Se murmuraba que entre todo lo que había perdido estaba su sentido común. Algo irrecuperable según los entendidos. No había vuelta atrás, los ingredientes de este extra aliado no estaban al alcance de cualquier hijo de vecino, de eso nada. Era una mezcla tan ansiada, tan evidente que de hecho se presumía que con un poco de su presencia en nuestras vidas era suficiente para que el cartelito de madurez se nos colgara o no en nuestro peregrinar.
Se recostó y una vez más se sumergió en una meditación sanadora. Sonrió entre dientes, mantuvo su sonrisa dentro de su cavidad besucona, dándole vuelta entre sus mandíbulas, presionándola, antes de tragársela le dio varios mordiscos y se aseguro de que el bocado estuviera lo más blando posible, semi disuelto entre sus momentos buenos y los menos afortunados. Trago en seco y la sonrisa fue devorada por una marea desoladora.
No podía precisar cuándo comenzó a tener la certeza de sus continuos atragantamientos. Todo se le quedaba atorado justo entre el alma y el corazón. Se pasaba día y noche tragando en seco como habitualmente se describe a esa sensación de no poder bajar las malas noticias con nada y menos con la ayuda de la saliva porque esta salió espantada junto con el vomito que la partió por la mitad la noche de la muerte de su esposo. Hasta el día de hoy seguía sin poder tragar su deceso.
Pero no estaba para contar historias y menos este amanecer, tenía una cita, tenía un encuentro de esos impostergable. Se dio prisa, el silbido de su vieja tetera le avisaba que ya el agua estaba lista para tomar su aromática taza de manzanilla. Era su aliada, su cómplice, la manzanilla le había sostenido a largo de su existencia, le había restaurado y regenerado su manto digestivo y espiritual. Y de hecho esta afamada agua milagrosa acompañaba a sus sinsabores a bajar la zona de sus estancamientos.
Desde que se recordaba lo hacía con una taza de este elipse como testigo de su azarosa cabalgata. Era una de sus pocas adicciones. Se detuvo y con la mente a todo vapor sostuvo la ennegrecida vasija donde las llamas del gas habían dejado sus huellas en forma de una costra que lejos de deslucir el metal, le daba cierto aire de abandono. Y con total dejadez dejo que el liquido humeante corriera junto con su congoja y ambos se mezclaron con la bolsita de frutas secas y flores amarillas que yacía en las profundidades de una porcelana rasguñadas por tanto ir y venir.
Sostuvo la jarra de fondo blanco con una de esas imágenes fotográficas que invita a recordar un día feliz que había sido prisionero en una imagen que hoy le daba la posibilidad casi remota de tenerlo junto así como en una peli con happy end , con banda sonora y todo, la voz de Michael Buble la envolvía y protegía del murmullo interno que amenazaba con destruir su lucha por recuperar lo perdido. El sentido común. El asa de la jarra querida la libro del calor intenso que salía de la foto que le decoraba.
Había sufrido un corte profundo, sus cicatrices dejaban al desnudo una brecha abierta, un boquerón, un hueco, una boca abierta por la cual salía el dolor a mares, como uno de esos tajos en la corteza de un árbol que provoca el escape de la savia adolorida, lo de ella era una especie de tajo sangrante de esos que te hace perder el eje en la búsqueda de tu ángulo perfecto. Odiaba desde siempre las matemáticas, tenía todo en contra de ellas, la exactitud entre otras. Prefería y amaba el desliz permitido por las letras. La interpretación libre del pensamiento escrito le sabía a gloria. Pero si algo tenía claro es que había aprendido a mantenerse girando en una posición cerca a los trescientos sesenta grados, era más cómodo, le aterraba ser devorada por una perpendicular y muchos menos ser cortada por una hipotenusa, así pudo prepararse para esos cuestionarios que miden rectas, puntos y demás. Se sostuvo, se agarro y se aferro a ese juego infantil de nunca convertirse ni en algo común y mucho menos con sentido. Así que por voluntad propia había dejado partir algo que nunca tuvo ni soñó.
Movió la cabeza varias veces, de un lado al otro, indicando una sacudida, un gesto de ahuyentar a toda costa lo no deseado. Giro la cabeza una vez más y ahora hacia atrás, haciendo que la nuca topara prácticamente con la base del cuello, justo en el sitio donde se suponía se dieran encuentro la razón y el buen juicio. Reviso la hora que era, llegaría tarde a su cita.
Tendría que apurarse, le quedaba bastante lejos el sitio elegido, se dijo a si misma que le esperaba una negociación fuerte, dura de pelar. Iba detrás de una de las musas más alabada, aclamada por presidentes, monarcas, eclesiásticos y pueblos enteros se pagaba cualquier precio con tal de lucirse a costa de su tenencia. Todo un desafío evocando sus poderes de sanación física y espiritual.
Se bebió el último trago de su reconfortante bebida y tomo la decisión de llegar tarde. Tampoco era cuestión de mostrarse muy interesada, últimamente había notado que unos minutos de espera, quizás unos quince o un poquito más despertaban un interés más perdurable en las relaciones. Así que decidió sentarse, remolonear un poco sobre su propia imagen y verse a sí misma bajo la luz verde que su don proyectaba. Estaba segura que muchas veces sobrevaloraban la mistificación de su potencial. Dándole un crédito que ella por sí misma no creía tener, pero bueno en todo caso, era presumida. A la fuerza de tanto batallar se había hecho, y ahora alardeaba de levantar corazones en estado de emergencias. Se perdió en la búsqueda de una imagen sobre él, últimamente lo veía poco, mejor dicho, casi nunca. El era muy cotizado, andaba haciéndose el difícil, asumiendo esa actitud de galán total.
No podía negar que hacían una buena pareja, que se les veía bien, los dos tenían buena pinta, eran hechos el uno para el otro, él era su media naranja. Se animo y comenzó a dar los primeros pasos hacia el lugar acordado. Su memoria le fallaba, no recordaba a casa de quién iban, qué se festejaba, por quién habían sido invitados, era un problema eso de recibir tantas llamados al mismo tiempo, el clamor era general, mundial y ellos poco podían hacer por llegar al mismo tiempo y en hora. Así que habían decidido que para tenerles juntos, haciendo un dúo, una pareja, había que demostrar mucho pero que mucho interés. En este caso puntual creía que valía la pena, el “SOS” era sosegado, el pedido lo había recibido a través de una mirada hacia aquella visión perdida que tuvo y que venía envuelta en una congoja densa. Si, definitivamente irían juntos, y se apresuraría a llegar justo a la hora acordada.
El como siempre le estaba esperando, recostado a una señal de esas que anuncian que la vía va en una sola dirección, the one way lo que se tiene por delante. Así ellos se tomaban la vida. Tomados de la mano, harían lo posible por ayudarle a recuperar tanto lo común como el sentido a su cliente. Su diestra era cálida, amplia, dispuesta a extenderla y mantenerla pegada a la de ella, coqueteaba y se las daba de ser ya casi un latin lover. Y de repente le vio, venia doblando la esquina, radiante, porque siempre sus apariciones marcaban un antes y un después. Sus miradas se cruzaron.
Su historia era conocida, compartida y vivida por muchos. El abrazo les fundió, ambos se conocían desde siempre, eran parte del día a día de muchos mortales enfrentando las tragedias que la madre naturaleza y la esencia humana les ponían a prueba. Nunca antes se les había visto tan dispuestos a darlo todo a cambio de un buen esfuerzo por parte de la anfitriona. Asistían a una fiesta para celebrar lo vivido, ahora pensándolo bien, recordaba la invitación, se festejaba tanto la perdida como el aliento para seguir buscando lo anhelado.
No tenían que ser anunciados, nada de formalidades, ella había sido bautizada con bombas y platillos. Su nombre sonaba en todas partes, era llevado con cierta elegancia por algunas: Doña Esperanza. Sonaba como a algo celestial, toda una deidad en cambio el de él, era fuerte, masculino, al pronunciarlo la boca se llenaba de cierta fuerza que salía como el sol en la opera prima: Don Optimismo.
Y ahí parados en cualquier calle de cualquier ciudad se produjo el encuentro, caminaron juntos, tocaron a la puerta, entraron y le tomaron en brazos a la señora Manzanilla. Nada había acabado, nada estaba perdido, lo vivido abrazo a lo por venir. Así de simple, como de costumbre, sin grandes pretensiones, como todo lo genuinamente valioso, que palparlo no es muestra de su existencia, sino llega a través de lo más preciado, ellos formando una gran pareja, la del momento. La Esperanza y el Optimismo.
Este “par” diluidos en su brebaje preferido. Tomo un sorbo pequeño, se deleito con su sabor a logro, trago con facilidad y sintió como el liquido calentito le iba reconfortando su área de difícil acceso, sintió que lo peor había pasado y se dispuso a seguir hirviendo agua para tomar su segunda tila, mientras la melodía mitigaba el ruido de la lluvia cayendo sobre los vidrios, de lo llovizna helada bañando esta parte de la cordillera andina. Donde pareciera que la tierra se tragaría tanto a la esperanza como al optimismo. Pero a ella no. Sus ojos esperanzadores se hundieron en unas cuencas profundas y oscuras, doce meses después, un año después, un once de marzo diferente la envolvió.
Cerró su cuaderno, tapa contra tapa, todo quedo bien guardado, protegido, las letras pegadas contra sus sueños y proyectos. Todo terminado. Y se repitió una vez más: C’ estfini por esta noche, mañana será otro día y seguiré poniendo en blanco y negro lo verde que hay en mi vida.
domingo, 27 de marzo de 2011
domingo, 21 de noviembre de 2010
Hablando sola hasta por los codos.
La penumbra reinaba en el ambiente, una tonalidad gris azulada banaba el reino de las brome lías, orquídeas, rosas y demás follajes que a ellos le gustaba tener por familia A ella le gustaba saborear esa intimidad que le cobijaba el cuerpo y el alma. Se arropo en ese manto vegetal que refrescaba el aire y le daba un toque de perdición total. No era que estuviera perdida, todo lo contrario, tenía en sus manos las riendas de su vida, sentía placer, una suerte de orgullo al reconocer que la vida le había jugada la carta mas difícil que hasta ahora le había lanzado sobre un tapete de rosas y espinos. Como la existencia misma. Ella se abandonaba a una suerte de vivir con la ausencia del amor marital.
La señora vida le visitaba y con total seguridad le encontraba con los guantes puestos. Se acomodo en su viejo sillón de roble, una madera dura como ella misma, al menos así le gustaba comentarles a sus viejas amigas, su mecedora y ella tenían mucho en común, su fondillo amplio y regordete amenazaba con acabar la historia que esa desvencijada poltrona había acumulado a lo larga de su historia en la prestación de servicios a ella y a las culonas de toda su parentela.
La había heredado, había estado al servicio de una afamada lista de mujeres que habían encontrado la paz y el sitio ideal para acunar a sus hijos, tejer, leer, charlar, y contar sus historias. Este tesoro formaba parte de su patrimonio personal, la tenía inventariada como al resto de sus tarecos más queridos. Sobre este tema tenía sus inquietudes justo pensaba a quien le dejaría sus objetos personales, y entre ellos su amada y leal mecedora. No es que fueran costosos, ni que en una de esas tiendas de antigüedades le darían esta vida y la otra por ellos, no, pero eso sí, el valor emocional que cada uno tenía trascendía el podio de cualquier subasta, eran testigos de la felicidad e infelicidad familiar. Todos los recién nacidos habían sido amamantados bajo el meneo monótono de este sillón. Era una reliquia a prueba de los avatares que había presenciado. En silencio pero dándole movimiento a la congoja que ella ahora mismo intentaba poner en blanco y negro le acompañaba.
No era acariciada desde hacia medio siglo, lo bueno de perder la memoria es que vas olvidando el placer de ser explorada desde adentro hacia afuera o desde la periferia hacia la cavidad mas intima de tu ser. Se estaba secando, perdiendo sus líquidos vitales. Padecía de una sequia que amenazaba con marchitar su alma.
Una de sus confidentes mas allegadas, su amiga Alma entre platica y platica, entre chisme y chisme, le había aconsejado que ante este abandono irremediable que padecían ambas su curandero de cabecera le recomendó que para no perder justamente la cabeza había que comenzar a practicar el cariño hacia sí mismo, solo eso le había dicho, no había remedio ante esta dolencia le dijo, y dio por terminada la consulta. No entendía mucho como hacer esto, venia de una familia donde no se practicaba así a plena luz del día el amor en nombre propio. Se quería a los demás, a los padres, hermanos, hijos y así a todo el árbol genealógico y al resto de los semejantes como indicaba la oración.
