Hay escenarios y escenarios. Hay colores y colores. Hay opiniones y opiniones. Esa es una realidad.
El tan sonado concierto del Sr. Juanes y demás cantautores a celebrarse en una plaza, que emplazada desde los inicios del proceso revolucionario a ser tribuna gubernamental y a la cual desbautizaron con tales fines y que paradójicamente delante de los ojos del monumento más emblemático a la independencia, el del Apóstol José Martí, en ese escenario la libertad ha quedado atada a los mismos grilletes que encadenaron a Martí en su época. Nuestro Poeta ha sido testigo del sometimiento a sus Ismaelillos durante más de medio siglo.
Sabe esto el Sr. Juanes? Estoy acá una vez más monoblogueando, una manera de vivir a través de las letras, una forma de expresión literaria que narra experiencias propias y mi visión actual sobre este tema en particular. No se vivir sin comprometerme con los sucesos que definen y marcan mis días.
Nací en mil novecientos cincuenta y cinco. Fui bautizada y cuatro años después esclavizada de pensamiento, acción y oratoria hasta mucho después de mi mayoría de edad. Hay exilios y autoexilios. El primero impuesto por los regímenes y el segundo aquel que nace del miedo después de haber padecido el primero. He sido víctima del primero y padezco aún el segundo.
Imposible siendo ciudadana o ciudadano cubano no opinar sobre el tan comentado espectáculo musical. Según dicen a favor de una armonía nacional. Esta que simbólicamente se ha vestido de blanco. Y que el vuelo de palomas ha sido su mayor expresión artística.
Ya que inevitablemente los cantares se harán presentes, quisiera al menos que los matices blancos se tiñeran de negro. El negro que es y será el matiz de la pena, del dolor, del luto y de la pérdida. Cuando mi madre murió no le pude acompañar, el permiso para entrar a la tierra donde había nacido y que por derecho constitucional no necesitaba me fue negado.
La lloré y lloro como muchos otros desde otras tierras. El vestuario de miles y miles de familias cubanas es negro. La separación y el desarraigo se han tinturado en una oscuridad perpetua. Eterna.
Se me ha negado y me he negado el derecho a vivir en mi ciudad, en mi país, disfrutar de mi familia, no he asistido a muertes y a nacimientos, me he perdido el crecimiento de una primera generación de sobrinos que ya disfrutan a mis sobrinos nietos. Perdí mi entorno y mis amigos. Mi hija creció lejos de su cultura y sus raíces. Pero aun así, con todo esto en mi alma blanca mi decisión de ser libre exige lo perdido. Septiembre es nuestro aniversario de independencia, así me gusta llamarle al mes en que cumplimos una década y ocho años de nuestro vuelo. La factura la hemos pagado con altos costos.
Dicho esto, Sr. Juanes lleve puesta su camisa negra, su tan sonada canción . Cántele a los muertos, hágalo en mi nombre y en el nombre de otras muchas familias, cántele a los silenciados, a los oprimidos, a los ausentes, cántele a la memoria de muchas cenizas que esperan a que la libertad ilumine a Cuba para regresar como polvo a la patria que les vio nacer.
Todos por favor vistánse de negro. Que sus camisas negras representen la solidaridad ante una de las comunidades golpeadas por la anti democracia más controvertida de todas las épocas.
Así y sólo así quizás para mí y para otros muchos cubanos este cantar sea algo más que un momento musical, algo más que una hora de cantar y escuchar canciones, porque los que las oyen quedan allá mucho más allá de la plaza, quedan en sus calles, en sus rutinas, en sus prisiones. Porque no solo de canciones vive el hombre.
Quizás sólo así este cantar simbólicamente la memoria histórica de mi pueblo lo relatara sabe dios cuándo, como la ópera prima clamada a la musa más anhelada de todas. La PAZ LIBERADA!!
Muchos testigos tendrá este show político musical y el más importante sin duda alguna será uno que no podrá opinar de palabra , pero su obra lo hará . Porque los poetas mueren y su obra habla por ellos. Es un legado que tenemos todos sus hijos y me atrevo a citar uno de sus sencillos para que nadie lo dude que la historia se encarga ayer hoy y siempre de poner los sucesos en su sitio.
“Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla y muere.’’
“Yo sé de un pesar profundo
Entre las penas sin nombres:
La esclavitud de los hombres
Es la gran pena del mundo ”
José Martí
martes, 15 de septiembre de 2009
domingo, 6 de septiembre de 2009
Catando Mares…
He ido detrás del mar desde niña. Vivíamos muy lejos de los balnearios habaneros. Hacíamos el viaje de los viajes, más de tres horas en bus. Era mi ilusión, mi ansiada aventura infantil. El plan familiar veraniego de mis hermanas, mi hermana mayor casada y con su hijo en brazos, mis dos hermanas solteras y yo de pequeña. No era que me gustará mucho la playa donde mis hermanas se empeñaban en bañarse, Guanabo al este de la ciudad de la Habana dizque porque el mar no era tan traicionero como en Santa María del Mar al cual se le acusaba de tener unos profundos huecos y resacas que ponían a prueba la natación que digamos no era el fuerte en mi clan familiar.
Guanabo no era santo de mi devoción, siempre andaba rezongando en contra de su fondo sucio, su oleaje amenazante y su arena medio enlodada. Pero aun así no me perdía el paseo, me gustaba saborear una fruta tropical pequeña con corteza verdusca, redondita , carnosa, de color amarillento en su interior que te dejaba la boca apretada por su sabor medio agrio. Llamada mamoncillo. Ese era nuestro bocadillo veraniego.
Al fin llegábamos literalmente pidiendo agua por señas. Una vez vencido el camino, un trayecto hecho casi siempre de pie en un bus repleto de personas de todas las edades, pegadas unas contra otras, compartiendo desde el aliento y los sudores hasta las ganas infinitas de refrescarnos de pies a cabeza. Sometidos a un calor infernal y atravesando pueblos rurales como Campo Florido y otros. Hasta hoy tengo esa sensación de ir atravesando matorrales interminables horas eternas en aquella travesía donde irremediablemente yo sufría y mucho de mareos, padecía de esas revolturas donde las tripas se te suben y quedas blanca como papel de seda. Ya era un mal conocido y, el remedio muy común, pero no abundante en los meses de julio y agosto: aire fresco.
Me obligaban a sostener mi cabeza bien en alto y pegada al vidrio de las ventanillas que casi siempre no abrían porque estaban dañadas ante la falta de mantenimiento en aquellas guaguas que eran más esperadas que la mismísima esperanza.
Las filas para tomar las guaguas ponían a prueba la voluntad y los deseos más ansiados de las familias por llegar al tan anhelado paisaje marítimo. La perseverancia se veía coronada al llegar y sumergirnos en las aguas achocolatadas de Guanabo. Nunca me gustó esa playa, pero siempre la recuerdo como mi primer romance marítimo. Un idilio que nos dejaba la piel a punto de ebullición. El tan socorrido vinagre que las madres cubanas usan como champú, como crema humectante y como bálsamo ante las insolaciones que se pescan pescando nos esperaba como remedio santo de mi madre al regreso de semejante quemazón.
Con mi independencia juvenil llegaron mis amores más hermosos, mis relaciones con la tan super de moda playa de Santa María y especialmente el área top del Hotel Atlántico y su pizzería, cita obligada para mi grupo de amigos. Y el famoso balneario de Varadero. La primera al este de la capital habanera y la segunda lejos de ella, en la provincia de Matanzas. Hay amores y amores, estas aguas traslúcidas , cristalinas, generalmente mansas, acogedoras que te arrullan y embelesan al contemplarlas te hacen inevitablemente un adicto a semejante placer , te niegan la posibilidad de disfrutar a plenitud otros mares que no se asemejen a estas bellezas naturales caribeñas. Descubrí el buen vino marino a la par que descubrí a Goethe.
Hoy por hoy sigo perdidamente atada a mis sentimientos de pleno amor cuando disfruto de la salinidad de los mares. Hoy por hoy mi destino preciado son los océanos. Y como en la tonada bolerística que dice: Le canto al viento por todo el que perdió su desaliento, le canto al mar por todo aquel que tuvo que olvidar para empezar. Camino cantándole.
Definitivamente tener un lugar para perderse y encontrarse es más que necesario. Todos los que me conocen saben que cuando me pierdo estoy frente al mar, a sus pies, en las crespas de las olas, en la intimidad de su majestuosidad, y que cuando me encuentran o me encuentro lo traigo conmigo, en mi piel, en mi iris, en mis entrañas.
A los mares hay que catarlos como a los buenos vinos, lentamente a través de una larga y plácida mirada, con una ojeada no es suficiente, con un vistazo tampoco, los ojos deben adentrarse en la búsqueda de su apariencia. La mirada debe ser larga y profunda, entrecerrar los ojos y abarcarlo lo más posible. Precisa de una olfateada, una aspiración reposada , penetrante, que su olor inunde nuestra mucosa olfativa y nos provoque una salinidad espiritual. Que nuestros pulmones se deleiten con la mezcla marinada de cuantas especies lo habitan. Y finalmente que entre a nuestros fluídos, a nuestra cavidad bucal como una buchada sanadora que el enjuague bucal sea la prueba definitiva que estamos en presencia de un buen pedazo de mar!!.
Acabo de regresar del mar, y me lo he traído conmigo. No puedo dejarlo. Este verano se vistió con sus mejores mareas para darme la bienvenida . Un traje de alta costura, su diseño a franjas vaporosas, que van mostrando un celeste que va degrádandose desde el horizonte a la costa, la primera franja la del infinito más cercano de un azul marino oscuro, que oculta las curvas de semejante belleza, la siguiente de un turquesa verdusco que relata ya las formas, los secretos tan profundos que guarda celosamente. La siguiente de un azul espumoso blanquecino, transparente que descubre las ondulaciones de sus profundidades, sus internos habitantes, sus inquilinos. Y acariciando la orilla esas franjillas, esas estelas tráslucidas, donde el sol penetra con total impunidad mostrando su ingenuidad.
Como no caer rendida de amor, ser presa de este amante que me penetra sin tapujos y me devuelve la alegría a mi espíritu oceánico. Amarlo es poco, deliro y confieso mi éxtasis ante este latin lover , mi inquietud total ante nuestros encuentros, no cabe la traición, no lo abandono, mi fidelidad me convierte totalmente ciega a otros filtreos. Nuestro coqueteo es mutuo. Le ofrezco lo mejor de mi cuerpo, le visito y me echo sobre él con la seguridad de que seré acogida , de que seré consentida con su calor, su olor, su pasión, mi amante me somete a su temperamentalidad, eso sí, su fuerza es superior a la mía. Nada de engaños, no lo hago, soy esclava de su virilidad. Y ante su traición repentina cabe recordarle que: Marineros somos y en el mar andamos.
