lo que es del César.
sábado, 20 de junio de 2009
El que quiera celeste que le cueste
Había una vez una niña que danzaba sobre el mar. Tenía el celeste rendido a sus pies y cuando alzaba sus ojos le saludaba con un guiño pícaro el celeste de su cielo, un pálido azul que la tomaba en brazos y la balanceaba en su trenzado columpio sujeto a su cabello humedecido que se enredaba a las cuerdas de su calidoscópico cometa.
Hubo una vez una niña que soñó que volaba sujeta a su papalote. La brisa veraniega era su cómplice. La tomaba en brazos y sus bocanadas de aire fresco la empujaban hacia el horizonte.
Y cuentan que con los ojos cerrados y el olor a salitre penetrándole la piel horneada en el horno materno, humeando a madre le vieron perderse más allá del aro iris.
Y que fue acunada con un manto de arena fina, blanca, suave y prometedora. El oro blanco siempre caliente y resplandeciente a punto de quemar sus pies, pero estos no dejaban huellas al danzar porque literalmente volaba atada a su barrilete.
Susurran por ahí que su abuela y su madre se lo habían construído a escondidas allá en una casucha medio desvencijada, más vieja que la propia vejez y que sólo la esperanza hacía mantenerse en pie. Las algas les habían ayudado a atar los chuecos pedazos de tabla enmohecida al tul celestial y con sus manos de mujeres pescadoras cosían sus sueños puntada tras puntada a los tejidos ensoñados.
Fue el regalo para su hija, llegaba su cumpleaños y soñaban hacer el viaje de sus vidas, enredarse en un fuerte e indestructible nudo y perderse en el infinito en pos del celeste. Teñirse de turquesa, refrescarse serenamente, quizás lograban con sus manos curtidas y sus manos nacientes atrapar ambos tonos sí ese decía la niña: el de arriba y la madre le respondía: sí ese el de abajo, fundirlos, pegarlos así no más, y correr, volar, danzar, dejando tras ellas una estela aguamarina arrastrando sus cuerpos desnudos, sin atavíos desgarrantes entrelazados a una pompa de crespas marítimas como único accesorio.
Cuentan que una vez se les vio a la madre de la madre de la hija, a la madre y a la niña desaparecer danzando sobre un desierto de sal, el agua había desaparecido, el agua se había ahogado, se había salinificado dejando como testigos de su presencia eterna profundas grietas salinas que lloraban su ausencia. Que clamaban la humedad, las lágrimas que se habían juntado así una con otra, y esta con esta, y aquella con otra y que de tanto llorar seco se había quedado.
Un océano se había esfumado, el adiós era para siempre. Ya no llegaría con sus encantos a alimentar las noches de aquellos que tenían por cena sus ensoñaciones encantadas. Dicen que reían muy unidas, que el compás de su baile lo marcaba un sonido fuerte, rítmico que en sus inicios se escuchaba como el de las olas al acariciar la orilla y que en su segundo acto llegaba como ese que produce la retirada del agua hacia lo más profundo de la noche.
Y cuchichean que quedó cosido con hilos salinos el dios de los cielos al de los vientos con el del bramar oceánico y que de ahí de esa unión nació el matiz tan ansiado que llegó arrullado por el volador más grande nunca antes visto. Que se vieron unas manitas traviesas tomadas a unas huesudas agarradas a otras regordetas que aferradas a la cuerda mágica daban altura al más preciado de todos los regalos:
La niña y la hija de la abuela y la madre de la madre de la niña se habían dado las unas a las otras: “el color de la perseverancia.”
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, pero el tuyo no ha empezado.
Hubo una vez una niña que soñó que volaba sujeta a su papalote. La brisa veraniega era su cómplice. La tomaba en brazos y sus bocanadas de aire fresco la empujaban hacia el horizonte.
Y cuentan que con los ojos cerrados y el olor a salitre penetrándole la piel horneada en el horno materno, humeando a madre le vieron perderse más allá del aro iris.
Y que fue acunada con un manto de arena fina, blanca, suave y prometedora. El oro blanco siempre caliente y resplandeciente a punto de quemar sus pies, pero estos no dejaban huellas al danzar porque literalmente volaba atada a su barrilete.
Susurran por ahí que su abuela y su madre se lo habían construído a escondidas allá en una casucha medio desvencijada, más vieja que la propia vejez y que sólo la esperanza hacía mantenerse en pie. Las algas les habían ayudado a atar los chuecos pedazos de tabla enmohecida al tul celestial y con sus manos de mujeres pescadoras cosían sus sueños puntada tras puntada a los tejidos ensoñados.
Fue el regalo para su hija, llegaba su cumpleaños y soñaban hacer el viaje de sus vidas, enredarse en un fuerte e indestructible nudo y perderse en el infinito en pos del celeste. Teñirse de turquesa, refrescarse serenamente, quizás lograban con sus manos curtidas y sus manos nacientes atrapar ambos tonos sí ese decía la niña: el de arriba y la madre le respondía: sí ese el de abajo, fundirlos, pegarlos así no más, y correr, volar, danzar, dejando tras ellas una estela aguamarina arrastrando sus cuerpos desnudos, sin atavíos desgarrantes entrelazados a una pompa de crespas marítimas como único accesorio.
Cuentan que una vez se les vio a la madre de la madre de la hija, a la madre y a la niña desaparecer danzando sobre un desierto de sal, el agua había desaparecido, el agua se había ahogado, se había salinificado dejando como testigos de su presencia eterna profundas grietas salinas que lloraban su ausencia. Que clamaban la humedad, las lágrimas que se habían juntado así una con otra, y esta con esta, y aquella con otra y que de tanto llorar seco se había quedado.
Un océano se había esfumado, el adiós era para siempre. Ya no llegaría con sus encantos a alimentar las noches de aquellos que tenían por cena sus ensoñaciones encantadas. Dicen que reían muy unidas, que el compás de su baile lo marcaba un sonido fuerte, rítmico que en sus inicios se escuchaba como el de las olas al acariciar la orilla y que en su segundo acto llegaba como ese que produce la retirada del agua hacia lo más profundo de la noche.
Y cuchichean que quedó cosido con hilos salinos el dios de los cielos al de los vientos con el del bramar oceánico y que de ahí de esa unión nació el matiz tan ansiado que llegó arrullado por el volador más grande nunca antes visto. Que se vieron unas manitas traviesas tomadas a unas huesudas agarradas a otras regordetas que aferradas a la cuerda mágica daban altura al más preciado de todos los regalos:
La niña y la hija de la abuela y la madre de la madre de la niña se habían dado las unas a las otras: “el color de la perseverancia.”
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, pero el tuyo no ha empezado.
jueves, 18 de junio de 2009
sábado, 13 de junio de 2009
Haciendo zapping
Con total seguridad tener el control remoto o el mando es un placer que produce las más placenteras sensaciones. Desde esa que nos viene al entrar en contacto nuestra mano con su forma rectangular que se adhiere a nuestra palma diestra así como anillo al dedo. O al sentir que es todo nuestro y por lo tanto podemos retenerlo, hacerlo prisionero y doblegarlo a nuestros deseos. Hasta la satisfacción de ir presionando botón tras botón, pasando cuanta imagen posibilite nuestro programa de TV cable sin detenernos en nada especial, mientras nuestros pensamientos danzan al ritmo de nuestras retinas tele expectativas.
Y ni hablar de esa sensación liberadora que nos posee al decidir qué vemos, qué elegimos, cuánto tiempo le damos de vida a tal o cual imagen y cuándo pasar de canal sin darle la mínima posibilidad al resto de los mortales de procesar lo que desfila delante de sus narices y que entra directamente del plasma televisivo al plasma humano. En todo caso aún recuerdo qué hacíamos antes del alumbramiento, antes de que viera la luz este facilitador del cambio por el cambio. Este pequeño objeto que su tenencia proclama a los cuatro vientos un máximo de status hogareño.
Nací iniciados los cincuenta y ya para esos abriles se disfrutaba de la presencia de la televisión en nuestro terruño, de este descubrimiento tecnológico que vino para quedarse y ser un miembro protagónico de todas las familias, que llegaba para ser muy querido, valorado y en muchos momentos portador de las más apasionadas disputas caseras, este trasmisor de las más ardientes imágenes que desatan lágrimas, risas, cólera y felicidad.
Como ningún otro aparato electrodoméstico logró desde sus inicios hasta nuestros amaneceres reunir a su alrededor a todos sus tele maníacos, bien juntitos los unos de los otros, pendiente del reloj como nunca, retando los límites de la democracia interfamiliar de decidir qué programas ver o cual no. Suscitando una votación difícil de consensuar Cuestión que era más fácil en aquel entonces cuando sólo la oferta venía en un paquete de cuatro canales. Y los controles formaban parte del diseño intrínseco a su modelo.