Se consideraba hasta de mal gusto estar pendiente de la voz interior, de ese cuchicheo constante que amenaza cualquier otra charla, que atenta contra la concentración en otro tema, en estar pendiente de la idea ajena, del pensamiento del otro. Pero estaba intentando seguir al pie de la letra todo consejo que recibía, ponía a prueba todas los consejillos que pudieran aligerar el peso de su alma en pena. Y se decía constantemente que nunca era tarde si la dicha era buena, no había olvidado los refranes, era bien dicharachera, para todo tenia una de esas frases clásicas que resumen la sapiencia de la gente de pueblo, sencillas y llena de sabiduría.
Sus párpados caían de a poco sobre esos ojos grandes, rasgados , ojos pardos profundamente discretos había tenido suerte con el color de sus ojazos, eran como los gatos pardos de noche que no se ven eran como dos faroles que en sus noches de viudez le devolvían el amante perdido y le ayudaban a encontrarlo al mismo tiempo, bajo la misma luna y en el mismo planeta, en el confín del mundo, partida en dos por su perdida y de paso por la línea equinoccial donde vivía.
Corría el mes de noviembre, sus primeros días, días donde se rendía homenaje a los que ya estaban del lado de allá como decía su abuela materna, recordar que es una forma de re vivir a los muertos, a los difuntos. Y como noviembre corría se preguntaba cómo serle fiel a su difunto. Era tan suertuda como decía su amiga a la cual su marido le había dejado hacia algún tiempo, había desaparecido con el ultimo mal tiempo que azoto el pueblo. La última vez que le vieron fue envuelto en un remolino de hojas secas. A ella sin embargo no la habían abandonado por razones tan cuestionadas, todo lo contrario. Su bien amado había sido traicionado por lo mejor que tenia, había sido víctima de su buen corazón.
Esta amiga le decía una y otra vez, la suerte que la vida le regalaba, según ella era mejor y mucho mejor ser viuda que ser dejada. Aun ella no entendía mucho la diferencia , no tenia punto de vista sobre este tema , ni la más remota idea , entre otras cosas porque aun no se enteraba que era viuda, estaba sentada escondida , protegida por la escasa luz esperándole, sentía que en cualquier momento llegaría, más o menos a las seis o seis y media de la tarde, cuando aun la noche no caía y los rayos de los últimos soles se despedían, en cualquier momento sentiría que la puerta se abriría y con su sonrisa de todos los tiempos le contaría como había sido su día. Las sombras y el blues se hacían presentes a toda hora en la vida de esta candidata a padecer la carencia de un buen riego viril por el resto de sus futuras décadas.
Se preguntaba cómo esperaba una viuda a su esposo, o no tenía el derecho de esperar porque ya no vendría, había muchas formas de esperar, de regresar, de hacerse presente o de ausentarse, por ejemplo ella misma estaba ahí y no estaba, el no estaba de cuerpo presente pero estaba, sus fotos estaban por todas partes, su espíritu llegaba abría las puertas, le traía las fuerzas para que ella que odiaba hacerse el primer café de sus mañanas se levantara al amanecer y se lo tomara desde el mirador de su dormitorio, la ciudad a sus pies. De siempre el hacia la primera colada del néctar tinto mientras ella esperaba a que se lo ofreciera. Era capaz de sentir sus sonidos típicos al soplarse la nariz, un ruido que ella disfrutaba desde lejos mientras él se preparaba para salir a su oficina, su figura llegaba y se perdía. Era un constante flujo entre lo divino, lo místico y lo imaginado.
Cómo espera una esposa abandonada como su amiga a su esposo, o acaso no cabía la posibilidad de un retorno, de mantener viva la esperanza de que un buen tiempo, un buen clima trajera de regreso al hombre que se fue fugaz como un tornado, o al otro al que fue llevado por un corazón en paro. No guardaban luto, ninguna de las dos, habían acordado vestirse de verde, el color que según cuentan simboliza la esperanza, así que compraban tejidos en el mercado, puro algodón africano y como parte de la espera su amiga que era dada a las manualidades se sentaba en su máquina italiana traída desde los más lejanos confines a coser sus trajes de seda fina. Mientras ella rodeada de cuadernos comenzaba a escribir.
Le había prometido a su esposo no dejar de escribir, andaba en todo momento pensando y haciendo reciclar sus recuerdos. Era parte del tratamiento indicado, ella y su comadre lo seguían al pie de la letra , no dejen de amarse, y cuando no puedan hacerlo comiencen a anotar todo, en esas andanzas andaban este par de solitarias , las unía la perdida, estaban amarradas a la misma ancla, se hacían compañía una a la, una cosía y la otra escriba. El onceavo mes del calendario era declarado como un momento para llorar, recordar y conmemorar al ser querido, ella en eso estaba en desacuerdo, pensaba que no había fecha exacta para reír, llorar o patalear.
Pero así era la costumbre y más vale no ir en contra de las tradiciones establecidas por la humanidad porque se corre el riesgo de quedarse sin la posibilidad de que el dolor sea declarado sentimiento posible de expresar y menos de verbalizar. La tradición apuntaba acompañar la pena con una buena colada morada, típica bebida hecha de frutas, especies y otros cuyo color de un intenso fucsia asemejaba al color de la pasión hecha caldo caliente. Cada noviembre se dan cita: el tributo a los ausentes y la reunión entre amigos y familiares para degustar el morado de la cocina quiteña.
Había tomado durante muchos años la colada morada, no cualquiera, solo la que preparaba la madrina de su primogénita, con productos frescos, que iba comprando mucho antes para poder someterlos al proceso de una mezcla inusual, a fuego lento en un caldero profundo y con toda la paciencia del mundo hasta lograr la densidad perfecta, el aroma deseado y el punto que pocas familias pueden presumir al ofrecer este platillo tan tradicional como la muerte misma. Era su primera coladita de viuda, en esta ocasión a diferencia de las anteriores, su marido no estaba junto a ella, no le tomaba de la mano. Estaba degustando el sabroso brebaje al mismo tiempo que lucía una viudez singular. El estaba por llegar. Ella siguió balanceándose.
Se recordaba a ella misma como una mujer que no era tímida, más bien todo lo contrario, charlona por excelencia, extrovertida y con un buen verbo a flor de piel. Aun así le atemorizaba compartir sus ideas, pensamientos, desnudarse frente a una persona desconocida no le era nada fácil. Quedar a merced de un interlocutor desconocido nunca lo había mantenido como una posibilidad para despejar un poco su estado mental que dicho sea de paso en los últimos tiempos, últimos anos no era el más saludable. Tenía la cita, su primera entrevista con este hombre con el cual nunca había cruzada palabra y ahora de repente, sentada frente a él debía responder a sus preguntas un poco veladas, un poco insinuando una respuesta esperada.
No le gustaban las salas de espera. Estaba ahí sentada, permanecía lo más cómoda posible, abrió su bolso, extrajo su esferográfico preferido, uno bien viejo marca Parker tan antiguo como la cinta para escribir en una Olivetti mecánica, se sentía protegida teniendo objetos queridos cerca de ella, en su bolso podía encontrar todo lo necesario para enfrentar una emergencia, si fuera el caso , una barra de galleta la consideraba tan necesarias como los cinturones de seguridad, salvan vidas. Uno de esos blobs de post in para escribir, anotaba constantemente cuanta historia le pasaba por la cabeza. Un pastillero, una de esas cajitas monas donde caben con la justa par de píldoras, las imprescindibles para una jaqueca, cepillo y pasta de dientes, comía y tenía que lavarse a toda costa. Tenía horror a que los residuos de la comida le quedaran expuestos al sonreírle a la vida. Y esta se espantara. Más otras cosillas, lo usual en una cartera, cosmético, identidad, dinero, pañuelos de papel. Sus mentas preferidas y su abanico andaluz para combatir las olas de calor intenso que sufría debido a la sequia de su medio ambiente. Había tenido un buen marido y tenía un buen bolso, ambos siempre colgados de su existencia.
Sostenía el bolso pegado a ella, había decidido pedir ayuda y ahí estaba en el salón de espera del mata sano. No tenía ninguna expectativa acerca de lo que aquella visita le aportaría, era su primera vez, pero sabía a que se enfrentaba. Iba solo por una recomendación puntual acerca de tomar algún medicamento que le ayudara enfrentar a aquella sensación de calambre que le recorría sus hombros y sus brazos, aquella sensación de pérdida total. Quería alguna idea concreta para amarse a sí misma.. Era una sala pequeña, con un sofá de dos plazas, no había nadie. Ella sola esperando y escribiendo por estas fechas hacia dos años decidió no desechar sus experiencias y colgarlas en su puerto.
Le molestaba terriblemente la idea de pagar tanto dinero por ir a contarle a un desconocido lo que pasaba por su mente ausente, gran parte de sus neuromas estaban jubiladas, otras medio muertas, y otras en paro. Con este panorama neuronal era bien difícil poner en claro su divagues pero sabía lo que le pasaba. Había hecho una minuta, un esquema de su realidad emocional y sus últimos cambios y la repercusión que obviamente estos habían causado en ella. La edad ya comenzaba a pasarle una mala jugada y todo parecía andar patas arriba. Estaba dispuesta a llenar a aquel formulario con datos generales que debía llenar, y así lo hizo le entrego a la señorita que hacía de asistente y volvió a su puesto.
Tenía el control de la información. No pensaba hacer comentarios comprometedores sobre sí misma. Escucho una voz lejana que le llamaba: Sra. Juana de los Palotes, así se llama ella, la estaban llamando, nunca le gusto su nombre y menos el apellido. Su abuela paterna en plena riña con su madre decidió bautizarla así, pensando que Juana seria un nombre con carga de guerrera por lo de la de Arcos. Y su apellido por el pueblo natal llamado de Los Palotes, los nacidos allí obviaba por ley los apellidos de sus padres y en honor a su tierra adoptaban semejante apelativo. No estaba tan mal, después de todo, no pertenecía a nadie, solo era de los Palos hechos más prolongados de ahí la terminación otes. Sacudió la cabeza y entro decidida, con paso firme, extendió la mano y tomo asiento. La introducción de rigor una panorámica, un resumen de su último medio siglo, acontecimientos, hechos y las consecuencias. Los ajustes hechos para poder seguir adelante y por ultimo un breve retrato de su familia. Pretendía ella misma, por si sola asumir la terapia, buscar los recursos, pertrecharse de fuerza y asumir los cambios que tenía que asumir. Ya había logrado poner el huevo como se dice, tenía el nido, sus cosas, pero no su media naranja. El estaría por llegar.
Habían hecho el camino del Inca, habían entrado por la gran puerta del sol. Caminaba y caminaban, no se detenían desde siempre marchar le había equilibrado, era una manera de sentir la respuesta de su cuerpo a sus exigencia físicas. Y mirándole bien, cuando sudaba de alguna manera echaba afuera sus toxinas emocionales, no quería padecer de una intoxicación emocional. Transpirar era una buena manera de sacar pa’ fuera su envenenamiento pasional. Las temperaturas bajas no ayudaban a sudar la gota gorda. Con su carta astral y los augurios de una muerte segura por falta de amor se enfrento a la figura que sentada le estrecho su mano. Creyó que le susurro algo así como que nombre tan asombroso ella tenía. Se burlaba? O realmente era una denominación de origen. De esas que como a los buenos jamones ibéricos le dan prestigio y categoría.
Estaba comprometida con ella misma en reciclar todas sus historias, pensamientos ideas, las iba separando minuciosamente, no desechaba nada en lo absoluto, hablaba con ella misma en una charla imperturbable, las clasificaba por intensidad, por repetición, por color. Las más difíciles de rehusar, las negras, las mas perturbadoras, esas iban tomando forma de cuentos ajenos, por eso escribía sin cesar. El movimiento de su mecedora le ayudaba a perderse en sus fantasías y darle forma. La sombra del recuerdo siempre llegaba sin ser llamada. Coleccionaba apuntes, notas, escritos, iba de alguna manera como su amiga dando puntadas con hilo fino sobre las costuras de su deshilachada vestidura emocional. Tenía la impresión que se estaba haciendo el mejor modelo de todos los que había diseñado anteriormente. Los remates los ataba bien unidos al tejido para lograr que su infancia, adolescencia, juventud y viudez se prendieran de una sola vez, mojaba con su saliva la punta de la madeja del hilo verde como la palmera de su isla querida y una sobre otra iba uniendo fuertemente sus emociones, las iba pegando una sobre otra, sobre las lagrimas colocaba el agradecimiento de lo vivido, de lo recibido y así una sobre otra.