Somos pareja desde hace mucho tiempo, nos conocemos, nos cachamos yo a él y el a mi, el uno al otro, sus movimientos rítmicos en ocasiones dejándose acariciar y amar. En otros distante, alejado, retándonos a redoblar los esfuerzos para llegar a su corazón. Otros enojado, haciendo gala de su furia y poderío exigiendo un respeto y una cautela al ser visitado. Entrarle con pie de plomo porque no se anda con chiquitas, te traiciona y se apodera de algo mas que de de tu vida. Te veranea.
Como os confieso mi primer amante fue el Caribe, nací rodeada por sus aguas, le tenía hasta en la sopa. Un caldo caliente, lleno de buenas especies, sazonado con la desfachatez de la rumba y la cadencia del danzón. Lo amé y le temí, le vi apoderarse de las calles, penetrar y robar metros y metros a mi ciudad en un despliegue de poderío. Jugué en su cancha durante mi infancia, adolescencia y juventud, le visité llevando en mi adultez a mi hija en brazos y se la ofrecí para que sus aguas le bañaran y purificaran. Fuimos abrazadas y bronceadas por su generosidad.
El Caribe es un amante juguetón, travieso, cariñoso, hasta una siesta puedes pescar sobre sus tibias aguas. Es manso, se deja querer en verano, cuando un sol le cae como un veinte de mayo y te pone la carne como azúcar morena . La sal se mete en todos los huecos posibles de tu geografía. Tus pies se pierden en una arena blanquísima que ciega y que produce alucinaciones de todo tipo. Mi primer amor es colorido, alegre y deseado por todos.
Hace muchos años no me encuentro con el Caribe. Mis amantes posteriores no se parecen en nada a él. El Pacífico me mostró sus garras. Y con esta etiqueta por nombre cabe recordar que de pacificidad adolece. No es una de sus características. Su frialdad. Su carácter bravucón atemorizan. Aún así de a poco me ha ido ganando y aunque hoy dia despierta en mi un sobresalto cuando le huelo y veo, aun así le amo con locura. Porque los amantes que hacen temblar nuestras más íntimas fibras tienen ese encanto al despertar pasiones intensas. Como esa que desata la bruma al bajar a la costa de Miraflores en Lima, Perú que lo oculta pero su olor me muestra el camino, intrépida le visito y descubro o como en Viña del Mar , Chile su potencialidad al chocar en las rocas que como grandes pilares sobresalen de sus profundidades. Un mar de contrastes, violento y a la vez meláncolico , apesadumbrado, engaviotado.
Aun guardo el recuerdo de mi primera cita con el Pacífico, allá en Salinas o en , Ancon , Guayaquil, Ecuador, no sabía como aproximarse, mi cautela le producía risa, me frenaba la textura árida de su cuerpo, lo negruzco y fangoso de su interioridad. Era más fuerte que mis deseos, me sobrepasaba la mala impresión ante su viscosidad, mis pasos, mis primeros pasos fueron lentos, cautelosos, no le veía su banderín blanco, lo ocultaba. Lo he navegado, lo he surcado admirando sus orígenes volcánicos allá en las Galápagos.
La sinfonía del Atlántico es otra, en las costas de Miami, en Clearwater, Tampa, en el estado de la Florida, sus notas entraron a mi vida con sol, sin él, huracanado, empelicanado, de dia, de noche, con luna , sin ella, sus amaneceres me acompañan en mis desayunos. Me animan porque ese mar conoce de mis penas, de mi dolor y de mis alegrías, ese mar fue testigo del infarto y este verano ha sido partícipe de nuestra lucha por seguir caminando con el corazón en la boca.
El crepúsculo es mi cita preferida, mi hora inspiradora con mi trago preferido en mano, ese que preparo con cuatro líneas de zumo de naranja y dos de amaretto, ese licor italiano almendrado que adicionándole dos cubos de hielo y usando un vaso pequeño de cristal doble te permite quedar embobada ante los últimos rayos del sol poniente. Cuando los últimos rayos enrojecidos penetran las irregulares formas de las nubes y arrojan el espectáculo mas sobrecogedor que se haya presenciado. Y entro en sus aguas cálidas, tibias , calentitas en las primeras horas de las tardes veraniegas y me dejo llevar por su sonido monótono, sordo al chocar sus crestas con la orilla. Y el placer es digno de recordar por siempre. Es la hora de mis confidencias, de mis confesiones.
Hay mares que acarician a las ciudades y dicen mucho sobre ellas. Las bendicen. Dicen que las ciudades más prósperas son aquellas que son bañadas por las aguas. Prósperas y felices con sus habitantes llenos de energías como los cariocas. Caminar por el malecón de Río y ver la simbiosis de las montañas con el océano es un paisaje de las grandes ligas. Las ensenadas de las playas de Buzios rompe el record de los paisajes paradisíacos que afaman esas latitudes.
Hay ciudades, países que no tienen salida a los mares, como Bolivia. Mientras vivíamos en la Paz, viajando por el altiplano boliviano íbamos al encuentro del Lago Titicaca nuestro refugio marino a esas alturas a vuelo de cóndor, de una magnitud imposible de abarcar con la mirada, bajando al pueblo de Copacabana y rodeado por la cordillera real aparece como una ensoñación plácida, helada. Los lagos le dan a esas tierras y a otras muchas como el Lago de Atitlán en Guatemala o la laguna de los dioses de Cuicocha o los Lagos de San Pedro y San Pablo en Ecuador, el toque acuático que le dan la abundancia a sus tierras y lugareños.
Y ahora alejada de la copa de la cual he bebido hasta perder la cordura me digo que todos los mares, lagunas y lagos tienen en mi persona a una mujer que los degusta en su presencia y en su ausencia, en su lejanía y en sus armonías. Que se impone un brindis en su honor, que honrarlos es menester. Que cantarle, escribirle y amarle es el mejor tributo a este patrimonio de la humanidad.
Y evoco uno de los versos sencillos de José Martí que dice: “Yo visitaré anhelante los rincones donde a solas estuvimos yo y mi amante retozando con las olas.”
Chin, chin Brindo por @mar ¡!
Guanabo no era santo de mi devoción, siempre andaba rezongando en contra de su fondo sucio, su oleaje amenazante y su arena medio enlodada. Pero aun así no me perdía el paseo, me gustaba saborear una fruta tropical pequeña con corteza verdusca, redondita , carnosa, de color amarillento en su interior que te dejaba la boca apretada por su sabor medio agrio. Llamada mamoncillo. Ese era nuestro bocadillo veraniego.
Al fin llegábamos literalmente pidiendo agua por señas. Una vez vencido el camino, un trayecto hecho casi siempre de pie en un bus repleto de personas de todas las edades, pegadas unas contra otras, compartiendo desde el aliento y los sudores hasta las ganas infinitas de refrescarnos de pies a cabeza. Sometidos a un calor infernal y atravesando pueblos rurales como Campo Florido y otros. Hasta hoy tengo esa sensación de ir atravesando matorrales interminables horas eternas en aquella travesía donde irremediablemente yo sufría y mucho de mareos, padecía de esas revolturas donde las tripas se te suben y quedas blanca como papel de seda. Ya era un mal conocido y, el remedio muy común, pero no abundante en los meses de julio y agosto: aire fresco.
Me obligaban a sostener mi cabeza bien en alto y pegada al vidrio de las ventanillas que casi siempre no abrían porque estaban dañadas ante la falta de mantenimiento en aquellas guaguas que eran más esperadas que la mismísima esperanza.
Las filas para tomar las guaguas ponían a prueba la voluntad y los deseos más ansiados de las familias por llegar al tan anhelado paisaje marítimo. La perseverancia se veía coronada al llegar y sumergirnos en las aguas achocolatadas de Guanabo. Nunca me gustó esa playa, pero siempre la recuerdo como mi primer romance marítimo. Un idilio que nos dejaba la piel a punto de ebullición. El tan socorrido vinagre que las madres cubanas usan como champú, como crema humectante y como bálsamo ante las insolaciones que se pescan pescando nos esperaba como remedio santo de mi madre al regreso de semejante quemazón.
Con mi independencia juvenil llegaron mis amores más hermosos, mis relaciones con la tan super de moda playa de Santa María y especialmente el área top del Hotel Atlántico y su pizzería, cita obligada para mi grupo de amigos. Y el famoso balneario de Varadero. La primera al este de la capital habanera y la segunda lejos de ella, en la provincia de Matanzas. Hay amores y amores, estas aguas traslúcidas , cristalinas, generalmente mansas, acogedoras que te arrullan y embelesan al contemplarlas te hacen inevitablemente un adicto a semejante placer , te niegan la posibilidad de disfrutar a plenitud otros mares que no se asemejen a estas bellezas naturales caribeñas. Descubrí el buen vino marino a la par que descubrí a Goethe.
Hoy por hoy sigo perdidamente atada a mis sentimientos de pleno amor cuando disfruto de la salinidad de los mares. Hoy por hoy mi destino preciado son los océanos. Y como en la tonada bolerística que dice: Le canto al viento por todo el que perdió su desaliento, le canto al mar por todo aquel que tuvo que olvidar para empezar. Camino cantándole.
Definitivamente tener un lugar para perderse y encontrarse es más que necesario. Todos los que me conocen saben que cuando me pierdo estoy frente al mar, a sus pies, en las crespas de las olas, en la intimidad de su majestuosidad, y que cuando me encuentran o me encuentro lo traigo conmigo, en mi piel, en mi iris, en mis entrañas.
A los mares hay que catarlos como a los buenos vinos, lentamente a través de una larga y plácida mirada, con una ojeada no es suficiente, con un vistazo tampoco, los ojos deben adentrarse en la búsqueda de su apariencia. La mirada debe ser larga y profunda, entrecerrar los ojos y abarcarlo lo más posible. Precisa de una olfateada, una aspiración reposada , penetrante, que su olor inunde nuestra mucosa olfativa y nos provoque una salinidad espiritual. Que nuestros pulmones se deleiten con la mezcla marinada de cuantas especies lo habitan. Y finalmente que entre a nuestros fluídos, a nuestra cavidad bucal como una buchada sanadora que el enjuague bucal sea la prueba definitiva que estamos en presencia de un buen pedazo de mar!!.
Acabo de regresar del mar, y me lo he traído conmigo. No puedo dejarlo. Este verano se vistió con sus mejores mareas para darme la bienvenida . Un traje de alta costura, su diseño a franjas vaporosas, que van mostrando un celeste que va degrádandose desde el horizonte a la costa, la primera franja la del infinito más cercano de un azul marino oscuro, que oculta las curvas de semejante belleza, la siguiente de un turquesa verdusco que relata ya las formas, los secretos tan profundos que guarda celosamente. La siguiente de un azul espumoso blanquecino, transparente que descubre las ondulaciones de sus profundidades, sus internos habitantes, sus inquilinos. Y acariciando la orilla esas franjillas, esas estelas tráslucidas, donde el sol penetra con total impunidad mostrando su ingenuidad.