Permitiendo hacerse presente todo tipo de gentilezas que daban paso a actitudes más amables y que permitían que la armoníavisiva visitará la atmósfera doméstica. Se cedía a los mayores el privilegio de disfrutar de sus programas favoritos y los más jóvenes quedábamos en los segundos puestos para una espera que se hacía eterna con el riesgo total de perder la cita tan ansiada. Y los peque éramos los llamados a adelantarnos hacia la pantalla hacer el cambio manual amén de recibir por agradecimiento un buen cocotazo.
Y sin darnos cuenta este anfitrión, este dueño de casa repentinamente se fue apropiando de cuanto espacio físico y emocional le fue permitido y negado. Se ha vestido de muy diferentes galas y con una amalgama de diseños ha ido ocupando sitios muy diferentes, desde la sala originalmente cuando era compartido y mostrado como el trofeo más valioso de todos, hasta llegar a los rincones más íntimos y con los vientos que corren ha llegado a tener un ambiente propio, que la sala familiar, que el florida, que el estar son algunos de los títulos honorarios que denominan el altar para tan ilustre patrimonio familiar.
Pocos escapan a sus encantos, es un fenómeno que atrapa con sus ofertas a todos los grupos etáreos, con horarios que privilegian a unos y a otros, que hablan a favor de una tele audiencia infantil, otras más joven y otros a grupos más adultos, en todo caso su menú nos llega en una carta bien diversa que satisface a paladares multiculturales y que sus alternativas en última instancia nos ofrecen la posibilidad de elegir o no degustar sus manjares.
Y así vamos por la vida haciendo zapping, que tres enter, que veinticuatro enter, que sesenta enter, que noventa y ocho enter, y así dale que te pego. Y esta multiplicidad de variantes me lleva a pensar en un pasado no muy lejano donde personalmente sólo mi opción eran dos entradas ,seis enter, y dos enter, dos vías de acceso a programas que ya venían etiquetados, de esos prefabricados, totalmente diseñados cuyo texto, imagen y sonido hablaban del sistema y prosistema. No tuve alternativas , no tuvimos prestaciones, nada de deleitarnos primeramente con un exuberante appetizer, un apetitoso plato fuerte y un excitante postre. Y ni soñar con un refrescante cuba libre.
Al dar las seis de la tarde, hora oficial en que la programación televisiva entraba al compás de nuestra marsellesa quedaba claramente expuesto que los intereses, tendencias, inclinaciones, preferencias individuales o como nos guste llamarles quedaban sin ser saciadas, el hambre, nuestra hambre quedaba tan hambrienta que no nos quedaba otra que echarle mano a eso que dicen que a falta de pan casabe. Comí pan de yuca por treinta y seis años. Por eso hoy y todos mis días rindo homenaje a todo lo que me haga saborear la libertad que en muchos casos nos ha costado un Potosí.
Se dice que más grande que el amor a la libertad es el odio a quien te la quita. No puedo evitar que mi reflexión introspectiva se incline a celebrar todos los adjetivos que visten y dan alas a esta categoría o concepto, a esta estatua, a esta mujer que en sus primeros pujos nos tuvo a todos, somos sus hijos libertados, unos que han podido ejercerla desde sus primeros llantos y otros que la hemos conocido sin represión mucho después de haber gritado por vez primera. Y ahora con mi control remoto en mano decidiendo qué ver y que no, una acción tan simple, tan de rutina es a mi modo de ver un primer ejercicio democrático, son los cimientos para ir zapping tras zapping construyendo la coordinación pensamiento-acción que como un abanico de opciones, posibilidades, alternativas, variantes, ofertas o cuanto vocablo hable a favor de aires y vientos liberales y que permita que una vez paladees tu salto anfibio nunca más dejes de croar.
Y como la comida entra por los ojos, según dicen es menester poner ojito y cuidar de nuestra dieta mediterránea perdón batracia, que exige entre otras cosas no consumir “censura ” un ingrediente que según los especialistas entra al fluido sanguíneo produciendo los niveles altos del LDL ( colesterol malo) y de los triglicéridos.
Vaya que digo yo que estar free informado es como estar bien alimentado. Crok, Crok, Crok cantaba la rana, crok, crok debajo del agua………..
Y ni hablar de esa sensación liberadora que nos posee al decidir qué vemos, qué elegimos, cuánto tiempo le damos de vida a tal o cual imagen y cuándo pasar de canal sin darle la mínima posibilidad al resto de los mortales de procesar lo que desfila delante de sus narices y que entra directamente del plasma televisivo al plasma humano. En todo caso aún recuerdo qué hacíamos antes del alumbramiento, antes de que viera la luz este facilitador del cambio por el cambio. Este pequeño objeto que su tenencia proclama a los cuatro vientos un máximo de status hogareño.
Nací iniciados los cincuenta y ya para esos abriles se disfrutaba de la presencia de la televisión en nuestro terruño, de este descubrimiento tecnológico que vino para quedarse y ser un miembro protagónico de todas las familias, que llegaba para ser muy querido, valorado y en muchos momentos portador de las más apasionadas disputas caseras, este trasmisor de las más ardientes imágenes que desatan lágrimas, risas, cólera y felicidad.
Como ningún otro aparato electrodoméstico logró desde sus inicios hasta nuestros amaneceres reunir a su alrededor a todos sus tele maníacos, bien juntitos los unos de los otros, pendiente del reloj como nunca, retando los límites de la democracia interfamiliar de decidir qué programas ver o cual no. Suscitando una votación difícil de consensuar Cuestión que era más fácil en aquel entonces cuando sólo la oferta venía en un paquete de cuatro canales. Y los controles formaban parte del diseño intrínseco a su modelo.
Permitiendo hacerse presente todo tipo de gentilezas que daban paso a actitudes más amables y que permitían que la armoníavisiva visitará la atmósfera doméstica. Se cedía a los mayores el privilegio de disfrutar de sus programas favoritos y los más jóvenes quedábamos en los segundos puestos para una espera que se hacía eterna con el riesgo total de perder la cita tan ansiada. Y los peque éramos los llamados a adelantarnos hacia la pantalla hacer el cambio manual amén de recibir por agradecimiento un buen cocotazo.
Y sin darnos cuenta este anfitrión, este dueño de casa repentinamente se fue apropiando de cuanto espacio físico y emocional le fue permitido y negado. Se ha vestido de muy diferentes galas y con una amalgama de diseños ha ido ocupando sitios muy diferentes, desde la sala originalmente cuando era compartido y mostrado como el trofeo más valioso de todos, hasta llegar a los rincones más íntimos y con los vientos que corren ha llegado a tener un ambiente propio, que la sala familiar, que el florida, que el estar son algunos de los títulos honorarios que denominan el altar para tan ilustre patrimonio familiar.
Pocos escapan a sus encantos, es un fenómeno que atrapa con sus ofertas a todos los grupos etáreos, con horarios que privilegian a unos y a otros, que hablan a favor de una tele audiencia infantil, otras más joven y otros a grupos más adultos, en todo caso su menú nos llega en una carta bien diversa que satisface a paladares multiculturales y que sus alternativas en última instancia nos ofrecen la posibilidad de elegir o no degustar sus manjares.
Y así vamos por la vida haciendo zapping, que tres enter, que veinticuatro enter, que sesenta enter, que noventa y ocho enter, y así dale que te pego. Y esta multiplicidad de variantes me lleva a pensar en un pasado no muy lejano donde personalmente sólo mi opción eran dos entradas ,seis enter, y dos enter, dos vías de acceso a programas que ya venían etiquetados, de esos prefabricados, totalmente diseñados cuyo texto, imagen y sonido hablaban del sistema y prosistema. No tuve alternativas , no tuvimos prestaciones, nada de deleitarnos primeramente con un exuberante appetizer, un apetitoso plato fuerte y un excitante postre. Y ni soñar con un refrescante cuba libre.
Al dar las seis de la tarde, hora oficial en que la programación televisiva entraba al compás de nuestra marsellesa quedaba claramente expuesto que los intereses, tendencias, inclinaciones, preferencias individuales o como nos guste llamarles quedaban sin ser saciadas, el hambre, nuestra hambre quedaba tan hambrienta que no nos quedaba otra que echarle mano a eso que dicen que a falta de pan casabe. Comí pan de yuca por treinta y seis años. Por eso hoy y todos mis días rindo homenaje a todo lo que me haga saborear la libertad que en muchos casos nos ha costado un Potosí.
Se dice que más grande que el amor a la libertad es el odio a quien te la quita. No puedo evitar que mi reflexión introspectiva se incline a celebrar todos los adjetivos que visten y dan alas a esta categoría o concepto, a esta estatua, a esta mujer que en sus primeros pujos nos tuvo a todos, somos sus hijos libertados, unos que han podido ejercerla desde sus primeros llantos y otros que la hemos conocido sin represión mucho después de haber gritado por vez primera. Y ahora con mi control remoto en mano decidiendo qué ver y que no, una acción tan simple, tan de rutina es a mi modo de ver un primer ejercicio democrático, son los cimientos para ir zapping tras zapping construyendo la coordinación pensamiento-acción que como un abanico de opciones, posibilidades, alternativas, variantes, ofertas o cuanto vocablo hable a favor de aires y vientos liberales y que permita que una vez paladees tu salto anfibio nunca más dejes de croar.