Así había llenado muchos cuadernos que dejaría al amor de su vida, a su hija que la conocía como a nadie pero que leyendo su apretada letra aprendía a beber del manantial de su amor.
No estaba sola ni en su salón, ni en la sala de espera, ni en ningún otro sitio. Era acompañada por su sombra que aguardaba como ella el milagro del regreso. Según los conocidos ella tenía más posibilidades de un encuentro , cuando ella se reuniera en la eternidad, no sabía cómo llegar a semejante sitio, existía se preguntaba muchas veces, había buscado varias formas de tener más información, con total seguridad le había comentado, este sitio era privilegio de los que son buenas personas, por eso estaba segura que su esposo andaba por allá, eternamente, en cambio su amiga la tenia mas difícil, se decían cosas horribles de su ex, del hombre que le dejo porque no pudo mantener los pies en la tierra. Así era la vida simplemente una huevada como decía su vecina chilena, totalmente un carrusel. Era mejor que se diera finalmente cuenta que nunca volvería a verle. Al menos que ella decidiera dejar de coser y darse cita con una tormenta tropical y que fuera llevada como el susodicho por un mal tiempo. Su amiga para referirse a su hombre hablaba sobre el difunto, aunque no tenia certeza de su muerte. Siempre había uno que otro que le decía, que no estaba muerto sino que andaba de parranda como decía la letra de esa canción tan tarareada.
Estaba con sueno, luchaba por no quedarse dormida y mucho menos debajo de un laurel. Quedarse dormida en los laureles podía ser fatal, la corriente te podía llevar y nunca más regresar. Por eso en los jardines que rodeaban la propiedad heredada había sembrado todo tipo de arboles menos laureles, eran famosos en aquella zona por hacer perder para siempre la vigilia Cerro la tapa gruesa de cuero de su ultimo cuaderno comprado en la plaza de Cusco. Seguiría con el plan de querer a todos e incluirse en la lista de sus afectos. Pediría visa para la entrada a la eternidad y ahí con total seguridad el saldría a su encuentro. Al fin podría dejar de pensar, finalmente dejaría de escribir y podría poner punto final al compromiso contraído de escribir todo lo que le pasara por su masa gris. Que a propósito ya no era gris, era verde, como el último vestido que su amiga le había confeccionado con motivo de su viaje en busca de lo eterno.
La señora vida le visitaba y con total seguridad le encontraba con los guantes puestos. Se acomodo en su viejo sillón de roble, una madera dura como ella misma, al menos así le gustaba comentarles a sus viejas amigas, su mecedora y ella tenían mucho en común, su fondillo amplio y regordete amenazaba con acabar la historia que esa desvencijada poltrona había acumulado a lo larga de su historia en la prestación de servicios a ella y a las culonas de toda su parentela.
La había heredado, había estado al servicio de una afamada lista de mujeres que habían encontrado la paz y el sitio ideal para acunar a sus hijos, tejer, leer, charlar, y contar sus historias. Este tesoro formaba parte de su patrimonio personal, la tenía inventariada como al resto de sus tarecos más queridos. Sobre este tema tenía sus inquietudes justo pensaba a quien le dejaría sus objetos personales, y entre ellos su amada y leal mecedora. No es que fueran costosos, ni que en una de esas tiendas de antigüedades le darían esta vida y la otra por ellos, no, pero eso sí, el valor emocional que cada uno tenía trascendía el podio de cualquier subasta, eran testigos de la felicidad e infelicidad familiar. Todos los recién nacidos habían sido amamantados bajo el meneo monótono de este sillón. Era una reliquia a prueba de los avatares que había presenciado. En silencio pero dándole movimiento a la congoja que ella ahora mismo intentaba poner en blanco y negro le acompañaba.
No era acariciada desde hacia medio siglo, lo bueno de perder la memoria es que vas olvidando el placer de ser explorada desde adentro hacia afuera o desde la periferia hacia la cavidad mas intima de tu ser. Se estaba secando, perdiendo sus líquidos vitales. Padecía de una sequia que amenazaba con marchitar su alma.
Una de sus confidentes mas allegadas, su amiga Alma entre platica y platica, entre chisme y chisme, le había aconsejado que ante este abandono irremediable que padecían ambas su curandero de cabecera le recomendó que para no perder justamente la cabeza había que comenzar a practicar el cariño hacia sí mismo, solo eso le había dicho, no había remedio ante esta dolencia le dijo, y dio por terminada la consulta. No entendía mucho como hacer esto, venia de una familia donde no se practicaba así a plena luz del día el amor en nombre propio. Se quería a los demás, a los padres, hermanos, hijos y así a todo el árbol genealógico y al resto de los semejantes como indicaba la oración.
Se consideraba hasta de mal gusto estar pendiente de la voz interior, de ese cuchicheo constante que amenaza cualquier otra charla, que atenta contra la concentración en otro tema, en estar pendiente de la idea ajena, del pensamiento del otro. Pero estaba intentando seguir al pie de la letra todo consejo que recibía, ponía a prueba todas los consejillos que pudieran aligerar el peso de su alma en pena. Y se decía constantemente que nunca era tarde si la dicha era buena, no había olvidado los refranes, era bien dicharachera, para todo tenia una de esas frases clásicas que resumen la sapiencia de la gente de pueblo, sencillas y llena de sabiduría.
Sus párpados caían de a poco sobre esos ojos grandes, rasgados , ojos pardos profundamente discretos había tenido suerte con el color de sus ojazos, eran como los gatos pardos de noche que no se ven eran como dos faroles que en sus noches de viudez le devolvían el amante perdido y le ayudaban a encontrarlo al mismo tiempo, bajo la misma luna y en el mismo planeta, en el confín del mundo, partida en dos por su perdida y de paso por la línea equinoccial donde vivía.
Corría el mes de noviembre, sus primeros días, días donde se rendía homenaje a los que ya estaban del lado de allá como decía su abuela materna, recordar que es una forma de re vivir a los muertos, a los difuntos. Y como noviembre corría se preguntaba cómo serle fiel a su difunto. Era tan suertuda como decía su amiga a la cual su marido le había dejado hacia algún tiempo, había desaparecido con el ultimo mal tiempo que azoto el pueblo. La última vez que le vieron fue envuelto en un remolino de hojas secas. A ella sin embargo no la habían abandonado por razones tan cuestionadas, todo lo contrario. Su bien amado había sido traicionado por lo mejor que tenia, había sido víctima de su buen corazón.
Esta amiga le decía una y otra vez, la suerte que la vida le regalaba, según ella era mejor y mucho mejor ser viuda que ser dejada. Aun ella no entendía mucho la diferencia , no tenia punto de vista sobre este tema , ni la más remota idea , entre otras cosas porque aun no se enteraba que era viuda, estaba sentada escondida , protegida por la escasa luz esperándole, sentía que en cualquier momento llegaría, más o menos a las seis o seis y media de la tarde, cuando aun la noche no caía y los rayos de los últimos soles se despedían, en cualquier momento sentiría que la puerta se abriría y con su sonrisa de todos los tiempos le contaría como había sido su día. Las sombras y el blues se hacían presentes a toda hora en la vida de esta candidata a padecer la carencia de un buen riego viril por el resto de sus futuras décadas.
Se preguntaba cómo esperaba una viuda a su esposo, o no tenía el derecho de esperar porque ya no vendría, había muchas formas de esperar, de regresar, de hacerse presente o de ausentarse, por ejemplo ella misma estaba ahí y no estaba, el no estaba de cuerpo presente pero estaba, sus fotos estaban por todas partes, su espíritu llegaba abría las puertas, le traía las fuerzas para que ella que odiaba hacerse el primer café de sus mañanas se levantara al amanecer y se lo tomara desde el mirador de su dormitorio, la ciudad a sus pies. De siempre el hacia la primera colada del néctar tinto mientras ella esperaba a que se lo ofreciera. Era capaz de sentir sus sonidos típicos al soplarse la nariz, un ruido que ella disfrutaba desde lejos mientras él se preparaba para salir a su oficina, su figura llegaba y se perdía. Era un constante flujo entre lo divino, lo místico y lo imaginado.
Cómo espera una esposa abandonada como su amiga a su esposo, o acaso no cabía la posibilidad de un retorno, de mantener viva la esperanza de que un buen tiempo, un buen clima trajera de regreso al hombre que se fue fugaz como un tornado, o al otro al que fue llevado por un corazón en paro. No guardaban luto, ninguna de las dos, habían acordado vestirse de verde, el color que según cuentan simboliza la esperanza, así que compraban tejidos en el mercado, puro algodón africano y como parte de la espera su amiga que era dada a las manualidades se sentaba en su máquina italiana traída desde los más lejanos confines a coser sus trajes de seda fina. Mientras ella rodeada de cuadernos comenzaba a escribir.
Le había prometido a su esposo no dejar de escribir, andaba en todo momento pensando y haciendo reciclar sus recuerdos. Era parte del tratamiento indicado, ella y su comadre lo seguían al pie de la letra , no dejen de amarse, y cuando no puedan hacerlo comiencen a anotar todo, en esas andanzas andaban este par de solitarias , las unía la perdida, estaban amarradas a la misma ancla, se hacían compañía una a la, una cosía y la otra escriba. El onceavo mes del calendario era declarado como un momento para llorar, recordar y conmemorar al ser querido, ella en eso estaba en desacuerdo, pensaba que no había fecha exacta para reír, llorar o patalear.
Pero así era la costumbre y más vale no ir en contra de las tradiciones establecidas por la humanidad porque se corre el riesgo de quedarse sin la posibilidad de que el dolor sea declarado sentimiento posible de expresar y menos de verbalizar. La tradición apuntaba acompañar la pena con una buena colada morada, típica bebida hecha de frutas, especies y otros cuyo color de un intenso fucsia asemejaba al color de la pasión hecha caldo caliente. Cada noviembre se dan cita: el tributo a los ausentes y la reunión entre amigos y familiares para degustar el morado de la cocina quiteña.
Había tomado durante muchos años la colada morada, no cualquiera, solo la que preparaba la madrina de su primogénita, con productos frescos, que iba comprando mucho antes para poder someterlos al proceso de una mezcla inusual, a fuego lento en un caldero profundo y con toda la paciencia del mundo hasta lograr la densidad perfecta, el aroma deseado y el punto que pocas familias pueden presumir al ofrecer este platillo tan tradicional como la muerte misma. Era su primera coladita de viuda, en esta ocasión a diferencia de las anteriores, su marido no estaba junto a ella, no le tomaba de la mano. Estaba degustando el sabroso brebaje al mismo tiempo que lucía una viudez singular. El estaba por llegar. Ella siguió balanceándose.
Se recordaba a ella misma como una mujer que no era tímida, más bien todo lo contrario, charlona por excelencia, extrovertida y con un buen verbo a flor de piel. Aun así le atemorizaba compartir sus ideas, pensamientos, desnudarse frente a una persona desconocida no le era nada fácil. Quedar a merced de un interlocutor desconocido nunca lo había mantenido como una posibilidad para despejar un poco su estado mental que dicho sea de paso en los últimos tiempos, últimos anos no era el más saludable. Tenía la cita, su primera entrevista con este hombre con el cual nunca había cruzada palabra y ahora de repente, sentada frente a él debía responder a sus preguntas un poco veladas, un poco insinuando una respuesta esperada.