Como no caer rendida de amor, ser presa de este amante que me penetra sin tapujos y me devuelve la alegría a mi espíritu oceánico. Amarlo es poco, deliro y confieso mi éxtasis ante este latin lover , mi inquietud total ante nuestros encuentros, no cabe la traición, no lo abandono, mi fidelidad me convierte totalmente ciega a otros filtreos. Nuestro coqueteo es mutuo. Le ofrezco lo mejor de mi cuerpo, le visito y me echo sobre él con la seguridad de que seré acogida , de que seré consentida con su calor, su olor, su pasión, mi amante me somete a su temperamentalidad, eso sí, su fuerza es superior a la mía. Nada de engaños, no lo hago, soy esclava de su virilidad. Y ante su traición repentina cabe recordarle que: Marineros somos y en el mar andamos.
Somos pareja desde hace mucho tiempo, nos conocemos, nos cachamos yo a él y el a mi, el uno al otro, sus movimientos rítmicos en ocasiones dejándose acariciar y amar. En otros distante, alejado, retándonos a redoblar los esfuerzos para llegar a su corazón. Otros enojado, haciendo gala de su furia y poderío exigiendo un respeto y una cautela al ser visitado. Entrarle con pie de plomo porque no se anda con chiquitas, te traiciona y se apodera de algo mas que de de tu vida. Te veranea.
Como os confieso mi primer amante fue el Caribe, nací rodeada por sus aguas, le tenía hasta en la sopa. Un caldo caliente, lleno de buenas especies, sazonado con la desfachatez de la rumba y la cadencia del danzón. Lo amé y le temí, le vi apoderarse de las calles, penetrar y robar metros y metros a mi ciudad en un despliegue de poderío. Jugué en su cancha durante mi infancia, adolescencia y juventud, le visité llevando en mi adultez a mi hija en brazos y se la ofrecí para que sus aguas le bañaran y purificaran. Fuimos abrazadas y bronceadas por su generosidad.
El Caribe es un amante juguetón, travieso, cariñoso, hasta una siesta puedes pescar sobre sus tibias aguas. Es manso, se deja querer en verano, cuando un sol le cae como un veinte de mayo y te pone la carne como azúcar morena . La sal se mete en todos los huecos posibles de tu geografía. Tus pies se pierden en una arena blanquísima que ciega y que produce alucinaciones de todo tipo. Mi primer amor es colorido, alegre y deseado por todos.
Hace muchos años no me encuentro con el Caribe. Mis amantes posteriores no se parecen en nada a él. El Pacífico me mostró sus garras. Y con esta etiqueta por nombre cabe recordar que de pacificidad adolece. No es una de sus características. Su frialdad. Su carácter bravucón atemorizan. Aún así de a poco me ha ido ganando y aunque hoy dia despierta en mi un sobresalto cuando le huelo y veo, aun así le amo con locura. Porque los amantes que hacen temblar nuestras más íntimas fibras tienen ese encanto al despertar pasiones intensas. Como esa que desata la bruma al bajar a la costa de Miraflores en Lima, Perú que lo oculta pero su olor me muestra el camino, intrépida le visito y descubro o como en Viña del Mar , Chile su potencialidad al chocar en las rocas que como grandes pilares sobresalen de sus profundidades. Un mar de contrastes, violento y a la vez meláncolico , apesadumbrado, engaviotado.
Aun guardo el recuerdo de mi primera cita con el Pacífico, allá en Salinas o en , Ancon , Guayaquil, Ecuador, no sabía como aproximarse, mi cautela le producía risa, me frenaba la textura árida de su cuerpo, lo negruzco y fangoso de su interioridad. Era más fuerte que mis deseos, me sobrepasaba la mala impresión ante su viscosidad, mis pasos, mis primeros pasos fueron lentos, cautelosos, no le veía su banderín blanco, lo ocultaba. Lo he navegado, lo he surcado admirando sus orígenes volcánicos allá en las Galápagos.
La sinfonía del Atlántico es otra, en las costas de Miami, en Clearwater, Tampa, en el estado de la Florida, sus notas entraron a mi vida con sol, sin él, huracanado, empelicanado, de dia, de noche, con luna , sin ella, sus amaneceres me acompañan en mis desayunos. Me animan porque ese mar conoce de mis penas, de mi dolor y de mis alegrías, ese mar fue testigo del infarto y este verano ha sido partícipe de nuestra lucha por seguir caminando con el corazón en la boca.
El crepúsculo es mi cita preferida, mi hora inspiradora con mi trago preferido en mano, ese que preparo con cuatro líneas de zumo de naranja y dos de amaretto, ese licor italiano almendrado que adicionándole dos cubos de hielo y usando un vaso pequeño de cristal doble te permite quedar embobada ante los últimos rayos del sol poniente. Cuando los últimos rayos enrojecidos penetran las irregulares formas de las nubes y arrojan el espectáculo mas sobrecogedor que se haya presenciado. Y entro en sus aguas cálidas, tibias , calentitas en las primeras horas de las tardes veraniegas y me dejo llevar por su sonido monótono, sordo al chocar sus crestas con la orilla. Y el placer es digno de recordar por siempre. Es la hora de mis confidencias, de mis confesiones.
Hay mares que acarician a las ciudades y dicen mucho sobre ellas. Las bendicen. Dicen que las ciudades más prósperas son aquellas que son bañadas por las aguas. Prósperas y felices con sus habitantes llenos de energías como los cariocas. Caminar por el malecón de Río y ver la simbiosis de las montañas con el océano es un paisaje de las grandes ligas. Las ensenadas de las playas de Buzios rompe el record de los paisajes paradisíacos que afaman esas latitudes.
Hay ciudades, países que no tienen salida a los mares, como Bolivia. Mientras vivíamos en la Paz, viajando por el altiplano boliviano íbamos al encuentro del Lago Titicaca nuestro refugio marino a esas alturas a vuelo de cóndor, de una magnitud imposible de abarcar con la mirada, bajando al pueblo de Copacabana y rodeado por la cordillera real aparece como una ensoñación plácida, helada. Los lagos le dan a esas tierras y a otras muchas como el Lago de Atitlán en Guatemala o la laguna de los dioses de Cuicocha o los Lagos de San Pedro y San Pablo en Ecuador, el toque acuático que le dan la abundancia a sus tierras y lugareños.
Y ahora alejada de la copa de la cual he bebido hasta perder la cordura me digo que todos los mares, lagunas y lagos tienen en mi persona a una mujer que los degusta en su presencia y en su ausencia, en su lejanía y en sus armonías. Que se impone un brindis en su honor, que honrarlos es menester. Que cantarle, escribirle y amarle es el mejor tributo a este patrimonio de la humanidad.
Y evoco uno de los versos sencillos de José Martí que dice: “Yo visitaré anhelante los rincones donde a solas estuvimos yo y mi amante retozando con las olas.”
Chin, chin Brindo por @mar ¡!
sábado, 15 de agosto de 2009
domingo, 12 de julio de 2009
Happy Birthday Donald Duck
Happy birthday to you, happy birthday to you. Happy birthday Duck Donald, happy birthday to you.
La torta está servida, luce setenta y cinco velitas invitando a un gran soplo que llegue de todas partes del mundo. Un aplauso para festejar la vida del pato más pato del universo palmípedo. Muchos nacieron antes, otros con él y algunos como yo nacimos para cuando ya Mr. Donald Duck era mayor de edad.
Para cuando yo gateaba y daba mis primeros pasos él disfrutaba de los privilegios de su fama que llega hasta los días de hoy.
Todos recordamos nuestra primera vez. Mi primera vez. Mi primera cita fue a ciegas, el encuentro del signo de dólar ($), la representación gráfica del billete verde del norte y yo fue muy animada. Fue salida directamente de las pupilas tilitantes del tío Mac Pato a mis pupilas infantiles. Mi iris quedó donaldzado.
Tuvieron que pasar muchos años en mi vida para que tuviera en mis manos los tan ansiados papelitos verdes. Para ser más exacta en mil novecientos ochenta y ocho, aún cuando la tenencia de esta moneda era ilegal en mi tierra. A escondidas tuve por horas unos quince dólares, mi gran fortuna, mi corazón latía a ritmo de una caja registradora salida de las páginas de mis queridos cartones que producía un sonido mágico con sabor a Orange Duck.
Hoy mis recuerdos se asemejan a una movie de ficción. Al igual que la Cucarachita Martina me senté a pensar qué me compraré, qué me compraré. Mis titubeos no pasaron de ser una quimera. Nunca pude comprar nada, tuve que ceder mi fortuna a una amiga para que la pasara a su vez a otra y así entrara a la cadena del mercado negro y ahí cambiarla por un par de artículos de higiene de primera necesidad que me hicieron la mujer más feliz de la Vanidad Martina.
No tuve educación ni instrucción financiera, mi mirada en esa área del desarrollo humano fue de ceguera absoluta . Era miope en el tema. Mi relación se limitaba al final de cada mes a recibir al contado un sueldo en efectivo y en moneda nacional, el peso que no equivalía ni a un dólar. Esas fueron literalmente mis entradas por más de treinta y seis años. Afortunadamente mi visión mejoró y hoy por hoy tengo veinte veinte.
Disfruté muy poco de las imágenes televisivas de los muñequitos occidentales.
Nosotros vimos desaparecer los tradicionales personajes dizque acusados de portar mensajes dañinos, tildados de pequeño burgueses. El Arca se fue a pique, con ratones, elefantes, perros, gatos, venados, peces, osos, cangrejos, pingüinos y cuanta especie del reino animal amenazara con dar el grito de la selva.
Nosotros fuimos testigos de la transformación de la ternura, la belleza y la originalidad de los cartones clásicos a formas de madera, a dibujos de palo prácticamente inanimados que contaban relatos de países de Europa oriental. Nosotros todos odiamos los muñequitos de palo como se conocían e incluso había un chiste que contaba de una madre que castigaba a su hijo por portarse mal y lo mandaba a ver los de palo.
Y así como el que vive de cuentos muere de desengaños, nuestro espíritu e imaginación infantil fueron a parar a la hoguera de la incredulidad. Nada de fantasías, nada de finales felices, nada de nada.
Vivíamos del cuento eso sí. Y sin darnos cuenta unos, y otros dándose perfecta cuenta comenzamos a escribir la fábula más increíble que el récord Guinness ha registrado: Un relato congelado en los tiempos, varado sobre un caimán, recreado en una extensa plantación y donde el personaje principal fue proclamado de caballo y el resto de los animales de camaradas. Así como en la Rebelión en la Granja.
Los siete mandamientos de la Rebelión en la Granja entraron a mi vida pasada mi adolescencia. En pleno desarrollo juvenil y con una parcial meridiana claridad (remedando al texto) y que es una expresión que durante años el hípico castrense relinchó en la explanada mayor. Los siete enanos han mandado y mandan aún en la granja menos cultivada de todas las conocidas. Y al son de los siete me hice mujer, sabiendo que todos los animales somos iguales, pero hay unos animales más iguales que otros. Yo era de las menos iguales.
Y así en esa ecuación de equidad hípico camaraderil unos no teníamos dólares y otros sí, porque todos éramos iguales, pero siempre había y hay unos animales que son más iguales. Y al final seguimos diciendo: C’est la vie.