Y como la comida entra por los ojos, según dicen es menester poner ojito y cuidar de nuestra dieta mediterránea perdón batracia, que exige entre otras cosas no consumir “censura ” un ingrediente que según los especialistas entra al fluido sanguíneo produciendo los niveles altos del LDL ( colesterol malo) y de los triglicéridos.
Vaya que digo yo que estar free informado es como estar bien alimentado. Crok, Crok, Crok cantaba la rana, crok, crok debajo del agua………..
martes, 2 de junio de 2009
sábado, 9 de mayo de 2009
Como Agua de Mayo
De toda la vida las aguas de mayo han sido muy esperadas. Antes mucho antes que surgieran los institutos de meteorología ya existían los sabios agricultores, los patriarcas en las comunidades multiculturales que con los sentidos en alerta como cualquier otra especie hacían los incipientes pronósticos climatológicos que dan testimonio de una sabiduría que atravesando las Puertas del Sol de las Ruinas de Machupicchu , en Perú y las Ruinas de Tiahuanaco en el Altiplano Boliviano hasta hoy día, dan fe del beneficio ancestral que en la vida animal, vegetal y mineral ha tenido el milagro de la lluvia.
De esta sapiencia prehispánica hasta hoy la cultura humana ha ido reflejando en el lenguaje más popular de cualquier idioma que son los proverbios la recurrencia de las manifestaciones lluviosas apuntando frases como estas: en abril aguas mil y en mayo hasta que se pudra el sayo. Prácticamente en todas las latitudes por estas fechas llueve, rellueve y recontrallueve a tal punto que siempre pensamos época tras época que nunca va a cesar el diluvio. Hasta la próxima caída. Nuestros mayores anhelos y ansías han quedado expresados en la clásica y conocida frase “como agua de mayo.”
La lluvia que viaja desde mares, ríos, océanos, lagunas, de nuestros pulmones verdes y es recibida en nuestro domo más universal y celestial y que nos es devuelta dando paso a esos ciclos naturales, ha sido y es un preciado regalo, que recibimos todos sin distinción. Dirigida a nosotros los habitantes de esta gran casa; a todas las especies que degustan y se benefician de sus bondades. Gratitudes especialmente gratas que se hacen presente en el quinto mes de cado año y que ya sabemos que nos traen. Somos un destinatario privilegiado: Hijos de la Pasha Mama.
Y paradójicamente este regalazo no viene empapelado, no existe empaque alguno que pueda engalanar a tal obsequio, este nos llega en su forma natural, en su máxima expresión como un manantial sanador. En ocasiones se hace presente de manera juguetona, traviesa, así como dando brinquitos o saltillos en el pasto otras, en forma de apasionadas caricias que nos abrazan y nos dejan empapados de su pasión. Otras, amenazante en gotas fuertes que van ganando en fuerza y que cuesta abajo nos hablan de un peligro inminente. Otras, nos visita así como quién no quiere las cosas, tibia, breve, triste dejando sus huellas en los vidrios de algunas ventanas nostálgicas.
Mis aguaceros se veían agasajados por risas y travesuras infantiles, de aventuras veraniegas. Mis amigos y yo salíamos a los patios y calles a recibir con los brazos abiertos el baño de los baños, a chapoletear y disfrutar de los charcos que el aguacha dejaba como muestra de su brutal presencia. Y cuando estas demoraban en caer hasta con canciones infantiles eran llamadas y aclamadas y los pequeños cantábamos: que llueva, que llueva la virgen de la cueva, los pajaritos cantan las nubes se levantan o algo así, se acuerdan ? Yo digo que sí.
Y así entre canto y canto nos empapábamos mientras nuestras madres toalla en mano nos perseguían. Y acá estoy recordando lo que no olvido, mis recuerdos son mi vida, son un diario, son mi hoja de ruta y reviven en tardes como las de hoy donde recibimos nuevamente las cascadas que me traen imágenes tan queridas. No tengo que recordar porque nunca he olvidado, todo lo contrario disfruto y comparto a manera de prosa la gratitud hacia la madre naturaleza. La naturaleza que tan sabiamente ha ido colocando los tesoros amados en los rincones más arrinconados de mi mente, en esas esquinas de mi pensamiento donde coexisten las remembranzas que las circunstancias y años han idealizado.
Nada de lo que he vivido se escapa a la idealización. Es un hecho y yo atesoro mis hechos idealizados que se entremezclan y son mi identidad, mi inventario antropológico que me permiten encontrarme con el ayer y en el hoy, con lo que viví y vivo porque las aguas siempre han sido aguas y nos han bendecido de toda la vida , no tienen pasado y siguen haciéndose presente.
Como mi madre y mi tía que amanecían mucho antes de que el astro rey les diera los buenos días, aún no aclaraba y las tinieblas eran testigos en el patio de aquella casa de cómo este par de hermanas, este dúo de madres cubanas atrapaban el preciado líquido en sus tinajas que llegaba por sorbitos sacándole ese sonido seco como un ronquido fuerte a las tuberías, a los canales de esa ciudad que había sido en sus buenos tiempos la reina de las reinas. La Villa de Guanabacoa, fundada en el siglo XVI, al norte de La Habana, fue testigo de un desarrollo económico- cultural que enorgullecía a los guanabacoenses. Pero para los sesenta ya ni este líquido quería visitarle, como todos, se había ido.
Esta ciudad donde sus casonas hablan del esplendor de días mejores. De callejuelas estrechas donde sus nombres rinden homenaje a los próceres de la independencia, de fachadas que ocultan las intimidades de una señorona ataviada con puertas y ventanas coloniales que al traspasarlas te sumergías en amplios corredores, espacios frescos. Concebida en forma de ele o de escuadra donde sus ambientes se daban cita en un patio sevillano y sus frutales llenaban de aromas las siestas de obligado disfrute. Llegaba mayo y con este el olorcillo a tierra húmeda que se colaba por las altas puertas que alegraban las tardes de verano, mientras las canaletas en los aleros de los techos se doblaban ante la fortaleza de esta ilustre visitante que quedaba presa , atesorada en cuanto balde familiar apareciera a la mano.
No se daba abasto, no alcanzaban los cubos ,ollas , baldes y todo tipo de depósitos para atesorar las lluvias, que eran utilizadas para mil menesteres y nada como una buena lavada del cabello con este champú orgánico que garantizaba el brillo en las encrespadas malezas infantiles como la mía.
Por estas fechas todo florece, los suelos se alimentan y son sembrados, las semillas nos traen esperanza de una vida, de un nuevo comienzo, las especies se reproducen, regresan a casa los trinos cantores que revolotean y con ello llegan nuevos bríos para festejar a la patria que nos enraizó, a la ciudad que nos “ciudadanizó”, a la casa que nos cobijó, a la tierra que nos sembró, al agua que nos hidrató, y a la madre que nos parió, para agasajar a la mujer que nos alumbró, que nos dio la vida a partir de algo tan valioso como una célula. Y en vísperas del segundo domingo de mayo, día que se festeja el Día de la Madre en mi querida isla y en otros lares, mi reflexión monologámica es mi tributo a las mamás de mi familia, a mis amigas, madres biológicas o adoptivas, a las solteras que han asumido la maternidad. Y más que todo es mi agradecimiento absoluto a las células madres, a las bien llamadas semillas mágicas.
A esas semillas que permiten que la luz ilumine los rostros de hijos e hijas, madres y padres que sufren enfermedades como la leucemia, el cáncer de mama o testículos, diabetes, de huesos fracturados, a los trasplantes de corazón y otras, esas semillas que regeneran órganos, que curan enfermedades, que prolongan la vida de nuestros seres queridos. Esas semillas que se crio - preservan al ser extraídas de la sangre del cordón umbilical. En este segundo domingo del quinto mes del año es a mi modo de ver justo y necesario rendir homenaje a todos aquellos que en los laboratorios hacen posible dar vida a partir de la vida. Al nacimiento que no conoce de género, de riquezas, pero que sí conoce del dolor al no tener recursos para preservarla.
A los que apuestan al debate, al riesgo, a las contradicciones, a los que apuestan que la moral y la ciencia no son antagónicas, sino arena del mismo costal, que de toda la vida la ciencia ha roto y romperá los paradigmas de sistemas enajenados por el poder que niegan la posibilidad de ir en la búsqueda de nuevos horizontes médicos que siembren de verde el pasto humedecido de todos que según dicen nacemos con el pan bajo el brazo.