No le gustaban las salas de espera. Estaba ahí sentada, permanecía lo más cómoda posible, abrió su bolso, extrajo su esferográfico preferido, uno bien viejo marca Parker tan antiguo como la cinta para escribir en una Olivetti mecánica, se sentía protegida teniendo objetos queridos cerca de ella, en su bolso podía encontrar todo lo necesario para enfrentar una emergencia, si fuera el caso , una barra de galleta la consideraba tan necesarias como los cinturones de seguridad, salvan vidas. Uno de esos blobs de post in para escribir, anotaba constantemente cuanta historia le pasaba por la cabeza. Un pastillero, una de esas cajitas monas donde caben con la justa par de píldoras, las imprescindibles para una jaqueca, cepillo y pasta de dientes, comía y tenía que lavarse a toda costa. Tenía horror a que los residuos de la comida le quedaran expuestos al sonreírle a la vida. Y esta se espantara. Más otras cosillas, lo usual en una cartera, cosmético, identidad, dinero, pañuelos de papel. Sus mentas preferidas y su abanico andaluz para combatir las olas de calor intenso que sufría debido a la sequia de su medio ambiente. Había tenido un buen marido y tenía un buen bolso, ambos siempre colgados de su existencia.
Sostenía el bolso pegado a ella, había decidido pedir ayuda y ahí estaba en el salón de espera del mata sano. No tenía ninguna expectativa acerca de lo que aquella visita le aportaría, era su primera vez, pero sabía a que se enfrentaba. Iba solo por una recomendación puntual acerca de tomar algún medicamento que le ayudara enfrentar a aquella sensación de calambre que le recorría sus hombros y sus brazos, aquella sensación de pérdida total. Quería alguna idea concreta para amarse a sí misma.. Era una sala pequeña, con un sofá de dos plazas, no había nadie. Ella sola esperando y escribiendo por estas fechas hacia dos años decidió no desechar sus experiencias y colgarlas en su puerto.
Le molestaba terriblemente la idea de pagar tanto dinero por ir a contarle a un desconocido lo que pasaba por su mente ausente, gran parte de sus neuromas estaban jubiladas, otras medio muertas, y otras en paro. Con este panorama neuronal era bien difícil poner en claro su divagues pero sabía lo que le pasaba. Había hecho una minuta, un esquema de su realidad emocional y sus últimos cambios y la repercusión que obviamente estos habían causado en ella. La edad ya comenzaba a pasarle una mala jugada y todo parecía andar patas arriba. Estaba dispuesta a llenar a aquel formulario con datos generales que debía llenar, y así lo hizo le entrego a la señorita que hacía de asistente y volvió a su puesto.
Tenía el control de la información. No pensaba hacer comentarios comprometedores sobre sí misma. Escucho una voz lejana que le llamaba: Sra. Juana de los Palotes, así se llama ella, la estaban llamando, nunca le gusto su nombre y menos el apellido. Su abuela paterna en plena riña con su madre decidió bautizarla así, pensando que Juana seria un nombre con carga de guerrera por lo de la de Arcos. Y su apellido por el pueblo natal llamado de Los Palotes, los nacidos allí obviaba por ley los apellidos de sus padres y en honor a su tierra adoptaban semejante apelativo. No estaba tan mal, después de todo, no pertenecía a nadie, solo era de los Palos hechos más prolongados de ahí la terminación otes. Sacudió la cabeza y entro decidida, con paso firme, extendió la mano y tomo asiento. La introducción de rigor una panorámica, un resumen de su último medio siglo, acontecimientos, hechos y las consecuencias. Los ajustes hechos para poder seguir adelante y por ultimo un breve retrato de su familia. Pretendía ella misma, por si sola asumir la terapia, buscar los recursos, pertrecharse de fuerza y asumir los cambios que tenía que asumir. Ya había logrado poner el huevo como se dice, tenía el nido, sus cosas, pero no su media naranja. El estaría por llegar.
Habían hecho el camino del Inca, habían entrado por la gran puerta del sol. Caminaba y caminaban, no se detenían desde siempre marchar le había equilibrado, era una manera de sentir la respuesta de su cuerpo a sus exigencia físicas. Y mirándole bien, cuando sudaba de alguna manera echaba afuera sus toxinas emocionales, no quería padecer de una intoxicación emocional. Transpirar era una buena manera de sacar pa’ fuera su envenenamiento pasional. Las temperaturas bajas no ayudaban a sudar la gota gorda. Con su carta astral y los augurios de una muerte segura por falta de amor se enfrento a la figura que sentada le estrecho su mano. Creyó que le susurro algo así como que nombre tan asombroso ella tenía. Se burlaba? O realmente era una denominación de origen. De esas que como a los buenos jamones ibéricos le dan prestigio y categoría.
Estaba comprometida con ella misma en reciclar todas sus historias, pensamientos ideas, las iba separando minuciosamente, no desechaba nada en lo absoluto, hablaba con ella misma en una charla imperturbable, las clasificaba por intensidad, por repetición, por color. Las más difíciles de rehusar, las negras, las mas perturbadoras, esas iban tomando forma de cuentos ajenos, por eso escribía sin cesar. El movimiento de su mecedora le ayudaba a perderse en sus fantasías y darle forma. La sombra del recuerdo siempre llegaba sin ser llamada. Coleccionaba apuntes, notas, escritos, iba de alguna manera como su amiga dando puntadas con hilo fino sobre las costuras de su deshilachada vestidura emocional. Tenía la impresión que se estaba haciendo el mejor modelo de todos los que había diseñado anteriormente. Los remates los ataba bien unidos al tejido para lograr que su infancia, adolescencia, juventud y viudez se prendieran de una sola vez, mojaba con su saliva la punta de la madeja del hilo verde como la palmera de su isla querida y una sobre otra iba uniendo fuertemente sus emociones, las iba pegando una sobre otra, sobre las lagrimas colocaba el agradecimiento de lo vivido, de lo recibido y así una sobre otra.
Así había llenado muchos cuadernos que dejaría al amor de su vida, a su hija que la conocía como a nadie pero que leyendo su apretada letra aprendía a beber del manantial de su amor.
No estaba sola ni en su salón, ni en la sala de espera, ni en ningún otro sitio. Era acompañada por su sombra que aguardaba como ella el milagro del regreso. Según los conocidos ella tenía más posibilidades de un encuentro , cuando ella se reuniera en la eternidad, no sabía cómo llegar a semejante sitio, existía se preguntaba muchas veces, había buscado varias formas de tener más información, con total seguridad le había comentado, este sitio era privilegio de los que son buenas personas, por eso estaba segura que su esposo andaba por allá, eternamente, en cambio su amiga la tenia mas difícil, se decían cosas horribles de su ex, del hombre que le dejo porque no pudo mantener los pies en la tierra. Así era la vida simplemente una huevada como decía su vecina chilena, totalmente un carrusel. Era mejor que se diera finalmente cuenta que nunca volvería a verle. Al menos que ella decidiera dejar de coser y darse cita con una tormenta tropical y que fuera llevada como el susodicho por un mal tiempo. Su amiga para referirse a su hombre hablaba sobre el difunto, aunque no tenia certeza de su muerte. Siempre había uno que otro que le decía, que no estaba muerto sino que andaba de parranda como decía la letra de esa canción tan tarareada.
Estaba con sueno, luchaba por no quedarse dormida y mucho menos debajo de un laurel. Quedarse dormida en los laureles podía ser fatal, la corriente te podía llevar y nunca más regresar. Por eso en los jardines que rodeaban la propiedad heredada había sembrado todo tipo de arboles menos laureles, eran famosos en aquella zona por hacer perder para siempre la vigilia Cerro la tapa gruesa de cuero de su ultimo cuaderno comprado en la plaza de Cusco. Seguiría con el plan de querer a todos e incluirse en la lista de sus afectos. Pediría visa para la entrada a la eternidad y ahí con total seguridad el saldría a su encuentro. Al fin podría dejar de pensar, finalmente dejaría de escribir y podría poner punto final al compromiso contraído de escribir todo lo que le pasara por su masa gris. Que a propósito ya no era gris, era verde, como el último vestido que su amiga le había confeccionado con motivo de su viaje en busca de lo eterno.
viernes, 1 de octubre de 2010
Vestida para vivir.
Se desperezo con total desfachatez ,un gran bostezo corporal, primero las piernas sin prisas, una primero y muy lentamente la otra, su lado derecho el privilegiado por naturaleza, el más diestro y el más dispuesto ante cualquier exigencia y aun mas en el momento de descansar le aportaban cierto descaro , cierta falta de pudor al estar echada , su tórax delgado y corto daba paso a sus brazos broceados y fuertes, su piel blanca ausente de cualquier presencia de maltrato por el sol que amenazaba con hacer perder el poco juicio que el verano eterno permitía tener.
Era una condena fatal, todo era eterno, todo era para siempre, nunca se acaba nada porque entre otras cosas nunca había nada. Su espalda marcada por una de esos lunares planos, oscuro, un circulo que vino con su nacimiento y que era un patrimonio familiar, unas los tienen por aquí y otras por allá, a ella le toco en el centro de su columna, lo llevaba con cierto orgullo, quizás con una tímida arrogancia, era la presencia de su lado maternal, todas los poseían.
Echada de bruces sobre un lecho sin pretensiones pero con una seguridad que se mesclaba con su sudorosa silueta. Eran las tres de la tarde, la hora en que se decía habían matao a Lola, ella respetaba y mucho esas historias que nunca se han comprobado, pero que son parte de la mala suerte con que algunas mujeres son bautizadas. No había que tener reloj para saber la hora que era, los rayos caían de puntas, como dardos sobre aquella dizque ciudad donde por amor hasta se dejaba de amar. No era ni fin de semana, ni día entre semana, era cualquier momento sin fecha exacta, ni marcada en el almanaque, ella y todos se refugiaban justo a esa hora fatal, las tres de la tarde. Hora que dividía la vida de la muerte. No se podía esperar nada bueno cuando se aproximaban las manecillas a ese número impar para las Lolas, para todas las féminas estuvieran donde estuvieran, se llamaran como se llamaran estaban amenazadas mortalmente.
Le gustaba remolonear, disfrutaba fantasear y quedarse un poco mas escuchando los ruidos tan familiares que llegaban con la brisa, era dormilona por excelencia. Descansaba sobre sus harapientas sabanas, medio amarillentas de tanto uso, su cuerpo relajado disfrutaba de su posición favorita, boca abajo , su pierna , brazo y todo su lado izquierdo muy pegado a su sudada ropa de cama, su pierna derecha flexionada formando una perfecta ele , su mano derecha bajo una almohada suave, sus senos pegados y transpirados , medios aplastados pero con suficiente espacio para permitirle sentir que ese era su sitio ideal , su cabeza ladeada buscando la presencia de la vida , su vista perdida por aquella ventana, que le permitía visitar un cielo claro y juguetear con las nubes, su cabello topaba un cuello corto que sostenía una melena medio rojiza que le distinguía desde su niñez entre todas. No necesitaba mucho para ser feliz, solo un marco que acogiera a cualquier ciudad propia o ajena para sus devaneos.
La ventana totalmente abierta permitiendo entrar una ligero vientito con sabor a juventud que llegaba justo a tiempo para sofocar una ausencia eterna. Que privilegio el de aquella criatura que no temía ser vista por un par de ojos indiscretos, se vecino más cercano era el infinito, el horizonte, su más cercano asechador era una música suave, pegajosa, rítmica que la abrazaba y le llevaba en brazos hasta donde ella decidía. Siempre había sido así. Ella era una mujer firme de ideas y aun de carne. Esta ultima comenzaba a tener una que otra grieta por aquí y por allá, pero sus pensamientos, no eso sí que no. Era libre, volaba, viajaba, se daba cita con el bien y con el mal en cuestión de un suspiro. Sus suspiros le delataban. Sus pensamientos le guiaban.
Tenía su sexto sentido bien ejercitado, entrenado, sus premoniciones daban fe de ello. Conocía a su corazón intuitivo y le obedecía, era una brújula que hasta ahora le ayudaba a sobrevivir a cuanta desdicha o dicha le sorprendía, gozaba de buena salud y sus cinco sentidos le funcionaban a toda hora, especialmente cuando Morfeo le poseía , había sido dotada con unas fosas nasales a prueba de olvido. Su nariz le llevaba por caminos insospechados. Era su aliada. El olor al amor lo había descubierto y perdido al mismo tiempo. La esencia del amor perdido es inconfundible. Solo existe en tus remembranzas, en tus recuerdos, el olor amorfo. El cómplice perfume propio de cada quien.