Perdimos todo y la memoria aún más, no recordábamos, las imágenes iban alejándose cada vez más, parecían perderse entre telarañas, parecían fantasmas que se empeñaban en regresar pero que eran ahuyentados por los siete mandamientos. Todo se fue transformando, pura decadencia y los siete se multiplicaron una vez y otra y otra hasta convertirse en una lista interminable de prohibiciones para los menos iguales. Y privilegios para los más iguales. Y el carrusel dando vueltas, en su tarima solo un ejemplar relinchando y el resto de los más de diez millones de especies ahogando sus protestas onomatopéyicas.
Y aquí estoy disfrutando de una de mis imágenes preferidas , una capturada por mi cámara de fotos, que documenta que todo llega, que todo tiene su día, que mis brotes verdes florecieron . Es una foto familiar en Magic Kingdom en Disney World dándole la mano al Pato más viejo del mundo. Que no por viejo deja de ser travieso tiene una banderilla en su pata que dice: Prohibido prohibir.
Post-it La fábula que nunca debe dejar de leer a sus hijos: “ Rebelión en la Granja.” Autor : George Orwell, 1945. Para que nunca sus hijos al escuchar cuentos sufran de desengaño y que jamás sean menos iguales a los más iguales.
La torta está servida, luce setenta y cinco velitas invitando a un gran soplo que llegue de todas partes del mundo. Un aplauso para festejar la vida del pato más pato del universo palmípedo. Muchos nacieron antes, otros con él y algunos como yo nacimos para cuando ya Mr. Donald Duck era mayor de edad.
Para cuando yo gateaba y daba mis primeros pasos él disfrutaba de los privilegios de su fama que llega hasta los días de hoy.
Todos recordamos nuestra primera vez. Mi primera vez. Mi primera cita fue a ciegas, el encuentro del signo de dólar ($), la representación gráfica del billete verde del norte y yo fue muy animada. Fue salida directamente de las pupilas tilitantes del tío Mac Pato a mis pupilas infantiles. Mi iris quedó donaldzado.
Tuvieron que pasar muchos años en mi vida para que tuviera en mis manos los tan ansiados papelitos verdes. Para ser más exacta en mil novecientos ochenta y ocho, aún cuando la tenencia de esta moneda era ilegal en mi tierra. A escondidas tuve por horas unos quince dólares, mi gran fortuna, mi corazón latía a ritmo de una caja registradora salida de las páginas de mis queridos cartones que producía un sonido mágico con sabor a Orange Duck.
Hoy mis recuerdos se asemejan a una movie de ficción. Al igual que la Cucarachita Martina me senté a pensar qué me compraré, qué me compraré. Mis titubeos no pasaron de ser una quimera. Nunca pude comprar nada, tuve que ceder mi fortuna a una amiga para que la pasara a su vez a otra y así entrara a la cadena del mercado negro y ahí cambiarla por un par de artículos de higiene de primera necesidad que me hicieron la mujer más feliz de la Vanidad Martina.
No tuve educación ni instrucción financiera, mi mirada en esa área del desarrollo humano fue de ceguera absoluta . Era miope en el tema. Mi relación se limitaba al final de cada mes a recibir al contado un sueldo en efectivo y en moneda nacional, el peso que no equivalía ni a un dólar. Esas fueron literalmente mis entradas por más de treinta y seis años. Afortunadamente mi visión mejoró y hoy por hoy tengo veinte veinte.
Disfruté muy poco de las imágenes televisivas de los muñequitos occidentales.
Nosotros vimos desaparecer los tradicionales personajes dizque acusados de portar mensajes dañinos, tildados de pequeño burgueses. El Arca se fue a pique, con ratones, elefantes, perros, gatos, venados, peces, osos, cangrejos, pingüinos y cuanta especie del reino animal amenazara con dar el grito de la selva.
Nosotros fuimos testigos de la transformación de la ternura, la belleza y la originalidad de los cartones clásicos a formas de madera, a dibujos de palo prácticamente inanimados que contaban relatos de países de Europa oriental. Nosotros todos odiamos los muñequitos de palo como se conocían e incluso había un chiste que contaba de una madre que castigaba a su hijo por portarse mal y lo mandaba a ver los de palo.
Y así como el que vive de cuentos muere de desengaños, nuestro espíritu e imaginación infantil fueron a parar a la hoguera de la incredulidad. Nada de fantasías, nada de finales felices, nada de nada.
Vivíamos del cuento eso sí. Y sin darnos cuenta unos, y otros dándose perfecta cuenta comenzamos a escribir la fábula más increíble que el récord Guinness ha registrado: Un relato congelado en los tiempos, varado sobre un caimán, recreado en una extensa plantación y donde el personaje principal fue proclamado de caballo y el resto de los animales de camaradas. Así como en la Rebelión en la Granja.
Los siete mandamientos de la Rebelión en la Granja entraron a mi vida pasada mi adolescencia. En pleno desarrollo juvenil y con una parcial meridiana claridad (remedando al texto) y que es una expresión que durante años el hípico castrense relinchó en la explanada mayor. Los siete enanos han mandado y mandan aún en la granja menos cultivada de todas las conocidas. Y al son de los siete me hice mujer, sabiendo que todos los animales somos iguales, pero hay unos animales más iguales que otros. Yo era de las menos iguales.
Y así en esa ecuación de equidad hípico camaraderil unos no teníamos dólares y otros sí, porque todos éramos iguales, pero siempre había y hay unos animales que son más iguales. Y al final seguimos diciendo: C’est la vie.
Perdimos todo y la memoria aún más, no recordábamos, las imágenes iban alejándose cada vez más, parecían perderse entre telarañas, parecían fantasmas que se empeñaban en regresar pero que eran ahuyentados por los siete mandamientos. Todo se fue transformando, pura decadencia y los siete se multiplicaron una vez y otra y otra hasta convertirse en una lista interminable de prohibiciones para los menos iguales. Y privilegios para los más iguales. Y el carrusel dando vueltas, en su tarima solo un ejemplar relinchando y el resto de los más de diez millones de especies ahogando sus protestas onomatopéyicas.
Y aquí estoy disfrutando de una de mis imágenes preferidas , una capturada por mi cámara de fotos, que documenta que todo llega, que todo tiene su día, que mis brotes verdes florecieron . Es una foto familiar en Magic Kingdom en Disney World dándole la mano al Pato más viejo del mundo. Que no por viejo deja de ser travieso tiene una banderilla en su pata que dice: Prohibido prohibir.
Post-it La fábula que nunca debe dejar de leer a sus hijos: “ Rebelión en la Granja.” Autor : George Orwell, 1945. Para que nunca sus hijos al escuchar cuentos sufran de desengaño y que jamás sean menos iguales a los más iguales.
domingo, 28 de junio de 2009
Sonriéndole a Benedetti
Ha muerto Benedetti. Hagamos de su Himno a la Alegría nuestra melodía. Sigamos defendiéndola. Era y soy por naturaleza una mujer alegre poniendo pie en tierra y desde mi trinchera he defendido mi derecho a la felicidad.
Definir la alegría me es díficil, defenderla mucho más. Cuando pienso en ella lo hago en términos de algo fugaz y efímero. Su temporalidad es una de sus características que más me cuesta manejar. Durante mi vida la alegría me ha visitado y la he recibido como Benedetti manda: con los brazos abiertos.
La alegría y la sonrisa no necesariamente van de la mano. Aunque por así decirlo la sonrisa sería una obvia expresión de la alegría. Podemos ser felices sin sonreir, tenemos otras formas de expresar la contentura Y lo escribo porque hay quien exige como
prueba de amor un happy face. Ser obvio en ocasiones puede dejarnos sin reir.
El paso de la sonrisa al llanto y de este a ella suele ser prácticamente simultáneo. La transformación de una carcajada fuerte y estrepitosa a una cascada ocular salada es en cuestión de segundos. El dolor y la pena se conocen muy bien muy de cerca y saben coexistir con la sensación de tener el mundo a nuestros pies. Van de la mano y sin lugar a dudas esto es una premisa para la comprensión de uno de los teoremas cardinales de la vida: La vida es como es.
Beber del pozo de la tristeza y de la alegría es una práctica natural. Obligada. Son caras de la misma moneda. Tratar de mantener un estado feliz permanente es una utopía, e incluso algo sin sentido. Si no fuera por la tristeza cómo sentirnos felices y si no fuera por la melancolía cómo deleitarnos con los momentos de alegría en nuestras vidas. Entendido así se hace más llevadero. Y más fácil de incorporarlo a nuestro abc.
E incluso se va más allá cuando se dice que: “Los pueblos felices no tienen historia”
La euforia nace en lo más profundo de nuestro abatimiento. Este da paso a las más increíbles sensaciones gloriosas.
Quizás quien mejor lo expresó fue Benjamín Franklin: “ Nuestra limitada perspectiva, nuestras esperanzas y miedos, se convierten en nuestra medida de la vida, y cuando las circunstancias no se corresponden con nuestras ideas, se transforman en nuestras dificultades”
Todos buscamos la felicidad. El camino hacia ese sentimiento dulce, agradable y tan ansiado es difícil de andar. Es un sendero que más nos vale emprenderlo con grandes dosis de voluntad. Más nos vale que temprano en la mañana le demos los buenos días a la tenacidad y la perseverancia que como barricadas nos protejan de nuestras flaquezas.
En la época actual cada vez más la seriedad se apropia de nuestros rostros y corazones. Alegrarnos es un reto. Quiero que mi respeto, admiración y agradecimiento a Benedetti sean de alguna manera mi compromiso a luchar por mi alegría, la de mi familia y la de mis amigos. Combatir la frustración, el miedo, el estrés, las tensiones, centrarme en ser una mujer, una madre, una esposa, una amiga y una ciudadana proactiva hacia la producción de ideas y pensamientos optimistas. Documentemos nuestra alegría, seamos testigos de que sí se puede ser feliz, construyamos nuestra apología en pos de ella. Que quede reflejada en nuestras fotos, historias, y filmes familiares y personales. Que nuestros hijos hereden y reciban como patrimonio a padres capaces de sacar del sombrero una amplia y y genuina sonrisa. Mostrémosle las cosas tal cual, enseñémosle a convivir a ratos con una de ellas y a ratos con la otra. “No debemos buscar la felicidad a lo grande, no existe. Lo que existe es la felicidad a ratos” –Carmen Maura-
Y en esta ocasión mi buceo monologámico, mi chapuzón en aguas nacionales me obliga a lanzar mis redes en busca de una filosofía propia que rija mis actitudes afectivas. Y fiel a mi tendencia me gusta pensar, me gusta fantasear con ilusiones que giren alrededor de convertirnos en una banca afectiva. Es por eso que he hecho este ejercicio que en mi condición de amateur financiera me permito esbozar en una dizque carta de navegación. Con la ilusión de embotellarla y lanzarla a que navegue cual tesoro a compartir con todos los navegantes que surquen estas pantallas bienaventuradas.