Que el trigo dance como oro en la germinación, en los bulbos de oportunidades a libertades en todas las áreas de la expresión humana, y que al ser la salud el patrimonio más valioso de los seres humanos, cabe entonces dejar al margen el protagonismo de los de siempre tan conocidos opuestos al descubrimiento y a la utilización de las células embrionarias. Que vale mojarnos, comprometernos, opinar y tener opciones sobre este tema tan polémico y de poco dominio, que preocuparnos no es suficiente. Nos tenemos que ocupar. Apoyar a aquellos casos que como en España están utilizando estas semillas para tratar a pacientes con cáncer hereditario (en la web del caso) y en fechas como éstas donde homenajeamos a todas las que potencialmente de hecho y de pecho nos han dado la vida, permitamos que cultiven y crio-preserven las células madres embrionarias para que sean tan esperadas y esperanzadoras como el Agua de Maius.
Que muchos enfermos y sus familias reciban sus regalos envueltos de amor y solidaridad, bien sujeto a un lazo que los ate a la vida, a una vida sin enjuiciamientos y que sean arropados por la comprensión que sale del dolor de aquellos que padecen enfermedades terminales. Que todas las aguas, que todas las lloviznas de cualquier mes irriguen a las semillas para que broten y coadyuven al renacer.
Y, canturreando como en mi infancia cuando queríamos pasear y los torrentes lo impedían esa tonadilla que dice: “San Isidro Labrador quita el agua y pon el sol” , que queden bronceadas la patria, las ciudades, las casas, la naturaleza, las aguas, y las células madres para que la magia las hechice y se cumpla eso de que “lluvia en mayo pan para todo el año”.
De esta sapiencia prehispánica hasta hoy la cultura humana ha ido reflejando en el lenguaje más popular de cualquier idioma que son los proverbios la recurrencia de las manifestaciones lluviosas apuntando frases como estas: en abril aguas mil y en mayo hasta que se pudra el sayo. Prácticamente en todas las latitudes por estas fechas llueve, rellueve y recontrallueve a tal punto que siempre pensamos época tras época que nunca va a cesar el diluvio. Hasta la próxima caída. Nuestros mayores anhelos y ansías han quedado expresados en la clásica y conocida frase “como agua de mayo.”
La lluvia que viaja desde mares, ríos, océanos, lagunas, de nuestros pulmones verdes y es recibida en nuestro domo más universal y celestial y que nos es devuelta dando paso a esos ciclos naturales, ha sido y es un preciado regalo, que recibimos todos sin distinción. Dirigida a nosotros los habitantes de esta gran casa; a todas las especies que degustan y se benefician de sus bondades. Gratitudes especialmente gratas que se hacen presente en el quinto mes de cado año y que ya sabemos que nos traen. Somos un destinatario privilegiado: Hijos de la Pasha Mama.
Y paradójicamente este regalazo no viene empapelado, no existe empaque alguno que pueda engalanar a tal obsequio, este nos llega en su forma natural, en su máxima expresión como un manantial sanador. En ocasiones se hace presente de manera juguetona, traviesa, así como dando brinquitos o saltillos en el pasto otras, en forma de apasionadas caricias que nos abrazan y nos dejan empapados de su pasión. Otras, amenazante en gotas fuertes que van ganando en fuerza y que cuesta abajo nos hablan de un peligro inminente. Otras, nos visita así como quién no quiere las cosas, tibia, breve, triste dejando sus huellas en los vidrios de algunas ventanas nostálgicas.
Mis aguaceros se veían agasajados por risas y travesuras infantiles, de aventuras veraniegas. Mis amigos y yo salíamos a los patios y calles a recibir con los brazos abiertos el baño de los baños, a chapoletear y disfrutar de los charcos que el aguacha dejaba como muestra de su brutal presencia. Y cuando estas demoraban en caer hasta con canciones infantiles eran llamadas y aclamadas y los pequeños cantábamos: que llueva, que llueva la virgen de la cueva, los pajaritos cantan las nubes se levantan o algo así, se acuerdan ? Yo digo que sí.
Y así entre canto y canto nos empapábamos mientras nuestras madres toalla en mano nos perseguían. Y acá estoy recordando lo que no olvido, mis recuerdos son mi vida, son un diario, son mi hoja de ruta y reviven en tardes como las de hoy donde recibimos nuevamente las cascadas que me traen imágenes tan queridas. No tengo que recordar porque nunca he olvidado, todo lo contrario disfruto y comparto a manera de prosa la gratitud hacia la madre naturaleza. La naturaleza que tan sabiamente ha ido colocando los tesoros amados en los rincones más arrinconados de mi mente, en esas esquinas de mi pensamiento donde coexisten las remembranzas que las circunstancias y años han idealizado.
Nada de lo que he vivido se escapa a la idealización. Es un hecho y yo atesoro mis hechos idealizados que se entremezclan y son mi identidad, mi inventario antropológico que me permiten encontrarme con el ayer y en el hoy, con lo que viví y vivo porque las aguas siempre han sido aguas y nos han bendecido de toda la vida , no tienen pasado y siguen haciéndose presente.
Como mi madre y mi tía que amanecían mucho antes de que el astro rey les diera los buenos días, aún no aclaraba y las tinieblas eran testigos en el patio de aquella casa de cómo este par de hermanas, este dúo de madres cubanas atrapaban el preciado líquido en sus tinajas que llegaba por sorbitos sacándole ese sonido seco como un ronquido fuerte a las tuberías, a los canales de esa ciudad que había sido en sus buenos tiempos la reina de las reinas. La Villa de Guanabacoa, fundada en el siglo XVI, al norte de La Habana, fue testigo de un desarrollo económico- cultural que enorgullecía a los guanabacoenses. Pero para los sesenta ya ni este líquido quería visitarle, como todos, se había ido.
Esta ciudad donde sus casonas hablan del esplendor de días mejores. De callejuelas estrechas donde sus nombres rinden homenaje a los próceres de la independencia, de fachadas que ocultan las intimidades de una señorona ataviada con puertas y ventanas coloniales que al traspasarlas te sumergías en amplios corredores, espacios frescos. Concebida en forma de ele o de escuadra donde sus ambientes se daban cita en un patio sevillano y sus frutales llenaban de aromas las siestas de obligado disfrute. Llegaba mayo y con este el olorcillo a tierra húmeda que se colaba por las altas puertas que alegraban las tardes de verano, mientras las canaletas en los aleros de los techos se doblaban ante la fortaleza de esta ilustre visitante que quedaba presa , atesorada en cuanto balde familiar apareciera a la mano.
No se daba abasto, no alcanzaban los cubos ,ollas , baldes y todo tipo de depósitos para atesorar las lluvias, que eran utilizadas para mil menesteres y nada como una buena lavada del cabello con este champú orgánico que garantizaba el brillo en las encrespadas malezas infantiles como la mía.
Por estas fechas todo florece, los suelos se alimentan y son sembrados, las semillas nos traen esperanza de una vida, de un nuevo comienzo, las especies se reproducen, regresan a casa los trinos cantores que revolotean y con ello llegan nuevos bríos para festejar a la patria que nos enraizó, a la ciudad que nos “ciudadanizó”, a la casa que nos cobijó, a la tierra que nos sembró, al agua que nos hidrató, y a la madre que nos parió, para agasajar a la mujer que nos alumbró, que nos dio la vida a partir de algo tan valioso como una célula. Y en vísperas del segundo domingo de mayo, día que se festeja el Día de la Madre en mi querida isla y en otros lares, mi reflexión monologámica es mi tributo a las mamás de mi familia, a mis amigas, madres biológicas o adoptivas, a las solteras que han asumido la maternidad. Y más que todo es mi agradecimiento absoluto a las células madres, a las bien llamadas semillas mágicas.
A esas semillas que permiten que la luz ilumine los rostros de hijos e hijas, madres y padres que sufren enfermedades como la leucemia, el cáncer de mama o testículos, diabetes, de huesos fracturados, a los trasplantes de corazón y otras, esas semillas que regeneran órganos, que curan enfermedades, que prolongan la vida de nuestros seres queridos. Esas semillas que se crio - preservan al ser extraídas de la sangre del cordón umbilical. En este segundo domingo del quinto mes del año es a mi modo de ver justo y necesario rendir homenaje a todos aquellos que en los laboratorios hacen posible dar vida a partir de la vida. Al nacimiento que no conoce de género, de riquezas, pero que sí conoce del dolor al no tener recursos para preservarla.
A los que apuestan al debate, al riesgo, a las contradicciones, a los que apuestan que la moral y la ciencia no son antagónicas, sino arena del mismo costal, que de toda la vida la ciencia ha roto y romperá los paradigmas de sistemas enajenados por el poder que niegan la posibilidad de ir en la búsqueda de nuevos horizontes médicos que siembren de verde el pasto humedecido de todos que según dicen nacemos con el pan bajo el brazo.