Sabía que estaba condenada a morir de amor. Ese diagnostico se lo había dado a su madre una santera una mujer regordeta que echada sobre su corpulento cuerpo y con un montón de caracoles en las manos que lanzaba y tenían el poder de intuir el mal ajeno entre una chupada y masticada a un tabaco que olía a rayo mientras su entrecortado mal presagio salía abrumando el ambiente. Oler a rayo era lo peor que le podía pasar a uno en su puñetera vida. Para evitarlo había que frotarse fuerte con una tal agua bendita no se sabía por quien, pero a toda costa había que conseguirla, el agua era una de las ausentes más queridas de aquella historia.
El azar quiso que desde pequeña supiera su dolencia exacta, por casualidad había ido con su madre y su tía a este barrio famoso por sus brujos o chamanes, en busca de un remedio para el mal de amores de las mujeres mayores en su familia. Y de refilón como se dice ella también salió con su alma en pena. Y dando sus primeros pasos por la vida aprendió a cargar con semejante susto. Un mal presagio. Con semejante augurio comenzó a no querer a amar. Era cuestión de sobrevivir al embrujo. Al menos así le gustaba creer. Todo lo que amaba de alguna manera lo perdería. Sus seres queridos iban y venían, morían y nacían.
A él lo estaba esperando, llevaba mucho tiempo así, no tenía prisa, sabía que los días y las noches ya no le pertenecían, era solo cuestión de perseverar y mantenerse ahí, firme, echada, estaba pendiente de cualquier sonido, movimiento que penetrara por las dos hojas abiertas de par en par, su vida se reducía a esperar. Era buena en eso. Tenía una buena dosis de paciencia, o como algunos le gusta llamarle, tenía FE. O mejor aún era positiva. Era su esperanza vestida de ensueños. No necesitaba ni moverse, podía permanecer ahí para toda la vida, con total seguridad, en algún momento el entraría, si la vida le había ensenado algo era justamente que todo tiene su momento. Que para morir de algo primero había que padecerlo y ella estaba dispuesta a padecer, a sufrir, a que la dolencia de amar le arrancara de cuajo su condición de amante fiel.
Y cantaba mientras esperaba. La melodía le era tan conocida que podía danzar sin que ningún musculo de su cuerpo se moviera, se entregaba de una, la música le acompañaba desde siempre, en todo momento, en toda ocasión, no se necesitaba estar feliz ni mucho menos para tararear, silbar e ir al son de lo que sonora. El dolor se canta, la pena se viste de ritmo y ella sabía desde siempre que eso le reconfortaba. Se estiro, su cuerpo se curvo y se adueño de todo espacio existente. Era un sitio para dos, pero ahora solo había un cuerpo, solo estaba ella y su dichosa predilección por la ventana abierta.
Nada que el viento le produjera maluqueras gripales, nada que le temiera al silbido estremecedor de los vientos de la ciudad que la envolvía, nada de alergias de eso nada. Muchos más miedo le tenía a las ventanas cerradas, no podía estar sin ver para afuera, la vida le entraba a toda hora por aquel agujero, era cuestión de vida o muerte. Nunca había sonado ni en tener cortinas, no quería tener obstáculos entre ella y los fieles testigos del amor que en aquella desvencijada habitación se encontraban. La noche, la madrugada fresca que le amaba, los amaneceres no deseados porque con ellos llegaba la hora de ponerse juiciosa, levantarse y toda esa fachada formal que la adultez tiene que asumir.
No era ni joven, ni vieja, estaba detenida en una edad en que ya no era visitada por nada ni por nadie, la vida le había dado de todo en recompensa a su pujanza bronca eterna con lo posible e imposible. Salto de la cama, camino descalza, sus pies aun no conocían las huellas de un maltrato añejado. Eran agiles ,tersos y meticulosamente limpios siempre listos para seguirla por senderos empedrados. Ella presumía entre otras cosas de tener buenos pies, fieles a sus andanzas, los había entrenado en un trote interminable, nada de detenerse, de tomar aliento, nada de eso, les cuidaba, eran sus consentidos pero les exigía un buen desempeño. Con lo cual estaba vestida para vivir, así de simple. De pies a cabeza.
Se lanzaba a la vida como aquella mulata habanera que ella vigilaba desde su ventana, al inicio sintió que moviéndose atrevidamente se salía de ella misma ,entraba en otra dimensión , ganaba otro espacio no tenía buenas curvas, pero tenía un buen culete . Y eso era ya un buen precedente en el barrio. A escondidas y frente al espejo ensaya la mejor manera de sacarle partido a su cuerpito de mujer iniciada en tales menesteres. Desplegaba uno que otro paso orquestado por aquella bendita música que salía de todas partes, que salía de aquella ciudad que tronaba a toda hora. Con facilidad remedaba a aquella silueta color café con leche que ya era ducha en menearse al compás de los muchos ojos buscones de decenas de tipos apostados por los portales de su pedazo de pueblo.
Siempre vestida para vivir, lo había conseguido a punta de golpes, eso que su madre le cantaleteaba a toda hora: los golpes ensenan. Había aprendido. Nunca se perdía, eso de no saber quién es uno, o tener que salir a encontrarse con uno mismo a ella nunca le había pasado solo lo veía en libros y películas, ella siempre sabia quien era, y como era, se conocía. Lo de mal parecida era congénito, lo de su decisión a enderezar su ruta era cuestión de los golpes. La letra entra con sangre. O con nostalgia, pero entra. Su cabeza era bien dura. O al menos siempre se lo habían dicho.
El nunca llego, ella tuvo que salir en su busca. Era una certeza, que para ella era más que una realidad, porque era un mazazo que le golpeo, una idea fija, de esas que vienen acompañadas de fiebre y reiterados sueños, una vez y así, mas de mil noches y días, y medios días y medias noches, se fue sin ella, la abandono pero dejo en la ventana su olor, sabia rastrearlo, estaba impregnado en su mucosa tras años de convivencia.
Aunque el olor se confundía con el de la gasolina que subía hasta el tercer piso donde vivían, abajo estaba esa desgracia de dispensador publico del combustible tan escaso y que amenazaba en darle fuego a sus noches pasionales, era un olor mezclado con todo, la calle donde vivían, esa esquina bulliciosa vivía a golpe de frenazos, sirenas, música, voces, gritos, tristeza y alegría, latía día y noche y ella detrás de su ventana existía a la par de esta. El salió para siempre, nunca regreso. Así paso con todo y con todos, unos para allá (obviamente al norte donde mas) y otros para el más allá. Ella se quedo hecha pedazos y como muestra de una amistad clandestina la mulata le regalo uno de esos pasos que nacen en el Caribe bajo los bongos y los habanos a modo de consuelo. La peste, el tufo maloliente de esa calle hirviendo a tiempo completo y que ella llevaba a todas partes se fundió con la añoranza hecha presagio.
Finalmente lo encontró, lo hallo después de muchos encuentros ensoñados para entonces ya no era el momento de reclamar lo no vivido, pero si el momento del reencuentro, su aspecto envejecido el resultado del paso del tiempo. Su olor el mismo. No se trataba de volver a ser feliz o de volver a amar, el punto era saber que su recuerdo no era invención de su perturbada imaginación, de su fantasía olfativa, no, el no era fruto de su vida predestinada a terminar como la niña de una poesía que en su infancia sabia declamar, esa niña de Guatemala, a las que todos conocían y que murió por causas como las que le habían pronosticado años atrás. Tenía testigos de su espera y fidelidad, lo llevo y levaba a todas partes. El ir y venir de su mente fantasiosa le daba la oportunidad de congelar y descongelar lo acontecido. Se abandono en cuerpo y alma en su ausencia.
Y cuentan que el abatimiento la trago y sucedió lo inevitable delante de los ojos de cuantos conocidos les conocían , simplemente retando al tiempo se tomaron de la mano, avanzaron hacia el abismo, la ventana como siempre, como de costumbre, totalmente abierta les abrazo , se olvidaron de todo y de todos , solo ellos pendientes de ellos mismos. Perdidos entre las estrellas, agazapados en los apagones, y enajenados por las circunstancias. Dos siluetas fundidas desafiando el presagio que se había hecho realidad, mas separados que nunca y más unidos que en cualquier situación vivida. Estando muertos pero viviendo de amor.
Era una condena fatal, todo era eterno, todo era para siempre, nunca se acaba nada porque entre otras cosas nunca había nada. Su espalda marcada por una de esos lunares planos, oscuro, un circulo que vino con su nacimiento y que era un patrimonio familiar, unas los tienen por aquí y otras por allá, a ella le toco en el centro de su columna, lo llevaba con cierto orgullo, quizás con una tímida arrogancia, era la presencia de su lado maternal, todas los poseían.
Echada de bruces sobre un lecho sin pretensiones pero con una seguridad que se mesclaba con su sudorosa silueta. Eran las tres de la tarde, la hora en que se decía habían matao a Lola, ella respetaba y mucho esas historias que nunca se han comprobado, pero que son parte de la mala suerte con que algunas mujeres son bautizadas. No había que tener reloj para saber la hora que era, los rayos caían de puntas, como dardos sobre aquella dizque ciudad donde por amor hasta se dejaba de amar. No era ni fin de semana, ni día entre semana, era cualquier momento sin fecha exacta, ni marcada en el almanaque, ella y todos se refugiaban justo a esa hora fatal, las tres de la tarde. Hora que dividía la vida de la muerte. No se podía esperar nada bueno cuando se aproximaban las manecillas a ese número impar para las Lolas, para todas las féminas estuvieran donde estuvieran, se llamaran como se llamaran estaban amenazadas mortalmente.
Le gustaba remolonear, disfrutaba fantasear y quedarse un poco mas escuchando los ruidos tan familiares que llegaban con la brisa, era dormilona por excelencia. Descansaba sobre sus harapientas sabanas, medio amarillentas de tanto uso, su cuerpo relajado disfrutaba de su posición favorita, boca abajo , su pierna , brazo y todo su lado izquierdo muy pegado a su sudada ropa de cama, su pierna derecha flexionada formando una perfecta ele , su mano derecha bajo una almohada suave, sus senos pegados y transpirados , medios aplastados pero con suficiente espacio para permitirle sentir que ese era su sitio ideal , su cabeza ladeada buscando la presencia de la vida , su vista perdida por aquella ventana, que le permitía visitar un cielo claro y juguetear con las nubes, su cabello topaba un cuello corto que sostenía una melena medio rojiza que le distinguía desde su niñez entre todas. No necesitaba mucho para ser feliz, solo un marco que acogiera a cualquier ciudad propia o ajena para sus devaneos.
La ventana totalmente abierta permitiendo entrar una ligero vientito con sabor a juventud que llegaba justo a tiempo para sofocar una ausencia eterna. Que privilegio el de aquella criatura que no temía ser vista por un par de ojos indiscretos, se vecino más cercano era el infinito, el horizonte, su más cercano asechador era una música suave, pegajosa, rítmica que la abrazaba y le llevaba en brazos hasta donde ella decidía. Siempre había sido así. Ella era una mujer firme de ideas y aun de carne. Esta ultima comenzaba a tener una que otra grieta por aquí y por allá, pero sus pensamientos, no eso sí que no. Era libre, volaba, viajaba, se daba cita con el bien y con el mal en cuestión de un suspiro. Sus suspiros le delataban. Sus pensamientos le guiaban.
Tenía su sexto sentido bien ejercitado, entrenado, sus premoniciones daban fe de ello. Conocía a su corazón intuitivo y le obedecía, era una brújula que hasta ahora le ayudaba a sobrevivir a cuanta desdicha o dicha le sorprendía, gozaba de buena salud y sus cinco sentidos le funcionaban a toda hora, especialmente cuando Morfeo le poseía , había sido dotada con unas fosas nasales a prueba de olvido. Su nariz le llevaba por caminos insospechados. Era su aliada. El olor al amor lo había descubierto y perdido al mismo tiempo. La esencia del amor perdido es inconfundible. Solo existe en tus remembranzas, en tus recuerdos, el olor amorfo. El cómplice perfume propio de cada quien.
Sabía que estaba condenada a morir de amor. Ese diagnostico se lo había dado a su madre una santera una mujer regordeta que echada sobre su corpulento cuerpo y con un montón de caracoles en las manos que lanzaba y tenían el poder de intuir el mal ajeno entre una chupada y masticada a un tabaco que olía a rayo mientras su entrecortado mal presagio salía abrumando el ambiente. Oler a rayo era lo peor que le podía pasar a uno en su puñetera vida. Para evitarlo había que frotarse fuerte con una tal agua bendita no se sabía por quien, pero a toda costa había que conseguirla, el agua era una de las ausentes más queridas de aquella historia.