Hagamos un giro de cuatro grados latitud familiar y otros diez grados latitud social e izar velas hacia un océano amoroso. Que nuestra política bancaria nos demande ser generosos entregando afectos declarando abierta una línea de crédito afectiva. Abramos nuestra línea de crédito emocional a nosotros mismos y a los demás. Que nuestros depósitos afectivos eleven las cifras de nuestros fondos emocionales.
Convirtamos nuestra bolsa crediticia en un escenario activo. Donde tomemos riesgos filiales y sociables que permitan que los flujos de importaciones y exportaciones de buena onda diversifiquen nuestras carteras afectivas.
Que nuestros saldos y dividendos repercutan en ganancias saludables a nuestra banca emocional. Y que nuestras inversiones sean seguras y confiables generando redes de socios activos capaces de que el tipo de cambio de sus relaciones sea favorable en ambos sentidos. No nos declaremos en bancarrota emocional. Generando emociones, sentimientos y estados de ánimos que contribuyan a una práctica del uso positivo de las relaciones humanas. Que el pago de nuestras cuotas de impuestos den fe en la construcción de escenarios felices. Que al girar nuestros cheques o nuestras transferencias emocionales estas vayan acompañadas de mensajes de apoyo y solidaridad hacia nuestros seres queridos. Que las remesas cálidas vayan al alza del producto interno bruto de cada cual y de cada quien.
Plantearnos el compromiso de que nuestros préstamos afectivos al ser cobrados no incluyan porcentajes en el uso de nuestro amor. Y que este que lo puede todo nos permita pagar nuestra deuda externa e interna. Y con la mano en nuestro corazón declaremos a Afrodita o Venus un astro que brille en nuestro firmamento para decir con toda nuestra pasión al César lo que es del César.
Definir la alegría me es díficil, defenderla mucho más. Cuando pienso en ella lo hago en términos de algo fugaz y efímero. Su temporalidad es una de sus características que más me cuesta manejar. Durante mi vida la alegría me ha visitado y la he recibido como Benedetti manda: con los brazos abiertos.
La alegría y la sonrisa no necesariamente van de la mano. Aunque por así decirlo la sonrisa sería una obvia expresión de la alegría. Podemos ser felices sin sonreir, tenemos otras formas de expresar la contentura Y lo escribo porque hay quien exige como
prueba de amor un happy face. Ser obvio en ocasiones puede dejarnos sin reir.
El paso de la sonrisa al llanto y de este a ella suele ser prácticamente simultáneo. La transformación de una carcajada fuerte y estrepitosa a una cascada ocular salada es en cuestión de segundos. El dolor y la pena se conocen muy bien muy de cerca y saben coexistir con la sensación de tener el mundo a nuestros pies. Van de la mano y sin lugar a dudas esto es una premisa para la comprensión de uno de los teoremas cardinales de la vida: La vida es como es.
Beber del pozo de la tristeza y de la alegría es una práctica natural. Obligada. Son caras de la misma moneda. Tratar de mantener un estado feliz permanente es una utopía, e incluso algo sin sentido. Si no fuera por la tristeza cómo sentirnos felices y si no fuera por la melancolía cómo deleitarnos con los momentos de alegría en nuestras vidas. Entendido así se hace más llevadero. Y más fácil de incorporarlo a nuestro abc.
E incluso se va más allá cuando se dice que: “Los pueblos felices no tienen historia”
La euforia nace en lo más profundo de nuestro abatimiento. Este da paso a las más increíbles sensaciones gloriosas.
Quizás quien mejor lo expresó fue Benjamín Franklin: “ Nuestra limitada perspectiva, nuestras esperanzas y miedos, se convierten en nuestra medida de la vida, y cuando las circunstancias no se corresponden con nuestras ideas, se transforman en nuestras dificultades”
Todos buscamos la felicidad. El camino hacia ese sentimiento dulce, agradable y tan ansiado es difícil de andar. Es un sendero que más nos vale emprenderlo con grandes dosis de voluntad. Más nos vale que temprano en la mañana le demos los buenos días a la tenacidad y la perseverancia que como barricadas nos protejan de nuestras flaquezas.
En la época actual cada vez más la seriedad se apropia de nuestros rostros y corazones. Alegrarnos es un reto. Quiero que mi respeto, admiración y agradecimiento a Benedetti sean de alguna manera mi compromiso a luchar por mi alegría, la de mi familia y la de mis amigos. Combatir la frustración, el miedo, el estrés, las tensiones, centrarme en ser una mujer, una madre, una esposa, una amiga y una ciudadana proactiva hacia la producción de ideas y pensamientos optimistas. Documentemos nuestra alegría, seamos testigos de que sí se puede ser feliz, construyamos nuestra apología en pos de ella. Que quede reflejada en nuestras fotos, historias, y filmes familiares y personales. Que nuestros hijos hereden y reciban como patrimonio a padres capaces de sacar del sombrero una amplia y y genuina sonrisa. Mostrémosle las cosas tal cual, enseñémosle a convivir a ratos con una de ellas y a ratos con la otra. “No debemos buscar la felicidad a lo grande, no existe. Lo que existe es la felicidad a ratos” –Carmen Maura-
Y en esta ocasión mi buceo monologámico, mi chapuzón en aguas nacionales me obliga a lanzar mis redes en busca de una filosofía propia que rija mis actitudes afectivas. Y fiel a mi tendencia me gusta pensar, me gusta fantasear con ilusiones que giren alrededor de convertirnos en una banca afectiva. Es por eso que he hecho este ejercicio que en mi condición de amateur financiera me permito esbozar en una dizque carta de navegación. Con la ilusión de embotellarla y lanzarla a que navegue cual tesoro a compartir con todos los navegantes que surquen estas pantallas bienaventuradas.
Hagamos un giro de cuatro grados latitud familiar y otros diez grados latitud social e izar velas hacia un océano amoroso. Que nuestra política bancaria nos demande ser generosos entregando afectos declarando abierta una línea de crédito afectiva. Abramos nuestra línea de crédito emocional a nosotros mismos y a los demás. Que nuestros depósitos afectivos eleven las cifras de nuestros fondos emocionales.
Convirtamos nuestra bolsa crediticia en un escenario activo. Donde tomemos riesgos filiales y sociables que permitan que los flujos de importaciones y exportaciones de buena onda diversifiquen nuestras carteras afectivas.
Que nuestros saldos y dividendos repercutan en ganancias saludables a nuestra banca emocional. Y que nuestras inversiones sean seguras y confiables generando redes de socios activos capaces de que el tipo de cambio de sus relaciones sea favorable en ambos sentidos. No nos declaremos en bancarrota emocional. Generando emociones, sentimientos y estados de ánimos que contribuyan a una práctica del uso positivo de las relaciones humanas. Que el pago de nuestras cuotas de impuestos den fe en la construcción de escenarios felices. Que al girar nuestros cheques o nuestras transferencias emocionales estas vayan acompañadas de mensajes de apoyo y solidaridad hacia nuestros seres queridos. Que las remesas cálidas vayan al alza del producto interno bruto de cada cual y de cada quien.
Plantearnos el compromiso de que nuestros préstamos afectivos al ser cobrados no incluyan porcentajes en el uso de nuestro amor. Y que este que lo puede todo nos permita pagar nuestra deuda externa e interna. Y con la mano en nuestro corazón declaremos a Afrodita o Venus un astro que brille en nuestro firmamento para decir con toda nuestra pasión al César lo que es del César.
sábado, 20 de junio de 2009
El que quiera celeste que le cueste
Había una vez una niña que danzaba sobre el mar. Tenía el celeste rendido a sus pies y cuando alzaba sus ojos le saludaba con un guiño pícaro el celeste de su cielo, un pálido azul que la tomaba en brazos y la balanceaba en su trenzado columpio sujeto a su cabello humedecido que se enredaba a las cuerdas de su calidoscópico cometa.
Hubo una vez una niña que soñó que volaba sujeta a su papalote. La brisa veraniega era su cómplice. La tomaba en brazos y sus bocanadas de aire fresco la empujaban hacia el horizonte.
Y cuentan que con los ojos cerrados y el olor a salitre penetrándole la piel horneada en el horno materno, humeando a madre le vieron perderse más allá del aro iris.
Y que fue acunada con un manto de arena fina, blanca, suave y prometedora. El oro blanco siempre caliente y resplandeciente a punto de quemar sus pies, pero estos no dejaban huellas al danzar porque literalmente volaba atada a su barrilete.
Susurran por ahí que su abuela y su madre se lo habían construído a escondidas allá en una casucha medio desvencijada, más vieja que la propia vejez y que sólo la esperanza hacía mantenerse en pie. Las algas les habían ayudado a atar los chuecos pedazos de tabla enmohecida al tul celestial y con sus manos de mujeres pescadoras cosían sus sueños puntada tras puntada a los tejidos ensoñados.
Fue el regalo para su hija, llegaba su cumpleaños y soñaban hacer el viaje de sus vidas, enredarse en un fuerte e indestructible nudo y perderse en el infinito en pos del celeste. Teñirse de turquesa, refrescarse serenamente, quizás lograban con sus manos curtidas y sus manos nacientes atrapar ambos tonos sí ese decía la niña: el de arriba y la madre le respondía: sí ese el de abajo, fundirlos, pegarlos así no más, y correr, volar, danzar, dejando tras ellas una estela aguamarina arrastrando sus cuerpos desnudos, sin atavíos desgarrantes entrelazados a una pompa de crespas marítimas como único accesorio.
Cuentan que una vez se les vio a la madre de la madre de la hija, a la madre y a la niña desaparecer danzando sobre un desierto de sal, el agua había desaparecido, el agua se había ahogado, se había salinificado dejando como testigos de su presencia eterna profundas grietas salinas que lloraban su ausencia. Que clamaban la humedad, las lágrimas que se habían juntado así una con otra, y esta con esta, y aquella con otra y que de tanto llorar seco se había quedado.
Un océano se había esfumado, el adiós era para siempre. Ya no llegaría con sus encantos a alimentar las noches de aquellos que tenían por cena sus ensoñaciones encantadas. Dicen que reían muy unidas, que el compás de su baile lo marcaba un sonido fuerte, rítmico que en sus inicios se escuchaba como el de las olas al acariciar la orilla y que en su segundo acto llegaba como ese que produce la retirada del agua hacia lo más profundo de la noche.
Y cuchichean que quedó cosido con hilos salinos el dios de los cielos al de los vientos con el del bramar oceánico y que de ahí de esa unión nació el matiz tan ansiado que llegó arrullado por el volador más grande nunca antes visto. Que se vieron unas manitas traviesas tomadas a unas huesudas agarradas a otras regordetas que aferradas a la cuerda mágica daban altura al más preciado de todos los regalos:
La niña y la hija de la abuela y la madre de la madre de la niña se habían dado las unas a las otras: “el color de la perseverancia.”
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, pero el tuyo no ha empezado.
Hubo una vez una niña que soñó que volaba sujeta a su papalote. La brisa veraniega era su cómplice. La tomaba en brazos y sus bocanadas de aire fresco la empujaban hacia el horizonte.
Y cuentan que con los ojos cerrados y el olor a salitre penetrándole la piel horneada en el horno materno, humeando a madre le vieron perderse más allá del aro iris.