Que el trigo dance como oro en la germinación, en los bulbos de oportunidades a libertades en todas las áreas de la expresión humana, y que al ser la salud el patrimonio más valioso de los seres humanos, cabe entonces dejar al margen el protagonismo de los de siempre tan conocidos opuestos al descubrimiento y a la utilización de las células embrionarias. Que vale mojarnos, comprometernos, opinar y tener opciones sobre este tema tan polémico y de poco dominio, que preocuparnos no es suficiente. Nos tenemos que ocupar. Apoyar a aquellos casos que como en España están utilizando estas semillas para tratar a pacientes con cáncer hereditario (en la web del caso) y en fechas como éstas donde homenajeamos a todas las que potencialmente de hecho y de pecho nos han dado la vida, permitamos que cultiven y crio-preserven las células madres embrionarias para que sean tan esperadas y esperanzadoras como el Agua de Maius.
Que muchos enfermos y sus familias reciban sus regalos envueltos de amor y solidaridad, bien sujeto a un lazo que los ate a la vida, a una vida sin enjuiciamientos y que sean arropados por la comprensión que sale del dolor de aquellos que padecen enfermedades terminales. Que todas las aguas, que todas las lloviznas de cualquier mes irriguen a las semillas para que broten y coadyuven al renacer.
Y, canturreando como en mi infancia cuando queríamos pasear y los torrentes lo impedían esa tonadilla que dice: “San Isidro Labrador quita el agua y pon el sol” , que queden bronceadas la patria, las ciudades, las casas, la naturaleza, las aguas, y las células madres para que la magia las hechice y se cumpla eso de que “lluvia en mayo pan para todo el año”.
lunes, 27 de abril de 2009
Que me digan fea: epa!!
Las lágrimas de emoción que brotaban de los ojos de Miss Susan Boyle me las creo. La cara de asombro del jurado es arena de otro costal. Su falsedad es parte del show. Y la perplejidad del auditorio una evidencia de que el talento humano no es afortunadamente una consecuencia de la belleza. Y las personas que como yo hemos visto por la tele o hemos navegado en busca de la noticia más comentada tenemos nuestra opinión. Y aquí la cuelgo.
Que me digan fea en cuanto me vean, si la dicha de ser fea las bonitas la desean, fea, la, la, la, así es la letra de una guaracha que sonaba en mi infancia en boca de Pacho Alonso y sus Bocucos, y que hasta hoy recuerdo como un himno en defensa de nosotras las que andamos desde siempre sin las medidas tan cuestionadas 90-60-90, sin botox, sin silicona y demás remiendos en cada costura, en cada puntada de nuestro feístico glamour, porque dejémonos de vainas, las feas tenemos nuestro sex appeal.
La fealdad ha sido y es tema recurrente reflejado en todos los planos de la vida ha sido cantada, teatralizada, poetizada, televisada y llevada a la pantalla grande. Las feas hemos sobrevivido a todo, a las risas, a las bromas, a las cirugías, a los concursos y hasta las crisis. Hemos sido representadas de mil maneras, una de las más aplaudidas y querida Betty la Fea, batió los records feonovelísticos.
Ser fea ha sido y es una condición difícil de llevar con alegría por así decirlo, ha sido más llevadero para ellos, para el bando opuesto, e incluso no ser lindo es algo que da hombría, como sello acreditativo de ser macho men. Pero para nosotras combatir esta condición y hacer las transformaciones que nos garanticen calificar a la categoría de pretty woman es prácticamente un acto de femineidad obligada.
Y me pregunto qué sentiría esta mujer de cuarenta y siete años cuando al abrir su boca y dejar que su talento brillara con tal fuerza que su fealdad quedará eclipsada por su voz logrando que miles y miles de personas en el mundo confirmaran una vez más que toda regla tiene su excepción. Que los sueños no son patrimonio del bisturí. Que la distancia más corta entre dos puntos es la voluntad.
Que al deshojar la margarita pétalo tras pétalo y preguntarnos una y otra vez durante toda nuestra vida: soy fea me quiero, tan fea me quiere, requetefea me requiero, feísima me he querido, refea me querré y nos digamos epa, epa!!
Con total seguridad a muchas preguntas Susan Boyle nos dirá simplemente: Anda, que las feas también cantamos!!
Que me digan fea en cuanto me vean, si la dicha de ser fea las bonitas la desean, fea, la, la, la, así es la letra de una guaracha que sonaba en mi infancia en boca de Pacho Alonso y sus Bocucos, y que hasta hoy recuerdo como un himno en defensa de nosotras las que andamos desde siempre sin las medidas tan cuestionadas 90-60-90, sin botox, sin silicona y demás remiendos en cada costura, en cada puntada de nuestro feístico glamour, porque dejémonos de vainas, las feas tenemos nuestro sex appeal.
La fealdad ha sido y es tema recurrente reflejado en todos los planos de la vida ha sido cantada, teatralizada, poetizada, televisada y llevada a la pantalla grande. Las feas hemos sobrevivido a todo, a las risas, a las bromas, a las cirugías, a los concursos y hasta las crisis. Hemos sido representadas de mil maneras, una de las más aplaudidas y querida Betty la Fea, batió los records feonovelísticos.
Ser fea ha sido y es una condición difícil de llevar con alegría por así decirlo, ha sido más llevadero para ellos, para el bando opuesto, e incluso no ser lindo es algo que da hombría, como sello acreditativo de ser macho men. Pero para nosotras combatir esta condición y hacer las transformaciones que nos garanticen calificar a la categoría de pretty woman es prácticamente un acto de femineidad obligada.
Y me pregunto qué sentiría esta mujer de cuarenta y siete años cuando al abrir su boca y dejar que su talento brillara con tal fuerza que su fealdad quedará eclipsada por su voz logrando que miles y miles de personas en el mundo confirmaran una vez más que toda regla tiene su excepción. Que los sueños no son patrimonio del bisturí. Que la distancia más corta entre dos puntos es la voluntad.
Que al deshojar la margarita pétalo tras pétalo y preguntarnos una y otra vez durante toda nuestra vida: soy fea me quiero, tan fea me quiere, requetefea me requiero, feísima me he querido, refea me querré y nos digamos epa, epa!!
Con total seguridad a muchas preguntas Susan Boyle nos dirá simplemente: Anda, que las feas también cantamos!!
lunes, 20 de abril de 2009
SPA, a por ellos
Están tan a la moda que es imposible prácticamente no saber esta sigla a dónde nos lleva. “Salute per aqua”. La promesa de armonizar el cuerpo a través del agua ha sido toda una leyenda, hemos sido favorecidos unos más y unos menos, ricos y pobres, sanos y enfermos, chicos y grandes, y como todo ha ido transformándose y tornándose en servicios más sofisticados y lamentablemente costosos. Me refiero a estos SPA de última generación por así llamarlos que han florecido y sus ramas se extienden hacia nosotros como paraísos invitándonos a visitarles solos o en parejas. El compromiso de dejarte como nuevo tras algunas sesiones es su crédito más aclamado. Todo un happy tour.
Cuántos de nosotros hemos deseado sumergirnos en las esencias de eucalipto, violetas y otras, mezclarnos en esa brumilla vagabunda, que va en puntilla bailoteando por los corredores que nos transportan a ambientes místicos o mágicos acariciados por esos olores vaporizados, humedeciendo las túnicas que envuelven nuestro santuario y que como copos de nieve van cayendo en las gradas de mármol italiano quién sabe, que nos reciben dizque para abrazarnos y exprimir nuestras amarguras, absorber nuestros jugos naturales más ácidos, más rancios y llevarnos al éxtasis de las sensaciones más placenteras. Os invito a abrir los ojos, así poco a poco, sin prisas, como pétalos en primavera y dejarnos arropar por la brutal necesidad de saborear nuevos placeres policromáticos.
Inclinarnos ante tamaña ensoñación puede ser un excelente ejercicio para permitir, amigos míos, expulsar fuera de nuestro hábitat más sagrado: nuestro “yo”, nuestro zumo agrio y abriéndonos paso en estos templos queden neutralizadas sus enzimas, queden allí embebidos de estas fragancias naturales y nos ablanden las armaduras de jinetes daltónicos con las cuales cabalgamos en estos tiempos.
¿Cuánta imaginación derrochamos al sentirnos a las puertas de las mismísimas columnas griegas con nuestros laureles enmarcando nuestra expresión deseosa de sentirnos otros?
¿Otros física, espiritual , emocionalmente? Otros u otras más jóvenes, más sanos, menos abrumados, más activos, mejores personas, menos estresados, más valorados, menos rechazados, más productivos?. ¿Superarnos como individuos, traspasar los umbrales de nuestras limitaciones en los muy diversos roles que asumimos? ¿Con cuánta insatisfacción lidiamos a diario, somos conscientes de ello o no?
Estos SPA aparecen por todas partes, se han multiplicado y proliferado, ofrecen un menú muy variado en sus servicios, sus ofertas garantizan llegar a renovar esos puntos neurálgicos de nuestro universo, traspasar las órbitas de nuestro sistema existencial y detenerse, regenerando cada constelación de nuestra galaxia. Hay unos más osados que hasta convertirnos en estrellas prometen. Que tentación, dejémonos llevar, abramos nuestras cuencas más luminosas y sintamos que nuestra luz estelar irradia los planetas más cercanos. Pero la realidad es otra, es que asistimos al siglo no de las luces como escribiera Carpentier, sino al siglo de las luciérnagas.