El azar quiso que desde pequeña supiera su dolencia exacta, por casualidad había ido con su madre y su tía a este barrio famoso por sus brujos o chamanes, en busca de un remedio para el mal de amores de las mujeres mayores en su familia. Y de refilón como se dice ella también salió con su alma en pena. Y dando sus primeros pasos por la vida aprendió a cargar con semejante susto. Un mal presagio. Con semejante augurio comenzó a no querer a amar. Era cuestión de sobrevivir al embrujo. Al menos así le gustaba creer. Todo lo que amaba de alguna manera lo perdería. Sus seres queridos iban y venían, morían y nacían.
A él lo estaba esperando, llevaba mucho tiempo así, no tenía prisa, sabía que los días y las noches ya no le pertenecían, era solo cuestión de perseverar y mantenerse ahí, firme, echada, estaba pendiente de cualquier sonido, movimiento que penetrara por las dos hojas abiertas de par en par, su vida se reducía a esperar. Era buena en eso. Tenía una buena dosis de paciencia, o como algunos le gusta llamarle, tenía FE. O mejor aún era positiva. Era su esperanza vestida de ensueños. No necesitaba ni moverse, podía permanecer ahí para toda la vida, con total seguridad, en algún momento el entraría, si la vida le había ensenado algo era justamente que todo tiene su momento. Que para morir de algo primero había que padecerlo y ella estaba dispuesta a padecer, a sufrir, a que la dolencia de amar le arrancara de cuajo su condición de amante fiel.
Y cantaba mientras esperaba. La melodía le era tan conocida que podía danzar sin que ningún musculo de su cuerpo se moviera, se entregaba de una, la música le acompañaba desde siempre, en todo momento, en toda ocasión, no se necesitaba estar feliz ni mucho menos para tararear, silbar e ir al son de lo que sonora. El dolor se canta, la pena se viste de ritmo y ella sabía desde siempre que eso le reconfortaba. Se estiro, su cuerpo se curvo y se adueño de todo espacio existente. Era un sitio para dos, pero ahora solo había un cuerpo, solo estaba ella y su dichosa predilección por la ventana abierta.
Nada que el viento le produjera maluqueras gripales, nada que le temiera al silbido estremecedor de los vientos de la ciudad que la envolvía, nada de alergias de eso nada. Muchos más miedo le tenía a las ventanas cerradas, no podía estar sin ver para afuera, la vida le entraba a toda hora por aquel agujero, era cuestión de vida o muerte. Nunca había sonado ni en tener cortinas, no quería tener obstáculos entre ella y los fieles testigos del amor que en aquella desvencijada habitación se encontraban. La noche, la madrugada fresca que le amaba, los amaneceres no deseados porque con ellos llegaba la hora de ponerse juiciosa, levantarse y toda esa fachada formal que la adultez tiene que asumir.
No era ni joven, ni vieja, estaba detenida en una edad en que ya no era visitada por nada ni por nadie, la vida le había dado de todo en recompensa a su pujanza bronca eterna con lo posible e imposible. Salto de la cama, camino descalza, sus pies aun no conocían las huellas de un maltrato añejado. Eran agiles ,tersos y meticulosamente limpios siempre listos para seguirla por senderos empedrados. Ella presumía entre otras cosas de tener buenos pies, fieles a sus andanzas, los había entrenado en un trote interminable, nada de detenerse, de tomar aliento, nada de eso, les cuidaba, eran sus consentidos pero les exigía un buen desempeño. Con lo cual estaba vestida para vivir, así de simple. De pies a cabeza.
Se lanzaba a la vida como aquella mulata habanera que ella vigilaba desde su ventana, al inicio sintió que moviéndose atrevidamente se salía de ella misma ,entraba en otra dimensión , ganaba otro espacio no tenía buenas curvas, pero tenía un buen culete . Y eso era ya un buen precedente en el barrio. A escondidas y frente al espejo ensaya la mejor manera de sacarle partido a su cuerpito de mujer iniciada en tales menesteres. Desplegaba uno que otro paso orquestado por aquella bendita música que salía de todas partes, que salía de aquella ciudad que tronaba a toda hora. Con facilidad remedaba a aquella silueta color café con leche que ya era ducha en menearse al compás de los muchos ojos buscones de decenas de tipos apostados por los portales de su pedazo de pueblo.
Siempre vestida para vivir, lo había conseguido a punta de golpes, eso que su madre le cantaleteaba a toda hora: los golpes ensenan. Había aprendido. Nunca se perdía, eso de no saber quién es uno, o tener que salir a encontrarse con uno mismo a ella nunca le había pasado solo lo veía en libros y películas, ella siempre sabia quien era, y como era, se conocía. Lo de mal parecida era congénito, lo de su decisión a enderezar su ruta era cuestión de los golpes. La letra entra con sangre. O con nostalgia, pero entra. Su cabeza era bien dura. O al menos siempre se lo habían dicho.
El nunca llego, ella tuvo que salir en su busca. Era una certeza, que para ella era más que una realidad, porque era un mazazo que le golpeo, una idea fija, de esas que vienen acompañadas de fiebre y reiterados sueños, una vez y así, mas de mil noches y días, y medios días y medias noches, se fue sin ella, la abandono pero dejo en la ventana su olor, sabia rastrearlo, estaba impregnado en su mucosa tras años de convivencia.
Aunque el olor se confundía con el de la gasolina que subía hasta el tercer piso donde vivían, abajo estaba esa desgracia de dispensador publico del combustible tan escaso y que amenazaba en darle fuego a sus noches pasionales, era un olor mezclado con todo, la calle donde vivían, esa esquina bulliciosa vivía a golpe de frenazos, sirenas, música, voces, gritos, tristeza y alegría, latía día y noche y ella detrás de su ventana existía a la par de esta. El salió para siempre, nunca regreso. Así paso con todo y con todos, unos para allá (obviamente al norte donde mas) y otros para el más allá. Ella se quedo hecha pedazos y como muestra de una amistad clandestina la mulata le regalo uno de esos pasos que nacen en el Caribe bajo los bongos y los habanos a modo de consuelo. La peste, el tufo maloliente de esa calle hirviendo a tiempo completo y que ella llevaba a todas partes se fundió con la añoranza hecha presagio.
Finalmente lo encontró, lo hallo después de muchos encuentros ensoñados para entonces ya no era el momento de reclamar lo no vivido, pero si el momento del reencuentro, su aspecto envejecido el resultado del paso del tiempo. Su olor el mismo. No se trataba de volver a ser feliz o de volver a amar, el punto era saber que su recuerdo no era invención de su perturbada imaginación, de su fantasía olfativa, no, el no era fruto de su vida predestinada a terminar como la niña de una poesía que en su infancia sabia declamar, esa niña de Guatemala, a las que todos conocían y que murió por causas como las que le habían pronosticado años atrás. Tenía testigos de su espera y fidelidad, lo llevo y levaba a todas partes. El ir y venir de su mente fantasiosa le daba la oportunidad de congelar y descongelar lo acontecido. Se abandono en cuerpo y alma en su ausencia.
Y cuentan que el abatimiento la trago y sucedió lo inevitable delante de los ojos de cuantos conocidos les conocían , simplemente retando al tiempo se tomaron de la mano, avanzaron hacia el abismo, la ventana como siempre, como de costumbre, totalmente abierta les abrazo , se olvidaron de todo y de todos , solo ellos pendientes de ellos mismos. Perdidos entre las estrellas, agazapados en los apagones, y enajenados por las circunstancias. Dos siluetas fundidas desafiando el presagio que se había hecho realidad, mas separados que nunca y más unidos que en cualquier situación vivida. Estando muertos pero viviendo de amor.
lunes, 6 de septiembre de 2010
En el pórtico de mi alma
Esto no es una historia. Aun no pasa, aun no sucede, lo inevitable no ha logrado detener los hechos acontecidos, he atrapado a los personajes que habitan en mi imaginación y doy rienda suelta a mi fantasía. Atrapo a cuanto recuerdo se atreve a visitarme y evitar que los días transcurran. Definitivamente es una forma de vivir, para que esforzarse en contar historias propias o ajenas nadie quiere leerlas o sí ?
Lo que escribo no pertenece a un género literario en particular, lo que toma forma de escritura son un cumulo de sentimientos, sensaciones vividas en primera persona, no es una tragedia, no es una aventura, ni un cuento, ni un relato, no tiene interés comercial. No vende al público en general, es solo un recurso emocional terapéutico.
En todo caso escribir va mas allá del compromiso de hacerlo bien o mal. Escribir pasa las fronteras, los límites de la vergüenza, traspasa el umbral de lo socialmente aceptable para convertirse en una expresión de ejercicio o entrenamiento liberador del peso con el cual cargamos. Se amasan las ideas y van tornándose en una suerte de oraciones que una tras otra se entrelazan y finalmente logran vencer el perjuicio del escritor novato y son lanzadas con tremenda osadía a la tribuna pública. No me comprometo a escribir la realidad, no quiero traicionar a quien confió en mí absoluta discreción.
No es que me contara nada en concreto, se limito a aproximarse a mi lado y así conociéndome de toda la vida me tomo del brazo, me abrazo, y en una esquina vomito sobre mi felicidad su absoluto dolor. Su calor traspaso mi epidermis y llego a mis tuétanos con absoluta impunidad, no sabría decir nada acerca de su aspecto físico, ni guapa ni fea, ni él o ella, eso si me pareció un rostro súper conocido, y que recorrerlo de pies a cabeza fue escalofriante. Se detuvo así de golpe, sin previo aviso. Su arrogancia y poderío detuvo la intensidad con la cual yo había vivido mi vida.
No sabía contar historias según me dijo, sabia acabar, poner fin a las mismas, de repente pensé creo recordar que ponerle el punto final a una vida ajena era cuestión de al menos avisar, pedir permiso, dar un aviso por escrito, una llamada, algo que de alguna forma tuviera implícito un mensaje que permitiera esquivar a esta silueta abrumadora que osaba llegar y de golpe poner fin a sueños, proyectos, compromisos y más que todo con qué derecho hacia este fatal desenlace. Por qué a mí, por qué a él, por qué a nosotros, si bien es cierto que nos parecía conocida como a todos, también es cierto que no le queríamos, no le habíamos llamado, no queríamos sentirle cerca de nosotros. Al menos por ahora.
Me susurro que no era cuestión de querer o no, como yo quería pensar, que no contaba con la aceptación de otros, que en nuestro caso nos había dado oportunidades anteriores y que ahora no estaba dispuesta a hacerlo una vez más. Que definitivamente la decisión era de su pleno poder, que lo nuestro se limitaba a verle llegar y que se alejaba epílogo en mano. Comía historias, se alimentaba de sucesos, acontecimientos, se nutria de hechos ya fueran felices o no. No me dio permiso a desnudarle delante de ustedes, según le oí decir y aun le tengo bien grabado a manera de un susurro, tenebroso y angustioso: No tengo que tener derecho para visitar a cualquiera de ustedes, ah!! Y lo saben muy bien, ha quedado demostrado, hacen el viaje conmigo, desde sus inicios vienen conmigo, pero no lo saben a ciencia cierta. Ustedes se esfuerzan en construir sus historias y yo ya sé el final de la misma, ustedes construyen desde los inicios sus senderos sabiendo que yo estaré a la vuelta de cualquier esquina esperándoles para cortar de raíz sus afanes.
Prometí no contar nada de nada. Porque decididamente nunca le vi así frente a mí. Eso si me rozo, toco lo más profundo de mi ser y siguió. Según me dijo no era mi día, no me tocaba, no era conmigo, se trataba de mi pero de forma indirecta, podía seguir caminando, según me dijo puedes seguir hasta que llegue tu turno, se aseguro que me quedara claro que nadie le conoce sin que ella se asegure de querer primero conocerte, por eso no tengo nada que decir, por momentos cierro los ojos y soy más fuerte, atraigo con total serenidad la presencia física que su presencia limito a recuerdos. Una amiga me pregunto recientemente sobre este evento en mi vida, quiso saber que se sentía al tener tan cerca, en varias ocasiones su amenaza, quizás miedo, furia, rabia, despecho, tristeza, mi amiga me pidió que le definiera el tremendo sofoco que produce la incapacidad de reaccionar ante semejante certeza.