Y que fue acunada con un manto de arena fina, blanca, suave y prometedora. El oro blanco siempre caliente y resplandeciente a punto de quemar sus pies, pero estos no dejaban huellas al danzar porque literalmente volaba atada a su barrilete.
Susurran por ahí que su abuela y su madre se lo habían construído a escondidas allá en una casucha medio desvencijada, más vieja que la propia vejez y que sólo la esperanza hacía mantenerse en pie. Las algas les habían ayudado a atar los chuecos pedazos de tabla enmohecida al tul celestial y con sus manos de mujeres pescadoras cosían sus sueños puntada tras puntada a los tejidos ensoñados.
Fue el regalo para su hija, llegaba su cumpleaños y soñaban hacer el viaje de sus vidas, enredarse en un fuerte e indestructible nudo y perderse en el infinito en pos del celeste. Teñirse de turquesa, refrescarse serenamente, quizás lograban con sus manos curtidas y sus manos nacientes atrapar ambos tonos sí ese decía la niña: el de arriba y la madre le respondía: sí ese el de abajo, fundirlos, pegarlos así no más, y correr, volar, danzar, dejando tras ellas una estela aguamarina arrastrando sus cuerpos desnudos, sin atavíos desgarrantes entrelazados a una pompa de crespas marítimas como único accesorio.
Cuentan que una vez se les vio a la madre de la madre de la hija, a la madre y a la niña desaparecer danzando sobre un desierto de sal, el agua había desaparecido, el agua se había ahogado, se había salinificado dejando como testigos de su presencia eterna profundas grietas salinas que lloraban su ausencia. Que clamaban la humedad, las lágrimas que se habían juntado así una con otra, y esta con esta, y aquella con otra y que de tanto llorar seco se había quedado.
Un océano se había esfumado, el adiós era para siempre. Ya no llegaría con sus encantos a alimentar las noches de aquellos que tenían por cena sus ensoñaciones encantadas. Dicen que reían muy unidas, que el compás de su baile lo marcaba un sonido fuerte, rítmico que en sus inicios se escuchaba como el de las olas al acariciar la orilla y que en su segundo acto llegaba como ese que produce la retirada del agua hacia lo más profundo de la noche.
Y cuchichean que quedó cosido con hilos salinos el dios de los cielos al de los vientos con el del bramar oceánico y que de ahí de esa unión nació el matiz tan ansiado que llegó arrullado por el volador más grande nunca antes visto. Que se vieron unas manitas traviesas tomadas a unas huesudas agarradas a otras regordetas que aferradas a la cuerda mágica daban altura al más preciado de todos los regalos:
La niña y la hija de la abuela y la madre de la madre de la niña se habían dado las unas a las otras: “el color de la perseverancia.”
Y colorín colorado este cuento se ha acabado, pero el tuyo no ha empezado.
jueves, 18 de junio de 2009
sábado, 13 de junio de 2009
Haciendo zapping
Con total seguridad tener el control remoto o el mando es un placer que produce las más placenteras sensaciones. Desde esa que nos viene al entrar en contacto nuestra mano con su forma rectangular que se adhiere a nuestra palma diestra así como anillo al dedo. O al sentir que es todo nuestro y por lo tanto podemos retenerlo, hacerlo prisionero y doblegarlo a nuestros deseos. Hasta la satisfacción de ir presionando botón tras botón, pasando cuanta imagen posibilite nuestro programa de TV cable sin detenernos en nada especial, mientras nuestros pensamientos danzan al ritmo de nuestras retinas tele expectativas.
Y ni hablar de esa sensación liberadora que nos posee al decidir qué vemos, qué elegimos, cuánto tiempo le damos de vida a tal o cual imagen y cuándo pasar de canal sin darle la mínima posibilidad al resto de los mortales de procesar lo que desfila delante de sus narices y que entra directamente del plasma televisivo al plasma humano. En todo caso aún recuerdo qué hacíamos antes del alumbramiento, antes de que viera la luz este facilitador del cambio por el cambio. Este pequeño objeto que su tenencia proclama a los cuatro vientos un máximo de status hogareño.
Nací iniciados los cincuenta y ya para esos abriles se disfrutaba de la presencia de la televisión en nuestro terruño, de este descubrimiento tecnológico que vino para quedarse y ser un miembro protagónico de todas las familias, que llegaba para ser muy querido, valorado y en muchos momentos portador de las más apasionadas disputas caseras, este trasmisor de las más ardientes imágenes que desatan lágrimas, risas, cólera y felicidad.
Como ningún otro aparato electrodoméstico logró desde sus inicios hasta nuestros amaneceres reunir a su alrededor a todos sus tele maníacos, bien juntitos los unos de los otros, pendiente del reloj como nunca, retando los límites de la democracia interfamiliar de decidir qué programas ver o cual no. Suscitando una votación difícil de consensuar Cuestión que era más fácil en aquel entonces cuando sólo la oferta venía en un paquete de cuatro canales. Y los controles formaban parte del diseño intrínseco a su modelo.
Permitiendo hacerse presente todo tipo de gentilezas que daban paso a actitudes más amables y que permitían que la armoníavisiva visitará la atmósfera doméstica. Se cedía a los mayores el privilegio de disfrutar de sus programas favoritos y los más jóvenes quedábamos en los segundos puestos para una espera que se hacía eterna con el riesgo total de perder la cita tan ansiada. Y los peque éramos los llamados a adelantarnos hacia la pantalla hacer el cambio manual amén de recibir por agradecimiento un buen cocotazo.
Y sin darnos cuenta este anfitrión, este dueño de casa repentinamente se fue apropiando de cuanto espacio físico y emocional le fue permitido y negado. Se ha vestido de muy diferentes galas y con una amalgama de diseños ha ido ocupando sitios muy diferentes, desde la sala originalmente cuando era compartido y mostrado como el trofeo más valioso de todos, hasta llegar a los rincones más íntimos y con los vientos que corren ha llegado a tener un ambiente propio, que la sala familiar, que el florida, que el estar son algunos de los títulos honorarios que denominan el altar para tan ilustre patrimonio familiar.
Pocos escapan a sus encantos, es un fenómeno que atrapa con sus ofertas a todos los grupos etáreos, con horarios que privilegian a unos y a otros, que hablan a favor de una tele audiencia infantil, otras más joven y otros a grupos más adultos, en todo caso su menú nos llega en una carta bien diversa que satisface a paladares multiculturales y que sus alternativas en última instancia nos ofrecen la posibilidad de elegir o no degustar sus manjares.
Y así vamos por la vida haciendo zapping, que tres enter, que veinticuatro enter, que sesenta enter, que noventa y ocho enter, y así dale que te pego. Y esta multiplicidad de variantes me lleva a pensar en un pasado no muy lejano donde personalmente sólo mi opción eran dos entradas ,seis enter, y dos enter, dos vías de acceso a programas que ya venían etiquetados, de esos prefabricados, totalmente diseñados cuyo texto, imagen y sonido hablaban del sistema y prosistema. No tuve alternativas , no tuvimos prestaciones, nada de deleitarnos primeramente con un exuberante appetizer, un apetitoso plato fuerte y un excitante postre. Y ni soñar con un refrescante cuba libre.
Al dar las seis de la tarde, hora oficial en que la programación televisiva entraba al compás de nuestra marsellesa quedaba claramente expuesto que los intereses, tendencias, inclinaciones, preferencias individuales o como nos guste llamarles quedaban sin ser saciadas, el hambre, nuestra hambre quedaba tan hambrienta que no nos quedaba otra que echarle mano a eso que dicen que a falta de pan casabe. Comí pan de yuca por treinta y seis años. Por eso hoy y todos mis días rindo homenaje a todo lo que me haga saborear la libertad que en muchos casos nos ha costado un Potosí.
Se dice que más grande que el amor a la libertad es el odio a quien te la quita. No puedo evitar que mi reflexión introspectiva se incline a celebrar todos los adjetivos que visten y dan alas a esta categoría o concepto, a esta estatua, a esta mujer que en sus primeros pujos nos tuvo a todos, somos sus hijos libertados, unos que han podido ejercerla desde sus primeros llantos y otros que la hemos conocido sin represión mucho después de haber gritado por vez primera. Y ahora con mi control remoto en mano decidiendo qué ver y que no, una acción tan simple, tan de rutina es a mi modo de ver un primer ejercicio democrático, son los cimientos para ir zapping tras zapping construyendo la coordinación pensamiento-acción que como un abanico de opciones, posibilidades, alternativas, variantes, ofertas o cuanto vocablo hable a favor de aires y vientos liberales y que permita que una vez paladees tu salto anfibio nunca más dejes de croar.
Y como la comida entra por los ojos, según dicen es menester poner ojito y cuidar de nuestra dieta mediterránea perdón batracia, que exige entre otras cosas no consumir “censura ” un ingrediente que según los especialistas entra al fluido sanguíneo produciendo los niveles altos del LDL ( colesterol malo) y de los triglicéridos.
Vaya que digo yo que estar free informado es como estar bien alimentado. Crok, Crok, Crok cantaba la rana, crok, crok debajo del agua………..
Y ni hablar de esa sensación liberadora que nos posee al decidir qué vemos, qué elegimos, cuánto tiempo le damos de vida a tal o cual imagen y cuándo pasar de canal sin darle la mínima posibilidad al resto de los mortales de procesar lo que desfila delante de sus narices y que entra directamente del plasma televisivo al plasma humano. En todo caso aún recuerdo qué hacíamos antes del alumbramiento, antes de que viera la luz este facilitador del cambio por el cambio. Este pequeño objeto que su tenencia proclama a los cuatro vientos un máximo de status hogareño.
Nací iniciados los cincuenta y ya para esos abriles se disfrutaba de la presencia de la televisión en nuestro terruño, de este descubrimiento tecnológico que vino para quedarse y ser un miembro protagónico de todas las familias, que llegaba para ser muy querido, valorado y en muchos momentos portador de las más apasionadas disputas caseras, este trasmisor de las más ardientes imágenes que desatan lágrimas, risas, cólera y felicidad.
Como ningún otro aparato electrodoméstico logró desde sus inicios hasta nuestros amaneceres reunir a su alrededor a todos sus tele maníacos, bien juntitos los unos de los otros, pendiente del reloj como nunca, retando los límites de la democracia interfamiliar de decidir qué programas ver o cual no. Suscitando una votación difícil de consensuar Cuestión que era más fácil en aquel entonces cuando sólo la oferta venía en un paquete de cuatro canales. Y los controles formaban parte del diseño intrínseco a su modelo.
Permitiendo hacerse presente todo tipo de gentilezas que daban paso a actitudes más amables y que permitían que la armoníavisiva visitará la atmósfera doméstica. Se cedía a los mayores el privilegio de disfrutar de sus programas favoritos y los más jóvenes quedábamos en los segundos puestos para una espera que se hacía eterna con el riesgo total de perder la cita tan ansiada. Y los peque éramos los llamados a adelantarnos hacia la pantalla hacer el cambio manual amén de recibir por agradecimiento un buen cocotazo.