Esas luces fosforescentes de color blanco verdoso que pretenden guiar a muchos en la búsqueda de lo divino, en la búsqueda de lo lunar y que fuera de su propia órbita carecen de valor galaxial. Hay quien brilla con luz propia y quienes necesitan generadores o la combinación de ambas opciones, en ambos casos las facturas a cancelar son elevadas y nos exigen doblar el lomo. El sentido ecológico nos demanda una actitud que nos pone a prueba en el uso y desuso de nuestras fuentes de abastecimiento energético. En la renovación de estas riquezas. Son renovables? Apuesto al sí!!
Una buena fuente de energía es degustar los sabores familiares y amistosos y el valor de esta energía es que no daña la capa de ozono ni contribuye al maltrecho deterioro de nuestro querido clima. Esta veta de riqueza se autoabastece por así decirlo de forma independiente, porque dicen que “la única manera de tener un amigo es siéndolo”. Descubrir la mina que nos hace prósperos en nuestro propio entorno nos garantiza ese éxito tan mal buscado en canteras vecinas. “El secreto del éxito es lograr que tu vocación sea tu vacación” - Mark Twain
En lo personal tenemos nuestra cantera con los filos a flor de piel, y no me apetecen las siglas, es más reducir a tres, cuatro o algunas consonantes y vocales una expresión me produce prácticamente alergia, estoy segura que si me hacen las pruebas para buscar las causas de la misma, éstas estarían en el esfuerzo intelectual que he sufrido al interpretar, decodificar y hacer demás operaciones, hasta dar por ensayo y error prácticamente con el significado de ellas, en otras palabras qué caramba quiere decir tal y más cual sigla. Y aquí me encuentro tratando de llevar a mi rutina monologámica la simplicidad de estas tres letras: ese, pe, aaa. SPA Juntitas y tomadas de la mano para mi son elementos que podrían formar una ecuación directamente proporcional. Salud, Prosperidad y Amor.
Conciliar estas tres musas, divas en la vida es cosa de película. Poetas, cantautores, escritores y casi todas las manifestaciones artísticas han representado en sus lienzos las imágenes de esta gran combinación que todos queremos disfrutar, queremos acreditar a nuestro record emocional. El amor que alimenta una buena condición física y que la prosperidad abraza dándole el encanto que muchos aún no degustan. Entonces vale
decir : “a por ellos” a todo galope en busca de los recursos que nos permitan sostener y hacer sostenibles nuestros tesoros más valiosos.
La próxima vez que decidas darte una vueltita por los SPA en busca de ese elixir mágico asegurate que antes de beber de esos licores prometedores que purificarán tu aspecto físico, abren tus poros y ojos, aceleran tu bronceado, moldean tu tonicidad muscular etcétera, etcétera, etcétera ten las garantías del caso de que antes mucho antes, día a día, cada minuto, cada hora de tu vida hayas endulzado tus zumos con el preciado guarapo, ese extracto dulzón extraído de la caña de azúcar que según los que han tenido un buen amigo o amiga se hace presente en las buenas charlas, provoca que la sonrisa visite tus dioses faciales, que te premia con un apretón a tus cinco diestros y así sólo así podrás tirar por el piso eso que dicen de que la mona aunque se vista de seda mona se queda. La buena pinta viene desde adentro y se viste de Prada o de Pirata.
Y lanzarte a una buena zambullida en los telares filiales ayuda a una buena puntada. A llevar recién salidos de los talleres spamados nuestras mejores galas. La alta costura se hila en casa. Bienvenidos todos aquellos bien vestidos, por dentro y por fuera. Salud por un happy end, días sí y otros también.
Cuántos de nosotros hemos deseado sumergirnos en las esencias de eucalipto, violetas y otras, mezclarnos en esa brumilla vagabunda, que va en puntilla bailoteando por los corredores que nos transportan a ambientes místicos o mágicos acariciados por esos olores vaporizados, humedeciendo las túnicas que envuelven nuestro santuario y que como copos de nieve van cayendo en las gradas de mármol italiano quién sabe, que nos reciben dizque para abrazarnos y exprimir nuestras amarguras, absorber nuestros jugos naturales más ácidos, más rancios y llevarnos al éxtasis de las sensaciones más placenteras. Os invito a abrir los ojos, así poco a poco, sin prisas, como pétalos en primavera y dejarnos arropar por la brutal necesidad de saborear nuevos placeres policromáticos.
Inclinarnos ante tamaña ensoñación puede ser un excelente ejercicio para permitir, amigos míos, expulsar fuera de nuestro hábitat más sagrado: nuestro “yo”, nuestro zumo agrio y abriéndonos paso en estos templos queden neutralizadas sus enzimas, queden allí embebidos de estas fragancias naturales y nos ablanden las armaduras de jinetes daltónicos con las cuales cabalgamos en estos tiempos.
¿Cuánta imaginación derrochamos al sentirnos a las puertas de las mismísimas columnas griegas con nuestros laureles enmarcando nuestra expresión deseosa de sentirnos otros?
¿Otros física, espiritual , emocionalmente? Otros u otras más jóvenes, más sanos, menos abrumados, más activos, mejores personas, menos estresados, más valorados, menos rechazados, más productivos?. ¿Superarnos como individuos, traspasar los umbrales de nuestras limitaciones en los muy diversos roles que asumimos? ¿Con cuánta insatisfacción lidiamos a diario, somos conscientes de ello o no?
Estos SPA aparecen por todas partes, se han multiplicado y proliferado, ofrecen un menú muy variado en sus servicios, sus ofertas garantizan llegar a renovar esos puntos neurálgicos de nuestro universo, traspasar las órbitas de nuestro sistema existencial y detenerse, regenerando cada constelación de nuestra galaxia. Hay unos más osados que hasta convertirnos en estrellas prometen. Que tentación, dejémonos llevar, abramos nuestras cuencas más luminosas y sintamos que nuestra luz estelar irradia los planetas más cercanos. Pero la realidad es otra, es que asistimos al siglo no de las luces como escribiera Carpentier, sino al siglo de las luciérnagas.
Esas luces fosforescentes de color blanco verdoso que pretenden guiar a muchos en la búsqueda de lo divino, en la búsqueda de lo lunar y que fuera de su propia órbita carecen de valor galaxial. Hay quien brilla con luz propia y quienes necesitan generadores o la combinación de ambas opciones, en ambos casos las facturas a cancelar son elevadas y nos exigen doblar el lomo. El sentido ecológico nos demanda una actitud que nos pone a prueba en el uso y desuso de nuestras fuentes de abastecimiento energético. En la renovación de estas riquezas. Son renovables? Apuesto al sí!!
Una buena fuente de energía es degustar los sabores familiares y amistosos y el valor de esta energía es que no daña la capa de ozono ni contribuye al maltrecho deterioro de nuestro querido clima. Esta veta de riqueza se autoabastece por así decirlo de forma independiente, porque dicen que “la única manera de tener un amigo es siéndolo”. Descubrir la mina que nos hace prósperos en nuestro propio entorno nos garantiza ese éxito tan mal buscado en canteras vecinas. “El secreto del éxito es lograr que tu vocación sea tu vacación” - Mark Twain
En lo personal tenemos nuestra cantera con los filos a flor de piel, y no me apetecen las siglas, es más reducir a tres, cuatro o algunas consonantes y vocales una expresión me produce prácticamente alergia, estoy segura que si me hacen las pruebas para buscar las causas de la misma, éstas estarían en el esfuerzo intelectual que he sufrido al interpretar, decodificar y hacer demás operaciones, hasta dar por ensayo y error prácticamente con el significado de ellas, en otras palabras qué caramba quiere decir tal y más cual sigla. Y aquí me encuentro tratando de llevar a mi rutina monologámica la simplicidad de estas tres letras: ese, pe, aaa. SPA Juntitas y tomadas de la mano para mi son elementos que podrían formar una ecuación directamente proporcional. Salud, Prosperidad y Amor.
Conciliar estas tres musas, divas en la vida es cosa de película. Poetas, cantautores, escritores y casi todas las manifestaciones artísticas han representado en sus lienzos las imágenes de esta gran combinación que todos queremos disfrutar, queremos acreditar a nuestro record emocional. El amor que alimenta una buena condición física y que la prosperidad abraza dándole el encanto que muchos aún no degustan. Entonces vale
decir : “a por ellos” a todo galope en busca de los recursos que nos permitan sostener y hacer sostenibles nuestros tesoros más valiosos.
La próxima vez que decidas darte una vueltita por los SPA en busca de ese elixir mágico asegurate que antes de beber de esos licores prometedores que purificarán tu aspecto físico, abren tus poros y ojos, aceleran tu bronceado, moldean tu tonicidad muscular etcétera, etcétera, etcétera ten las garantías del caso de que antes mucho antes, día a día, cada minuto, cada hora de tu vida hayas endulzado tus zumos con el preciado guarapo, ese extracto dulzón extraído de la caña de azúcar que según los que han tenido un buen amigo o amiga se hace presente en las buenas charlas, provoca que la sonrisa visite tus dioses faciales, que te premia con un apretón a tus cinco diestros y así sólo así podrás tirar por el piso eso que dicen de que la mona aunque se vista de seda mona se queda. La buena pinta viene desde adentro y se viste de Prada o de Pirata.