No puedo amiga mía, se me hace imposible, le dije no puedo escribir, no puedo pensar, no quiero ser vencida, es una lucha constante entre ella que roba historias y yo que me gusta contarlas, a mí que me gusta crearlas. Las creo así como si se tratara de esos guiones de los programas de participación televisiva dizque encuentros familiares donde se dan cita mujeres y hombres de todas edades y orientación sexual. Actores y actrices auténticos. Porque al caer el telón y concluir la obra que hemos protagonizado en eso nos convertimos en protagonistas reales del guion familiar al cual le hemos dado vitalidad. Nuestra escena ha quedado expuesta parcialmente. Y yo incapacitada para creerla.
En todo caso no existe historia sin antes haber nacido, amado, vivido y muerto en cualquiera de sus formas de mostrarse. Este texto no presume ni remotamente de convertirse en algo que se ha vivido, amado y mucho menos muerto. Estas palabras una tras otra, así unidas solo por la intención de que no anden asaltándome cada minuto de mi existencia, unidas por el hecho de que se conviertan en algo más que mis pensamientos libres que asociados pueden llegar y de hecho llegan a convertirse en una bola emocional de grandes proporciones que amenace con hacer de mi vida una historia, este texto si es parte de mi esencia, es un parte, un informe que no traiciona la privacidad de lo sufrido.
No lo voy a permitir, el derecho a experimentar el dolor al máximo y en silencio es la parte de un proceso de saneamiento espiritual obligado. No se comparte, no se cuenta, solo se sobrevive llegado el momento.
Se lo perturbador que pueden llegar a ser estas ideas, perdón, me refiero a mis ideas. A las propias a esas que son el resultado de mentes entrenadas en producir pensamientos a toda costa, consciente o no. A la tendencia de conceptualizar cuanta cosa pase por el interior del océano mental. Abro esta fortaleza de mi interioridad y me replanteo el acto o la función, del misterio de la mente humana. Tantas teorías elaboradas que apuntan hoy en día a que sigamos cueste lo que cueste, yo personalmente tengo una forma de detenerme y continuar. Tengo una manera de dar vida a lo ya no existente y de no dar forma a lo que no llega, a lo pendiente, a lo que nos viene encima. Abro la puerta de lo que es mi vida, y decido vivirla mientras la escribo.
Se vive mientras se escribe y escribo mientras intento vivir, si por pedido expreso tuviera que definir que es la vida, así simplemente sin ayuda de grandes parrafadas, estoy lista para ponerla en términos gramaticales con la ayuda de un artículo y un sustantivo. Sin verbo, lo cual no implica la presencia de mucha acción. La vida para mi es una puerta. Una membrana que rompemos desde nuestro primer grito y seguimos desgarrándola hasta el adiós final.
Una puerta que en ocasiones ha dejado filtrar luz, esperanza que han venido acompañadas de alegría, juventud y proyectos. Una puerta que ha sido plácidamente atravesada. Otras ha sido una puerta entreabierta que con las justas deja pasar un rayo de optimismo. Los ojos solo logran tropezar con una oscuridad que nos hace pensar de una incertidumbre total.
Pero no me cabe la menor duda que en ambos casos, hay que atravesarla, traspasarla. Abrirla lentamente o a empujones, brutalmente. Y enfrentar la realidad que se oculta tras su forma aparente de un diseño común. Las puertas que he abierto han sido por líneas generales bien pegadas a sus postigos, solidas, fuertes, pesadas.
Se han presentado a lo largo de mi existencia una tras otras, alineadas, cercas o lejos, en periodos que en ocasiones me han permitido tomar fuerzas para seguir abriendo la siguiente, o en otros sin ninguna posibilidad de tomar una bocanada de aire fresco para poder dar el empujón final y ver que oculta la madera gruesa o el hierro forjado de las mil y una puerta que he tenido que pasar.
Estoy hoy por hoy en el umbral no de una puerta sino de un portón, de un ejemplar de esos que no son producto de un árbol noble y de buena sepa. No, estoy delante, estoy frente a uno de esos portones que están sostenidos fuertemente a su marco y que al entreabrirle se desgarra en un lamento seco y profundo, un chirrido agónico.
Porque coincidirán conmigo en que como todo hay puertas y puertas, unas de una sola hoja, otras de dos, planas, curvas, con arcos de un cuerpo o dos, con vidrios, con diseños de paneles modernos o antiguos , solidas, frágiles. Estoy atravesando este pórtico con pie de plomo. Tal cual.
Y que es pan comido el refranero de que cuando se cierra una puerta abrimos otra, pero se abre, me pregunto o nos toca sudar la gota gorda para lograr primero poner un pie, luego el otro, así medios doblados, con la pena a cuesta entrar y seguir con nuestras historias, dar un portazo y continuar. Ir de puerta en puerta no queda otra.
Estoy abriendo mi alma, con lo cual abro una de las puertas más frágiles que me permitirá no contar lo que no es un asunto a contar, a comentar. Lo prometido es deuda, confieso que rompí la promesa de no hacer de la nada una historia, pero como lo de comentar no se me da bien, al menos intento escribir que para mí y para muchos ya saben es una forma de aligerar para ganar fuerzas y seguir avanzando, no puedo seguir con tanto peso, me detengo, escribo y al día siguiente sigo traspasando la abertura de mi cotidianidad. Intento seguir siendo una mujer con una hoja de vida discretamente compartida.
Lo que escribo no pertenece a un género literario en particular, lo que toma forma de escritura son un cumulo de sentimientos, sensaciones vividas en primera persona, no es una tragedia, no es una aventura, ni un cuento, ni un relato, no tiene interés comercial. No vende al público en general, es solo un recurso emocional terapéutico.
En todo caso escribir va mas allá del compromiso de hacerlo bien o mal. Escribir pasa las fronteras, los límites de la vergüenza, traspasa el umbral de lo socialmente aceptable para convertirse en una expresión de ejercicio o entrenamiento liberador del peso con el cual cargamos. Se amasan las ideas y van tornándose en una suerte de oraciones que una tras otra se entrelazan y finalmente logran vencer el perjuicio del escritor novato y son lanzadas con tremenda osadía a la tribuna pública. No me comprometo a escribir la realidad, no quiero traicionar a quien confió en mí absoluta discreción.
No es que me contara nada en concreto, se limito a aproximarse a mi lado y así conociéndome de toda la vida me tomo del brazo, me abrazo, y en una esquina vomito sobre mi felicidad su absoluto dolor. Su calor traspaso mi epidermis y llego a mis tuétanos con absoluta impunidad, no sabría decir nada acerca de su aspecto físico, ni guapa ni fea, ni él o ella, eso si me pareció un rostro súper conocido, y que recorrerlo de pies a cabeza fue escalofriante. Se detuvo así de golpe, sin previo aviso. Su arrogancia y poderío detuvo la intensidad con la cual yo había vivido mi vida.
No sabía contar historias según me dijo, sabia acabar, poner fin a las mismas, de repente pensé creo recordar que ponerle el punto final a una vida ajena era cuestión de al menos avisar, pedir permiso, dar un aviso por escrito, una llamada, algo que de alguna forma tuviera implícito un mensaje que permitiera esquivar a esta silueta abrumadora que osaba llegar y de golpe poner fin a sueños, proyectos, compromisos y más que todo con qué derecho hacia este fatal desenlace. Por qué a mí, por qué a él, por qué a nosotros, si bien es cierto que nos parecía conocida como a todos, también es cierto que no le queríamos, no le habíamos llamado, no queríamos sentirle cerca de nosotros. Al menos por ahora.
Me susurro que no era cuestión de querer o no, como yo quería pensar, que no contaba con la aceptación de otros, que en nuestro caso nos había dado oportunidades anteriores y que ahora no estaba dispuesta a hacerlo una vez más. Que definitivamente la decisión era de su pleno poder, que lo nuestro se limitaba a verle llegar y que se alejaba epílogo en mano. Comía historias, se alimentaba de sucesos, acontecimientos, se nutria de hechos ya fueran felices o no. No me dio permiso a desnudarle delante de ustedes, según le oí decir y aun le tengo bien grabado a manera de un susurro, tenebroso y angustioso: No tengo que tener derecho para visitar a cualquiera de ustedes, ah!! Y lo saben muy bien, ha quedado demostrado, hacen el viaje conmigo, desde sus inicios vienen conmigo, pero no lo saben a ciencia cierta. Ustedes se esfuerzan en construir sus historias y yo ya sé el final de la misma, ustedes construyen desde los inicios sus senderos sabiendo que yo estaré a la vuelta de cualquier esquina esperándoles para cortar de raíz sus afanes.
Prometí no contar nada de nada. Porque decididamente nunca le vi así frente a mí. Eso si me rozo, toco lo más profundo de mi ser y siguió. Según me dijo no era mi día, no me tocaba, no era conmigo, se trataba de mi pero de forma indirecta, podía seguir caminando, según me dijo puedes seguir hasta que llegue tu turno, se aseguro que me quedara claro que nadie le conoce sin que ella se asegure de querer primero conocerte, por eso no tengo nada que decir, por momentos cierro los ojos y soy más fuerte, atraigo con total serenidad la presencia física que su presencia limito a recuerdos. Una amiga me pregunto recientemente sobre este evento en mi vida, quiso saber que se sentía al tener tan cerca, en varias ocasiones su amenaza, quizás miedo, furia, rabia, despecho, tristeza, mi amiga me pidió que le definiera el tremendo sofoco que produce la incapacidad de reaccionar ante semejante certeza.
No puedo amiga mía, se me hace imposible, le dije no puedo escribir, no puedo pensar, no quiero ser vencida, es una lucha constante entre ella que roba historias y yo que me gusta contarlas, a mí que me gusta crearlas. Las creo así como si se tratara de esos guiones de los programas de participación televisiva dizque encuentros familiares donde se dan cita mujeres y hombres de todas edades y orientación sexual. Actores y actrices auténticos. Porque al caer el telón y concluir la obra que hemos protagonizado en eso nos convertimos en protagonistas reales del guion familiar al cual le hemos dado vitalidad. Nuestra escena ha quedado expuesta parcialmente. Y yo incapacitada para creerla.
En todo caso no existe historia sin antes haber nacido, amado, vivido y muerto en cualquiera de sus formas de mostrarse. Este texto no presume ni remotamente de convertirse en algo que se ha vivido, amado y mucho menos muerto. Estas palabras una tras otra, así unidas solo por la intención de que no anden asaltándome cada minuto de mi existencia, unidas por el hecho de que se conviertan en algo más que mis pensamientos libres que asociados pueden llegar y de hecho llegan a convertirse en una bola emocional de grandes proporciones que amenace con hacer de mi vida una historia, este texto si es parte de mi esencia, es un parte, un informe que no traiciona la privacidad de lo sufrido.
No lo voy a permitir, el derecho a experimentar el dolor al máximo y en silencio es la parte de un proceso de saneamiento espiritual obligado. No se comparte, no se cuenta, solo se sobrevive llegado el momento.
Se lo perturbador que pueden llegar a ser estas ideas, perdón, me refiero a mis ideas. A las propias a esas que son el resultado de mentes entrenadas en producir pensamientos a toda costa, consciente o no. A la tendencia de conceptualizar cuanta cosa pase por el interior del océano mental. Abro esta fortaleza de mi interioridad y me replanteo el acto o la función, del misterio de la mente humana. Tantas teorías elaboradas que apuntan hoy en día a que sigamos cueste lo que cueste, yo personalmente tengo una forma de detenerme y continuar. Tengo una manera de dar vida a lo ya no existente y de no dar forma a lo que no llega, a lo pendiente, a lo que nos viene encima. Abro la puerta de lo que es mi vida, y decido vivirla mientras la escribo.
Se vive mientras se escribe y escribo mientras intento vivir, si por pedido expreso tuviera que definir que es la vida, así simplemente sin ayuda de grandes parrafadas, estoy lista para ponerla en términos gramaticales con la ayuda de un artículo y un sustantivo. Sin verbo, lo cual no implica la presencia de mucha acción. La vida para mi es una puerta. Una membrana que rompemos desde nuestro primer grito y seguimos desgarrándola hasta el adiós final.