Y sin darnos cuenta este anfitrión, este dueño de casa repentinamente se fue apropiando de cuanto espacio físico y emocional le fue permitido y negado. Se ha vestido de muy diferentes galas y con una amalgama de diseños ha ido ocupando sitios muy diferentes, desde la sala originalmente cuando era compartido y mostrado como el trofeo más valioso de todos, hasta llegar a los rincones más íntimos y con los vientos que corren ha llegado a tener un ambiente propio, que la sala familiar, que el florida, que el estar son algunos de los títulos honorarios que denominan el altar para tan ilustre patrimonio familiar.
Pocos escapan a sus encantos, es un fenómeno que atrapa con sus ofertas a todos los grupos etáreos, con horarios que privilegian a unos y a otros, que hablan a favor de una tele audiencia infantil, otras más joven y otros a grupos más adultos, en todo caso su menú nos llega en una carta bien diversa que satisface a paladares multiculturales y que sus alternativas en última instancia nos ofrecen la posibilidad de elegir o no degustar sus manjares.
Y así vamos por la vida haciendo zapping, que tres enter, que veinticuatro enter, que sesenta enter, que noventa y ocho enter, y así dale que te pego. Y esta multiplicidad de variantes me lleva a pensar en un pasado no muy lejano donde personalmente sólo mi opción eran dos entradas ,seis enter, y dos enter, dos vías de acceso a programas que ya venían etiquetados, de esos prefabricados, totalmente diseñados cuyo texto, imagen y sonido hablaban del sistema y prosistema. No tuve alternativas , no tuvimos prestaciones, nada de deleitarnos primeramente con un exuberante appetizer, un apetitoso plato fuerte y un excitante postre. Y ni soñar con un refrescante cuba libre.
Al dar las seis de la tarde, hora oficial en que la programación televisiva entraba al compás de nuestra marsellesa quedaba claramente expuesto que los intereses, tendencias, inclinaciones, preferencias individuales o como nos guste llamarles quedaban sin ser saciadas, el hambre, nuestra hambre quedaba tan hambrienta que no nos quedaba otra que echarle mano a eso que dicen que a falta de pan casabe. Comí pan de yuca por treinta y seis años. Por eso hoy y todos mis días rindo homenaje a todo lo que me haga saborear la libertad que en muchos casos nos ha costado un Potosí.
Se dice que más grande que el amor a la libertad es el odio a quien te la quita. No puedo evitar que mi reflexión introspectiva se incline a celebrar todos los adjetivos que visten y dan alas a esta categoría o concepto, a esta estatua, a esta mujer que en sus primeros pujos nos tuvo a todos, somos sus hijos libertados, unos que han podido ejercerla desde sus primeros llantos y otros que la hemos conocido sin represión mucho después de haber gritado por vez primera. Y ahora con mi control remoto en mano decidiendo qué ver y que no, una acción tan simple, tan de rutina es a mi modo de ver un primer ejercicio democrático, son los cimientos para ir zapping tras zapping construyendo la coordinación pensamiento-acción que como un abanico de opciones, posibilidades, alternativas, variantes, ofertas o cuanto vocablo hable a favor de aires y vientos liberales y que permita que una vez paladees tu salto anfibio nunca más dejes de croar.
Y como la comida entra por los ojos, según dicen es menester poner ojito y cuidar de nuestra dieta mediterránea perdón batracia, que exige entre otras cosas no consumir “censura ” un ingrediente que según los especialistas entra al fluido sanguíneo produciendo los niveles altos del LDL ( colesterol malo) y de los triglicéridos.
Vaya que digo yo que estar free informado es como estar bien alimentado. Crok, Crok, Crok cantaba la rana, crok, crok debajo del agua………..
martes, 2 de junio de 2009
sábado, 9 de mayo de 2009
Como Agua de Mayo
De toda la vida las aguas de mayo han sido muy esperadas. Antes mucho antes que surgieran los institutos de meteorología ya existían los sabios agricultores, los patriarcas en las comunidades multiculturales que con los sentidos en alerta como cualquier otra especie hacían los incipientes pronósticos climatológicos que dan testimonio de una sabiduría que atravesando las Puertas del Sol de las Ruinas de Machupicchu , en Perú y las Ruinas de Tiahuanaco en el Altiplano Boliviano hasta hoy día, dan fe del beneficio ancestral que en la vida animal, vegetal y mineral ha tenido el milagro de la lluvia.
De esta sapiencia prehispánica hasta hoy la cultura humana ha ido reflejando en el lenguaje más popular de cualquier idioma que son los proverbios la recurrencia de las manifestaciones lluviosas apuntando frases como estas: en abril aguas mil y en mayo hasta que se pudra el sayo. Prácticamente en todas las latitudes por estas fechas llueve, rellueve y recontrallueve a tal punto que siempre pensamos época tras época que nunca va a cesar el diluvio. Hasta la próxima caída. Nuestros mayores anhelos y ansías han quedado expresados en la clásica y conocida frase “como agua de mayo.”
La lluvia que viaja desde mares, ríos, océanos, lagunas, de nuestros pulmones verdes y es recibida en nuestro domo más universal y celestial y que nos es devuelta dando paso a esos ciclos naturales, ha sido y es un preciado regalo, que recibimos todos sin distinción. Dirigida a nosotros los habitantes de esta gran casa; a todas las especies que degustan y se benefician de sus bondades. Gratitudes especialmente gratas que se hacen presente en el quinto mes de cado año y que ya sabemos que nos traen. Somos un destinatario privilegiado: Hijos de la Pasha Mama.
Y paradójicamente este regalazo no viene empapelado, no existe empaque alguno que pueda engalanar a tal obsequio, este nos llega en su forma natural, en su máxima expresión como un manantial sanador. En ocasiones se hace presente de manera juguetona, traviesa, así como dando brinquitos o saltillos en el pasto otras, en forma de apasionadas caricias que nos abrazan y nos dejan empapados de su pasión. Otras, amenazante en gotas fuertes que van ganando en fuerza y que cuesta abajo nos hablan de un peligro inminente. Otras, nos visita así como quién no quiere las cosas, tibia, breve, triste dejando sus huellas en los vidrios de algunas ventanas nostálgicas.
Mis aguaceros se veían agasajados por risas y travesuras infantiles, de aventuras veraniegas. Mis amigos y yo salíamos a los patios y calles a recibir con los brazos abiertos el baño de los baños, a chapoletear y disfrutar de los charcos que el aguacha dejaba como muestra de su brutal presencia. Y cuando estas demoraban en caer hasta con canciones infantiles eran llamadas y aclamadas y los pequeños cantábamos: que llueva, que llueva la virgen de la cueva, los pajaritos cantan las nubes se levantan o algo así, se acuerdan ? Yo digo que sí.
Y así entre canto y canto nos empapábamos mientras nuestras madres toalla en mano nos perseguían. Y acá estoy recordando lo que no olvido, mis recuerdos son mi vida, son un diario, son mi hoja de ruta y reviven en tardes como las de hoy donde recibimos nuevamente las cascadas que me traen imágenes tan queridas. No tengo que recordar porque nunca he olvidado, todo lo contrario disfruto y comparto a manera de prosa la gratitud hacia la madre naturaleza. La naturaleza que tan sabiamente ha ido colocando los tesoros amados en los rincones más arrinconados de mi mente, en esas esquinas de mi pensamiento donde coexisten las remembranzas que las circunstancias y años han idealizado.
Nada de lo que he vivido se escapa a la idealización. Es un hecho y yo atesoro mis hechos idealizados que se entremezclan y son mi identidad, mi inventario antropológico que me permiten encontrarme con el ayer y en el hoy, con lo que viví y vivo porque las aguas siempre han sido aguas y nos han bendecido de toda la vida , no tienen pasado y siguen haciéndose presente.
Como mi madre y mi tía que amanecían mucho antes de que el astro rey les diera los buenos días, aún no aclaraba y las tinieblas eran testigos en el patio de aquella casa de cómo este par de hermanas, este dúo de madres cubanas atrapaban el preciado líquido en sus tinajas que llegaba por sorbitos sacándole ese sonido seco como un ronquido fuerte a las tuberías, a los canales de esa ciudad que había sido en sus buenos tiempos la reina de las reinas. La Villa de Guanabacoa, fundada en el siglo XVI, al norte de La Habana, fue testigo de un desarrollo económico- cultural que enorgullecía a los guanabacoenses. Pero para los sesenta ya ni este líquido quería visitarle, como todos, se había ido.
Esta ciudad donde sus casonas hablan del esplendor de días mejores. De callejuelas estrechas donde sus nombres rinden homenaje a los próceres de la independencia, de fachadas que ocultan las intimidades de una señorona ataviada con puertas y ventanas coloniales que al traspasarlas te sumergías en amplios corredores, espacios frescos. Concebida en forma de ele o de escuadra donde sus ambientes se daban cita en un patio sevillano y sus frutales llenaban de aromas las siestas de obligado disfrute. Llegaba mayo y con este el olorcillo a tierra húmeda que se colaba por las altas puertas que alegraban las tardes de verano, mientras las canaletas en los aleros de los techos se doblaban ante la fortaleza de esta ilustre visitante que quedaba presa , atesorada en cuanto balde familiar apareciera a la mano.
No se daba abasto, no alcanzaban los cubos ,ollas , baldes y todo tipo de depósitos para atesorar las lluvias, que eran utilizadas para mil menesteres y nada como una buena lavada del cabello con este champú orgánico que garantizaba el brillo en las encrespadas malezas infantiles como la mía.
Por estas fechas todo florece, los suelos se alimentan y son sembrados, las semillas nos traen esperanza de una vida, de un nuevo comienzo, las especies se reproducen, regresan a casa los trinos cantores que revolotean y con ello llegan nuevos bríos para festejar a la patria que nos enraizó, a la ciudad que nos “ciudadanizó”, a la casa que nos cobijó, a la tierra que nos sembró, al agua que nos hidrató, y a la madre que nos parió, para agasajar a la mujer que nos alumbró, que nos dio la vida a partir de algo tan valioso como una célula. Y en vísperas del segundo domingo de mayo, día que se festeja el Día de la Madre en mi querida isla y en otros lares, mi reflexión monologámica es mi tributo a las mamás de mi familia, a mis amigas, madres biológicas o adoptivas, a las solteras que han asumido la maternidad. Y más que todo es mi agradecimiento absoluto a las células madres, a las bien llamadas semillas mágicas.
A esas semillas que permiten que la luz ilumine los rostros de hijos e hijas, madres y padres que sufren enfermedades como la leucemia, el cáncer de mama o testículos, diabetes, de huesos fracturados, a los trasplantes de corazón y otras, esas semillas que regeneran órganos, que curan enfermedades, que prolongan la vida de nuestros seres queridos. Esas semillas que se crio - preservan al ser extraídas de la sangre del cordón umbilical. En este segundo domingo del quinto mes del año es a mi modo de ver justo y necesario rendir homenaje a todos aquellos que en los laboratorios hacen posible dar vida a partir de la vida. Al nacimiento que no conoce de género, de riquezas, pero que sí conoce del dolor al no tener recursos para preservarla.