Y lanzarte a una buena zambullida en los telares filiales ayuda a una buena puntada. A llevar recién salidos de los talleres spamados nuestras mejores galas. La alta costura se hila en casa. Bienvenidos todos aquellos bien vestidos, por dentro y por fuera. Salud por un happy end, días sí y otros también.
viernes, 10 de abril de 2009
Nanas antillanas
Para la época en que mi hermana mayor noviaba yo escuchaba nanas, no me cantaba mi madre sino ella. No todas las noches, sino aquellas en que se le permitía recibir a su enamorado en casa. Noches fijas en la semana de tal hora a tal hora, siempre bajo la supervisión de mi padre. Uno frente al otro, sentados lateralmente con las manos tomadas y yo sobre ellos dos. Durante esas noches de encuentros permitidos según recuerdo, yo llegaba, subía a sus piernas, me dormitaba y oía esas cancioncillas, el repertorio no era muy extenso, generalmente dos cánticos breves y con un estribillo tan pegajoso que su melaza me endulza hasta hoy en mis noches de mujer cincuentona.
Me las cantaron y las canté, se las canté a mi hija todas las noches muy lejos del mar y estoy segura que de tanto entonarlas su letra entró a nuestro torrente marítimo digo a nuestro torrente sanguíneo. Esos estribillos me gusta pensar fueron embelleciendo mi partitura oceánica como perlas marinas, noche sí noches no, días sí y otros no. Fueron creando las imágenes náuticas de mis primeras travesías.
Mis primeros viajes fueron en brazos de la fantasía infantil, se sabe que no hay que tener alas para volar. Y afortunadamente navegué y volé con mi imaginación como combustible. Sin saberlo me fui preparando para mi viaje sin retorno. Y sin saberlo, mi hermana también fue regando en mi caldo de cultivo las burbujas de la inquietud del más allá del horizonte.
Fui acunada por canciones cuyas letras recreaban la partida, el adiós no sobre ruedas, sino sobre el oro blanco de nuestra madre naturaleza, los mares me acunaron desde que nací. Morfeo me recibía ya no envuelta en líquido amniótico, yo llegaba a mis sueños vestida de sal y con los sonidos de un vapor al zarpar. Y la voz de mi hermana clamando por un barco donde se iba un ser querido y mis lágrimas ya prematuramente tenían ese sabor al Caribe, y la canción sigue que sigue mirando como dice a ese barco entrando a la bahía ahí se va, se va la novia mía…. Había una vez un barquito chiquitito, había una vez un barquito chiquitito que no podía que no podía navegar, la, la, la, y pasaron una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete semanas, pasaron una , dos tres, cuatro, cinco, seis, siete semanas y el barquito y el barquito no podía navegar, y si esta historia no te parece larga y si esta historia no te parece larga, volveremos, volveremos a empezar. Y ahí va de nuevo la melodía pegajosa que por sí misma invitaba a dormir y dormir y así en mis noches infantiles comencé a disfrutar del agua no potable, no apta para consumir, pero que los isleños hemos bebido hasta en sueños.
Mi familia, todos nosotros nacimos en una ciudad abrumadoramente salada, transpira y respira sodio. Rodeada por un mar que ha sido su mayor encanto y a la vez su peor verdugo. Una ciudad que como ninguna otra anuncia la llegada de las nueve de la noche al son de un fuerte cañonazo, el sonido del bommm y el olor a pólvora se mezcla con el sudor de esta mujer que ha visto a sus hijos irse y llegar más de lo que ella ha deseado.
Los que se fueron, los que nos fuimos, los que se irán. La mayoría de los que se embarcaron lo hicieron sin ser aclamados como dios manda: reconocidos y despedidos. Sus familias quedaron en vilo, rezando y esperando noticias de su llegada a otras costas, unos llegaron mojados y otros nunca se secaron. Los que nos fuimos mucho después de los primeros, de los pioneros que convirtieron su cuerpo en torpedo, nos transformamos de presentes en ausentes, somos un híbrido, inicialmente dijimos adiós desde casa, y ahora el bye bye es desde el new home.
Nacimos en una isla y esto es una condición que nos ha marcrucificado. No tener vecinos a la vuelta marca la diferencia y de que manera. No tener fronteras, no tener líneas divisorias, de esto es mío y esto es tuyo, hasta acá estamos unos y para allá están los otros, acá una bandera izada y allá la otra más lejos clavada pero ambas hablan a favor de cantares colectivos, de intercambios en todo sentido, de alegrías, guerras, penas y libertades unas luchadas y otras violadas. Pero en todo caso me quedo con la opción de la vecindad. Asumo sus riesgos.
De toda la vida el cubanhello ha tenido ese gustillo de quiéreme pero no me toques, o tócame pero no me quieras. Nuestro neighbour más cercano está a noventa millas, que total no es nada, pero la nada se convirtió en nada de nada. No hay sinónimo para la nada, los he buscado en mi mataburro pero lo que he encontrado no satisface mis necesidades de expresar lo que encierra este vocablo, porque francamente la carencia es absolutamente irrelevante al lado de la nada. Así que me quedo con la nada de la nada. Peco en ser reiterativa. El océano ha sido nuestro guardián, es nuestro centinela, es nuestro único vecino. La decisión de visitarlo y tocar a su puerta, de sumergirse o no es cosa de cada quien.
Afortunadamente nos alejamos de la Perla de las Antillas en alas de un gran pájaro, el hierro frío y gris nos cobijó desde el Caribe hasta los Andes. Desde las alturas se ve muy diferente el mar, la mirada es a vuelo de ave. Y el agua se ve milagrosamente hermosa. Te embruja, caes prisionero en sus mareas, te abandonas a sus caricias, al susurro de su llanto, su cólera y su alegría porque el agua llora, enfurece y ríe como cualquier mortal. Ese líquido declarado transparente, sin olor, color y sabor por definición química tiene por definición personal el olor de mi tierra, el color de la esperanza y el sabor de los amores lejanos. Y por si fuera poco tiene la inocencia de la infancia, la rebeldía de la juventud y la sabiduría de la adultez. Es intrépida en sus amaneceres, confidente en tardes nostálgicas y las noches cual amante pecador va y viene, llega y se va dejándonos cegados con semejante espectáculo de esplendor cuando la luna le baña y ella se abre como orquídea en floración mostrándonos lo más sensible de su sensibilidad.
Como no amar al H2O, es uno de nuestros recursos más preciados y poco valorado sobre todo para aquellos que lo disfrutan como algo intrínseco a sus vidas, algo intrínseco al sistema del servicio natural. En lo personal este líquido ha sido y es algo mágico; de pequeña, en mi infancia isleña me llevaban a Cojímar a dejar los mocos verdes de mis catarros en las olas de esta playa. El agua lo cura todo, crecí con esa certeza, la convertí en filosofía de vida, cura las calenturas tanto las de las gripas como las de las pasiones, cura las tristezas y espanta a los espíritus. Ella atrae las buenas vibras, atrae las alegrías y se apodera de todo nuestro ser por dentro y por fuera. No hay nada como un buen baño!! Los poros agradecen y le dan una bienvenida con bombas y platillos a semejante caricia, hay leyendas que hablan a favor de calentarla o enfriarla a favor de colocarlas en paños tibios o helados para mitigar cualquier maluquera. Los chamanes o brujos te despojan con agua de quién sabe dónde, pero basta creer para crecer. Fui santiguada y bautizada.
El agua puede llegar de diferentes formas a nuestras vidas, una de ellas decidió imponerse al resto, se presentó ante nuestros ojos como torrente pujante con tal fuerza que abrazó por los cuatro costados a nuestro preciado pedazo de tierra y se fue solidificando y sufrió una de sus peores metamorfosis como esos primeros amores que hablan dizque nada de ataduras y terminan con la soga al cuello. La tragicomedia a la cual hemos asistido durante más de medio siglo ha puesto en escena, ha puesto en cartelera la obra más comentada por la crítica especializada y no por ello menos condenada.
El auditorio ha sido testigo del cambio sufrido metafóricamente de cascada en una especie de gran muralla de piedra sólida, una tapia dura e infranqueable que emergió rodeándonos, aislándonos. Creo que de ahí me viene la fobia a los muros, a las paredes. Nuestro caimán quedó varado y está anclado, sus cálidas aguas le acarician como a mi me acariciaron mis nanas, esos cantos infantiles que hicieron mis surcos trazando mis senderos buscadores de otras tierras, buscadores de vecinos, de fronteras y si estas son triples mucho mejor, como las que te llevan a Iguazú. Canto para no olvidar, canto para acunar como mi hermana lo hizo conmigo, yo con mi hija y mi hija lo hará con su hija, para que los barquitos puedan navegar en los sueños infantiles, zarpen de puertos libres, seguros y trasladen su carga, la más preciada de cuantas hay : a los hombres a donde el alma les guíe.
Cierro mis ojos y con mi brújula guiando mis pupilas, mis nanas queridas, acuno hoy y siempre a la niña que fui, a la que llevo dentro, a la que me permitió cantarle a la niña que alumbré y que cuya luz como un faro en medio del mar guiará a nuestra familia al retorno, al regreso cuando una lluvia de hilillos liberadores acaricien la muralla donde llora la niña más consentida de todas, La Habana: la niña que nos alumbró.
Me las cantaron y las canté, se las canté a mi hija todas las noches muy lejos del mar y estoy segura que de tanto entonarlas su letra entró a nuestro torrente marítimo digo a nuestro torrente sanguíneo. Esos estribillos me gusta pensar fueron embelleciendo mi partitura oceánica como perlas marinas, noche sí noches no, días sí y otros no. Fueron creando las imágenes náuticas de mis primeras travesías.
Mis primeros viajes fueron en brazos de la fantasía infantil, se sabe que no hay que tener alas para volar. Y afortunadamente navegué y volé con mi imaginación como combustible. Sin saberlo me fui preparando para mi viaje sin retorno. Y sin saberlo, mi hermana también fue regando en mi caldo de cultivo las burbujas de la inquietud del más allá del horizonte.
Fui acunada por canciones cuyas letras recreaban la partida, el adiós no sobre ruedas, sino sobre el oro blanco de nuestra madre naturaleza, los mares me acunaron desde que nací. Morfeo me recibía ya no envuelta en líquido amniótico, yo llegaba a mis sueños vestida de sal y con los sonidos de un vapor al zarpar. Y la voz de mi hermana clamando por un barco donde se iba un ser querido y mis lágrimas ya prematuramente tenían ese sabor al Caribe, y la canción sigue que sigue mirando como dice a ese barco entrando a la bahía ahí se va, se va la novia mía…. Había una vez un barquito chiquitito, había una vez un barquito chiquitito que no podía que no podía navegar, la, la, la, y pasaron una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete semanas, pasaron una , dos tres, cuatro, cinco, seis, siete semanas y el barquito y el barquito no podía navegar, y si esta historia no te parece larga y si esta historia no te parece larga, volveremos, volveremos a empezar. Y ahí va de nuevo la melodía pegajosa que por sí misma invitaba a dormir y dormir y así en mis noches infantiles comencé a disfrutar del agua no potable, no apta para consumir, pero que los isleños hemos bebido hasta en sueños.
Mi familia, todos nosotros nacimos en una ciudad abrumadoramente salada, transpira y respira sodio. Rodeada por un mar que ha sido su mayor encanto y a la vez su peor verdugo. Una ciudad que como ninguna otra anuncia la llegada de las nueve de la noche al son de un fuerte cañonazo, el sonido del bommm y el olor a pólvora se mezcla con el sudor de esta mujer que ha visto a sus hijos irse y llegar más de lo que ella ha deseado.
Los que se fueron, los que nos fuimos, los que se irán. La mayoría de los que se embarcaron lo hicieron sin ser aclamados como dios manda: reconocidos y despedidos. Sus familias quedaron en vilo, rezando y esperando noticias de su llegada a otras costas, unos llegaron mojados y otros nunca se secaron. Los que nos fuimos mucho después de los primeros, de los pioneros que convirtieron su cuerpo en torpedo, nos transformamos de presentes en ausentes, somos un híbrido, inicialmente dijimos adiós desde casa, y ahora el bye bye es desde el new home.
Nacimos en una isla y esto es una condición que nos ha marcrucificado. No tener vecinos a la vuelta marca la diferencia y de que manera. No tener fronteras, no tener líneas divisorias, de esto es mío y esto es tuyo, hasta acá estamos unos y para allá están los otros, acá una bandera izada y allá la otra más lejos clavada pero ambas hablan a favor de cantares colectivos, de intercambios en todo sentido, de alegrías, guerras, penas y libertades unas luchadas y otras violadas. Pero en todo caso me quedo con la opción de la vecindad. Asumo sus riesgos.
De toda la vida el cubanhello ha tenido ese gustillo de quiéreme pero no me toques, o tócame pero no me quieras. Nuestro neighbour más cercano está a noventa millas, que total no es nada, pero la nada se convirtió en nada de nada. No hay sinónimo para la nada, los he buscado en mi mataburro pero lo que he encontrado no satisface mis necesidades de expresar lo que encierra este vocablo, porque francamente la carencia es absolutamente irrelevante al lado de la nada. Así que me quedo con la nada de la nada. Peco en ser reiterativa. El océano ha sido nuestro guardián, es nuestro centinela, es nuestro único vecino. La decisión de visitarlo y tocar a su puerta, de sumergirse o no es cosa de cada quien.
Afortunadamente nos alejamos de la Perla de las Antillas en alas de un gran pájaro, el hierro frío y gris nos cobijó desde el Caribe hasta los Andes. Desde las alturas se ve muy diferente el mar, la mirada es a vuelo de ave. Y el agua se ve milagrosamente hermosa. Te embruja, caes prisionero en sus mareas, te abandonas a sus caricias, al susurro de su llanto, su cólera y su alegría porque el agua llora, enfurece y ríe como cualquier mortal. Ese líquido declarado transparente, sin olor, color y sabor por definición química tiene por definición personal el olor de mi tierra, el color de la esperanza y el sabor de los amores lejanos. Y por si fuera poco tiene la inocencia de la infancia, la rebeldía de la juventud y la sabiduría de la adultez. Es intrépida en sus amaneceres, confidente en tardes nostálgicas y las noches cual amante pecador va y viene, llega y se va dejándonos cegados con semejante espectáculo de esplendor cuando la luna le baña y ella se abre como orquídea en floración mostrándonos lo más sensible de su sensibilidad.
Como no amar al H2O, es uno de nuestros recursos más preciados y poco valorado sobre todo para aquellos que lo disfrutan como algo intrínseco a sus vidas, algo intrínseco al sistema del servicio natural. En lo personal este líquido ha sido y es algo mágico; de pequeña, en mi infancia isleña me llevaban a Cojímar a dejar los mocos verdes de mis catarros en las olas de esta playa. El agua lo cura todo, crecí con esa certeza, la convertí en filosofía de vida, cura las calenturas tanto las de las gripas como las de las pasiones, cura las tristezas y espanta a los espíritus. Ella atrae las buenas vibras, atrae las alegrías y se apodera de todo nuestro ser por dentro y por fuera. No hay nada como un buen baño!! Los poros agradecen y le dan una bienvenida con bombas y platillos a semejante caricia, hay leyendas que hablan a favor de calentarla o enfriarla a favor de colocarlas en paños tibios o helados para mitigar cualquier maluquera. Los chamanes o brujos te despojan con agua de quién sabe dónde, pero basta creer para crecer. Fui santiguada y bautizada.
El agua puede llegar de diferentes formas a nuestras vidas, una de ellas decidió imponerse al resto, se presentó ante nuestros ojos como torrente pujante con tal fuerza que abrazó por los cuatro costados a nuestro preciado pedazo de tierra y se fue solidificando y sufrió una de sus peores metamorfosis como esos primeros amores que hablan dizque nada de ataduras y terminan con la soga al cuello. La tragicomedia a la cual hemos asistido durante más de medio siglo ha puesto en escena, ha puesto en cartelera la obra más comentada por la crítica especializada y no por ello menos condenada.
El auditorio ha sido testigo del cambio sufrido metafóricamente de cascada en una especie de gran muralla de piedra sólida, una tapia dura e infranqueable que emergió rodeándonos, aislándonos. Creo que de ahí me viene la fobia a los muros, a las paredes. Nuestro caimán quedó varado y está anclado, sus cálidas aguas le acarician como a mi me acariciaron mis nanas, esos cantos infantiles que hicieron mis surcos trazando mis senderos buscadores de otras tierras, buscadores de vecinos, de fronteras y si estas son triples mucho mejor, como las que te llevan a Iguazú. Canto para no olvidar, canto para acunar como mi hermana lo hizo conmigo, yo con mi hija y mi hija lo hará con su hija, para que los barquitos puedan navegar en los sueños infantiles, zarpen de puertos libres, seguros y trasladen su carga, la más preciada de cuantas hay : a los hombres a donde el alma les guíe.
Cierro mis ojos y con mi brújula guiando mis pupilas, mis nanas queridas, acuno hoy y siempre a la niña que fui, a la que llevo dentro, a la que me permitió cantarle a la niña que alumbré y que cuya luz como un faro en medio del mar guiará a nuestra familia al retorno, al regreso cuando una lluvia de hilillos liberadores acaricien la muralla donde llora la niña más consentida de todas, La Habana: la niña que nos alumbró.
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