A los que apuestan al debate, al riesgo, a las contradicciones, a los que apuestan que la moral y la ciencia no son antagónicas, sino arena del mismo costal, que de toda la vida la ciencia ha roto y romperá los paradigmas de sistemas enajenados por el poder que niegan la posibilidad de ir en la búsqueda de nuevos horizontes médicos que siembren de verde el pasto humedecido de todos que según dicen nacemos con el pan bajo el brazo.
Que el trigo dance como oro en la germinación, en los bulbos de oportunidades a libertades en todas las áreas de la expresión humana, y que al ser la salud el patrimonio más valioso de los seres humanos, cabe entonces dejar al margen el protagonismo de los de siempre tan conocidos opuestos al descubrimiento y a la utilización de las células embrionarias. Que vale mojarnos, comprometernos, opinar y tener opciones sobre este tema tan polémico y de poco dominio, que preocuparnos no es suficiente. Nos tenemos que ocupar. Apoyar a aquellos casos que como en España están utilizando estas semillas para tratar a pacientes con cáncer hereditario (en la web del caso) y en fechas como éstas donde homenajeamos a todas las que potencialmente de hecho y de pecho nos han dado la vida, permitamos que cultiven y crio-preserven las células madres embrionarias para que sean tan esperadas y esperanzadoras como el Agua de Maius.
Que muchos enfermos y sus familias reciban sus regalos envueltos de amor y solidaridad, bien sujeto a un lazo que los ate a la vida, a una vida sin enjuiciamientos y que sean arropados por la comprensión que sale del dolor de aquellos que padecen enfermedades terminales. Que todas las aguas, que todas las lloviznas de cualquier mes irriguen a las semillas para que broten y coadyuven al renacer.
Y, canturreando como en mi infancia cuando queríamos pasear y los torrentes lo impedían esa tonadilla que dice: “San Isidro Labrador quita el agua y pon el sol” , que queden bronceadas la patria, las ciudades, las casas, la naturaleza, las aguas, y las células madres para que la magia las hechice y se cumpla eso de que “lluvia en mayo pan para todo el año”.
De esta sapiencia prehispánica hasta hoy la cultura humana ha ido reflejando en el lenguaje más popular de cualquier idioma que son los proverbios la recurrencia de las manifestaciones lluviosas apuntando frases como estas: en abril aguas mil y en mayo hasta que se pudra el sayo. Prácticamente en todas las latitudes por estas fechas llueve, rellueve y recontrallueve a tal punto que siempre pensamos época tras época que nunca va a cesar el diluvio. Hasta la próxima caída. Nuestros mayores anhelos y ansías han quedado expresados en la clásica y conocida frase “como agua de mayo.”
La lluvia que viaja desde mares, ríos, océanos, lagunas, de nuestros pulmones verdes y es recibida en nuestro domo más universal y celestial y que nos es devuelta dando paso a esos ciclos naturales, ha sido y es un preciado regalo, que recibimos todos sin distinción. Dirigida a nosotros los habitantes de esta gran casa; a todas las especies que degustan y se benefician de sus bondades. Gratitudes especialmente gratas que se hacen presente en el quinto mes de cado año y que ya sabemos que nos traen. Somos un destinatario privilegiado: Hijos de la Pasha Mama.
Y paradójicamente este regalazo no viene empapelado, no existe empaque alguno que pueda engalanar a tal obsequio, este nos llega en su forma natural, en su máxima expresión como un manantial sanador. En ocasiones se hace presente de manera juguetona, traviesa, así como dando brinquitos o saltillos en el pasto otras, en forma de apasionadas caricias que nos abrazan y nos dejan empapados de su pasión. Otras, amenazante en gotas fuertes que van ganando en fuerza y que cuesta abajo nos hablan de un peligro inminente. Otras, nos visita así como quién no quiere las cosas, tibia, breve, triste dejando sus huellas en los vidrios de algunas ventanas nostálgicas.
Mis aguaceros se veían agasajados por risas y travesuras infantiles, de aventuras veraniegas. Mis amigos y yo salíamos a los patios y calles a recibir con los brazos abiertos el baño de los baños, a chapoletear y disfrutar de los charcos que el aguacha dejaba como muestra de su brutal presencia. Y cuando estas demoraban en caer hasta con canciones infantiles eran llamadas y aclamadas y los pequeños cantábamos: que llueva, que llueva la virgen de la cueva, los pajaritos cantan las nubes se levantan o algo así, se acuerdan ? Yo digo que sí.
Y así entre canto y canto nos empapábamos mientras nuestras madres toalla en mano nos perseguían. Y acá estoy recordando lo que no olvido, mis recuerdos son mi vida, son un diario, son mi hoja de ruta y reviven en tardes como las de hoy donde recibimos nuevamente las cascadas que me traen imágenes tan queridas. No tengo que recordar porque nunca he olvidado, todo lo contrario disfruto y comparto a manera de prosa la gratitud hacia la madre naturaleza. La naturaleza que tan sabiamente ha ido colocando los tesoros amados en los rincones más arrinconados de mi mente, en esas esquinas de mi pensamiento donde coexisten las remembranzas que las circunstancias y años han idealizado.
Nada de lo que he vivido se escapa a la idealización. Es un hecho y yo atesoro mis hechos idealizados que se entremezclan y son mi identidad, mi inventario antropológico que me permiten encontrarme con el ayer y en el hoy, con lo que viví y vivo porque las aguas siempre han sido aguas y nos han bendecido de toda la vida , no tienen pasado y siguen haciéndose presente.
Como mi madre y mi tía que amanecían mucho antes de que el astro rey les diera los buenos días, aún no aclaraba y las tinieblas eran testigos en el patio de aquella casa de cómo este par de hermanas, este dúo de madres cubanas atrapaban el preciado líquido en sus tinajas que llegaba por sorbitos sacándole ese sonido seco como un ronquido fuerte a las tuberías, a los canales de esa ciudad que había sido en sus buenos tiempos la reina de las reinas. La Villa de Guanabacoa, fundada en el siglo XVI, al norte de La Habana, fue testigo de un desarrollo económico- cultural que enorgullecía a los guanabacoenses. Pero para los sesenta ya ni este líquido quería visitarle, como todos, se había ido.
Esta ciudad donde sus casonas hablan del esplendor de días mejores. De callejuelas estrechas donde sus nombres rinden homenaje a los próceres de la independencia, de fachadas que ocultan las intimidades de una señorona ataviada con puertas y ventanas coloniales que al traspasarlas te sumergías en amplios corredores, espacios frescos. Concebida en forma de ele o de escuadra donde sus ambientes se daban cita en un patio sevillano y sus frutales llenaban de aromas las siestas de obligado disfrute. Llegaba mayo y con este el olorcillo a tierra húmeda que se colaba por las altas puertas que alegraban las tardes de verano, mientras las canaletas en los aleros de los techos se doblaban ante la fortaleza de esta ilustre visitante que quedaba presa , atesorada en cuanto balde familiar apareciera a la mano.
No se daba abasto, no alcanzaban los cubos ,ollas , baldes y todo tipo de depósitos para atesorar las lluvias, que eran utilizadas para mil menesteres y nada como una buena lavada del cabello con este champú orgánico que garantizaba el brillo en las encrespadas malezas infantiles como la mía.
Por estas fechas todo florece, los suelos se alimentan y son sembrados, las semillas nos traen esperanza de una vida, de un nuevo comienzo, las especies se reproducen, regresan a casa los trinos cantores que revolotean y con ello llegan nuevos bríos para festejar a la patria que nos enraizó, a la ciudad que nos “ciudadanizó”, a la casa que nos cobijó, a la tierra que nos sembró, al agua que nos hidrató, y a la madre que nos parió, para agasajar a la mujer que nos alumbró, que nos dio la vida a partir de algo tan valioso como una célula. Y en vísperas del segundo domingo de mayo, día que se festeja el Día de la Madre en mi querida isla y en otros lares, mi reflexión monologámica es mi tributo a las mamás de mi familia, a mis amigas, madres biológicas o adoptivas, a las solteras que han asumido la maternidad. Y más que todo es mi agradecimiento absoluto a las células madres, a las bien llamadas semillas mágicas.
A esas semillas que permiten que la luz ilumine los rostros de hijos e hijas, madres y padres que sufren enfermedades como la leucemia, el cáncer de mama o testículos, diabetes, de huesos fracturados, a los trasplantes de corazón y otras, esas semillas que regeneran órganos, que curan enfermedades, que prolongan la vida de nuestros seres queridos. Esas semillas que se crio - preservan al ser extraídas de la sangre del cordón umbilical. En este segundo domingo del quinto mes del año es a mi modo de ver justo y necesario rendir homenaje a todos aquellos que en los laboratorios hacen posible dar vida a partir de la vida. Al nacimiento que no conoce de género, de riquezas, pero que sí conoce del dolor al no tener recursos para preservarla.
A los que apuestan al debate, al riesgo, a las contradicciones, a los que apuestan que la moral y la ciencia no son antagónicas, sino arena del mismo costal, que de toda la vida la ciencia ha roto y romperá los paradigmas de sistemas enajenados por el poder que niegan la posibilidad de ir en la búsqueda de nuevos horizontes médicos que siembren de verde el pasto humedecido de todos que según dicen nacemos con el pan bajo el brazo.
Que el trigo dance como oro en la germinación, en los bulbos de oportunidades a libertades en todas las áreas de la expresión humana, y que al ser la salud el patrimonio más valioso de los seres humanos, cabe entonces dejar al margen el protagonismo de los de siempre tan conocidos opuestos al descubrimiento y a la utilización de las células embrionarias. Que vale mojarnos, comprometernos, opinar y tener opciones sobre este tema tan polémico y de poco dominio, que preocuparnos no es suficiente. Nos tenemos que ocupar. Apoyar a aquellos casos que como en España están utilizando estas semillas para tratar a pacientes con cáncer hereditario (en la web del caso) y en fechas como éstas donde homenajeamos a todas las que potencialmente de hecho y de pecho nos han dado la vida, permitamos que cultiven y crio-preserven las células madres embrionarias para que sean tan esperadas y esperanzadoras como el Agua de Maius.
Que muchos enfermos y sus familias reciban sus regalos envueltos de amor y solidaridad, bien sujeto a un lazo que los ate a la vida, a una vida sin enjuiciamientos y que sean arropados por la comprensión que sale del dolor de aquellos que padecen enfermedades terminales. Que todas las aguas, que todas las lloviznas de cualquier mes irriguen a las semillas para que broten y coadyuven al renacer.
Y, canturreando como en mi infancia cuando queríamos pasear y los torrentes lo impedían esa tonadilla que dice: “San Isidro Labrador quita el agua y pon el sol” , que queden bronceadas la patria, las ciudades, las casas, la naturaleza, las aguas, y las células madres para que la magia las hechice y se cumpla eso de que “lluvia en mayo pan para todo el año”.
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