Una puerta que en ocasiones ha dejado filtrar luz, esperanza que han venido acompañadas de alegría, juventud y proyectos. Una puerta que ha sido plácidamente atravesada. Otras ha sido una puerta entreabierta que con las justas deja pasar un rayo de optimismo. Los ojos solo logran tropezar con una oscuridad que nos hace pensar de una incertidumbre total.
Pero no me cabe la menor duda que en ambos casos, hay que atravesarla, traspasarla. Abrirla lentamente o a empujones, brutalmente. Y enfrentar la realidad que se oculta tras su forma aparente de un diseño común. Las puertas que he abierto han sido por líneas generales bien pegadas a sus postigos, solidas, fuertes, pesadas.
Se han presentado a lo largo de mi existencia una tras otras, alineadas, cercas o lejos, en periodos que en ocasiones me han permitido tomar fuerzas para seguir abriendo la siguiente, o en otros sin ninguna posibilidad de tomar una bocanada de aire fresco para poder dar el empujón final y ver que oculta la madera gruesa o el hierro forjado de las mil y una puerta que he tenido que pasar.
Estoy hoy por hoy en el umbral no de una puerta sino de un portón, de un ejemplar de esos que no son producto de un árbol noble y de buena sepa. No, estoy delante, estoy frente a uno de esos portones que están sostenidos fuertemente a su marco y que al entreabrirle se desgarra en un lamento seco y profundo, un chirrido agónico.
Porque coincidirán conmigo en que como todo hay puertas y puertas, unas de una sola hoja, otras de dos, planas, curvas, con arcos de un cuerpo o dos, con vidrios, con diseños de paneles modernos o antiguos , solidas, frágiles. Estoy atravesando este pórtico con pie de plomo. Tal cual.
Y que es pan comido el refranero de que cuando se cierra una puerta abrimos otra, pero se abre, me pregunto o nos toca sudar la gota gorda para lograr primero poner un pie, luego el otro, así medios doblados, con la pena a cuesta entrar y seguir con nuestras historias, dar un portazo y continuar. Ir de puerta en puerta no queda otra.
Estoy abriendo mi alma, con lo cual abro una de las puertas más frágiles que me permitirá no contar lo que no es un asunto a contar, a comentar. Lo prometido es deuda, confieso que rompí la promesa de no hacer de la nada una historia, pero como lo de comentar no se me da bien, al menos intento escribir que para mí y para muchos ya saben es una forma de aligerar para ganar fuerzas y seguir avanzando, no puedo seguir con tanto peso, me detengo, escribo y al día siguiente sigo traspasando la abertura de mi cotidianidad. Intento seguir siendo una mujer con una hoja de vida discretamente compartida.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Un Verano Indiferente
Ya no te traigo conmigo
Te abandono sin prisas
En total apatía.
Ya no viajas conmigo
te hemos amado entre risas
y tu inmortalidad me asfixia.
Acá te dejo, mar ingrato
No puedo llevarte sin su presencia
No quiero amarte en su ausencia.
Te veo desde mi tristeza
No escucho tu sinfonía
Tu perpetuidad hoy es mi agonía.
Fuimos dos amantes fieles a tus mareas
Yo sin él no puedo navegarte
Su mortalidad le hizo naufragar.
Ya no me acompañas
Me marcho, te doy la espalda, te abandono
Acá te dejo, sin titubeos.
Con rencor, rabia, con desamor
Mi corazón solo tiene cupo
Para el dolor.
Mar amado, mal de mar
Nos vamos él y yo
A ti te puedo abandonar
A él lo tengo que amar.
A la memoria de mi esposo
Te abandono sin prisas
En total apatía.
Ya no viajas conmigo
te hemos amado entre risas
y tu inmortalidad me asfixia.
Acá te dejo, mar ingrato
No puedo llevarte sin su presencia
No quiero amarte en su ausencia.
Te veo desde mi tristeza
No escucho tu sinfonía
Tu perpetuidad hoy es mi agonía.
Fuimos dos amantes fieles a tus mareas
Yo sin él no puedo navegarte
Su mortalidad le hizo naufragar.
Ya no me acompañas
Me marcho, te doy la espalda, te abandono
Acá te dejo, sin titubeos.
Con rencor, rabia, con desamor
Mi corazón solo tiene cupo
Para el dolor.
Mar amado, mal de mar
Nos vamos él y yo
A ti te puedo abandonar
A él lo tengo que amar.
A la memoria de mi esposo
domingo, 2 de mayo de 2010
QUE MORIR POR LA PATRIA ES VIVIR
Nadó hacia lo más profundo de su alma. Sintió que estaba a salvo, su alma era un sitio seguro, que lo cobijaba, ofreciéndole seguridad , calor y la absoluta posibilidad de tomar decisiones que cambiarían radicalmente su vida. En sus entrañas sus sentimientos se daban cita amasando sus miedos, sus ideales y su proyecto de vida. Entrecerró sus parpados semi inflamados y se dijo que allí podía permanecer un buen rato, que sus inquietudes podían beber y quedar satisfechas , que sus atormentados pensamientos podían dormitar allí en las profundidades de su ser, donde la entrada estaba totalmente prohibida . Estaba dispuesto a compartir todo excepto su alma. Quería quedarse allí agazapado, protegido pero su voluntad no estaba dispuesta a ceder.
Y siguió nadando. Al inicio fueron brazadas cortas, la distancia entre una y otra le permitía sacar de cuando en cuando su rostro y aspirar el aire fresco de su espíritu renovado. La respiración era rítmica, pausada, controlada. Su cuerpo recibía cada bocanada con total agradecimiento que le ofrecía la dicha al llenarse de cierta alegría celular, de cierta buenaventura física. Era fuerte, siempre lo había sido, era prácticamente el legado que su raza a golpe de tambores le había dejado.
La salinidad enrojecía sus ojos, le pelaba sus labios, su alma ya sabía de esos sabores salinos, de esos sinsabores que vienen al degustar, al ser mordido por la amargura de los regímenes anti democráticos. Tenía llagas a flor de piel que le brotaban al asistir a tanta injusticia. La no justicia le era muy conocida, le era tan familiar que no supo cuanto de ella se le había metido, se había apoderado de su interior hasta hacerle decidir dar su vida a favor de la libertad . No era valiente, no quería demostrar lo que no era, pero si era consciente de que nadar lo alejaba de un pasado no muy lejano donde la esclavitud era tan opresora como hoy día. Había aprendido lo ensangrentado del yugo desde que sus ancestros habían llegado a la isla, encadenados y desde ese entonces decidió a través de otras vidas no vivir la vida de ellos. Decidió que esas cadenas jamás le harían perder el sentido de la vida.
Podía sentir los latidos de su corazón como látigos en su piel, al sumergirse en sus profundidades lograba sacar fuerzas para seguir adelante, había dejado de alimentarse en ocasiones anteriores, en muchos momentos ya el hambre le había visitado, había sido su huésped, se conocían. Pero ahora era diferente sentía que la sangre de un hermano de lucha le comprometía aún más a enfatizar su decisión de permanecer en huelga de hambre hasta tanto no liberaran a los 26 opositores encarcelados. En todo caso él seguiría nadando en la absoluta inanición.
Y como nunca antes padeció el desgarramiento absoluto entre lo físico y lo espiritual, eran partes del todo, pero su cuerpo se iba paralizando de a poco y su espíritu cobraba alas, alas que ya sobrevolaban ciudades, países, otras latitudes donde su denuncia proclamaba la decisión de que morir por la patria es vivir.
Cuántos muertos debe ofrecer la patria para ser escuchada, cuantas victimas deben enterrar los pueblos, cuantas madres deben sepultar a los suyos para que sea escuchada la gran patria la de todos. Con cuanto silencio somos cómplices, con cuanta indolencia masas enteras enfrentan las realidades que a gritos denuncian la violación de los derechos ciudadanos. Mientras los presidentes electos y reelectos y los dictadores ignoran que hay hombres y mujeres dispuestos a morir y a escribir en nombre de la patria.
El Sr. Guillermo Fariñas morirá si es el caso. Dara su vida por Cuba. No es el primero ni será el último opositor en hacerlo. Asistimos a su decisión de sumergirse en lo más profundo de sus convicciones para que estos le nutran, para que estos alimenten su travesía, sustenten el viaje hacia una muerte decidida y no impedida por aquellos que pueden detenerla.
Que la sumisión no nos ate al yugo de la dictadura, que vuele, que se yerga su cuerpo exhausto, que se sostenga sobre todos nosotros los que oramos porque el sacrificio de tantas vidas encuentren en la historia el testimonio que de fe de que los hombres oprimidos llegado el momento se revelan y dan muestra de lo noble de su proceder. Que su decisión sea respetada no juzgada.
Y que se le permita morir de cara al Sol. No me pongan en lo oscuro a morir como un traidor yo soy bueno y como bueno moriré de cara al sol. (José Martí)
Que la luz, el sol ilumine la hora final del Sr. Fariñas y que su decisión ayude a que la venda que ciega por decisión propia a muchos hombres y mujeres caiga ante la condena infalible del tribunal de los pueblos libres.
Mis respetos en vísperas de celebrarse el Día de la Madre el próximo domingo nueve de mayo a todas las madres cubanas que lloran la muerte de sus hijos, a las ciudades cubanas que son testigos del dolor de sus ciudadanos y a la tierra que recibe en sus pastos los cuerpos ofrendados . Porque con la muerte de cada cubano o cubana Cuba sufre y llora, sus lágrimas bañan sus costas y purifican dignamente el historial libertador que la enlutece.
Y siguió nadando. Al inicio fueron brazadas cortas, la distancia entre una y otra le permitía sacar de cuando en cuando su rostro y aspirar el aire fresco de su espíritu renovado. La respiración era rítmica, pausada, controlada. Su cuerpo recibía cada bocanada con total agradecimiento que le ofrecía la dicha al llenarse de cierta alegría celular, de cierta buenaventura física. Era fuerte, siempre lo había sido, era prácticamente el legado que su raza a golpe de tambores le había dejado.
La salinidad enrojecía sus ojos, le pelaba sus labios, su alma ya sabía de esos sabores salinos, de esos sinsabores que vienen al degustar, al ser mordido por la amargura de los regímenes anti democráticos. Tenía llagas a flor de piel que le brotaban al asistir a tanta injusticia. La no justicia le era muy conocida, le era tan familiar que no supo cuanto de ella se le había metido, se había apoderado de su interior hasta hacerle decidir dar su vida a favor de la libertad . No era valiente, no quería demostrar lo que no era, pero si era consciente de que nadar lo alejaba de un pasado no muy lejano donde la esclavitud era tan opresora como hoy día. Había aprendido lo ensangrentado del yugo desde que sus ancestros habían llegado a la isla, encadenados y desde ese entonces decidió a través de otras vidas no vivir la vida de ellos. Decidió que esas cadenas jamás le harían perder el sentido de la vida.
Podía sentir los latidos de su corazón como látigos en su piel, al sumergirse en sus profundidades lograba sacar fuerzas para seguir adelante, había dejado de alimentarse en ocasiones anteriores, en muchos momentos ya el hambre le había visitado, había sido su huésped, se conocían. Pero ahora era diferente sentía que la sangre de un hermano de lucha le comprometía aún más a enfatizar su decisión de permanecer en huelga de hambre hasta tanto no liberaran a los 26 opositores encarcelados. En todo caso él seguiría nadando en la absoluta inanición.
Y como nunca antes padeció el desgarramiento absoluto entre lo físico y lo espiritual, eran partes del todo, pero su cuerpo se iba paralizando de a poco y su espíritu cobraba alas, alas que ya sobrevolaban ciudades, países, otras latitudes donde su denuncia proclamaba la decisión de que morir por la patria es vivir.
Cuántos muertos debe ofrecer la patria para ser escuchada, cuantas victimas deben enterrar los pueblos, cuantas madres deben sepultar a los suyos para que sea escuchada la gran patria la de todos. Con cuanto silencio somos cómplices, con cuanta indolencia masas enteras enfrentan las realidades que a gritos denuncian la violación de los derechos ciudadanos. Mientras los presidentes electos y reelectos y los dictadores ignoran que hay hombres y mujeres dispuestos a morir y a escribir en nombre de la patria.
El Sr. Guillermo Fariñas morirá si es el caso. Dara su vida por Cuba. No es el primero ni será el último opositor en hacerlo. Asistimos a su decisión de sumergirse en lo más profundo de sus convicciones para que estos le nutran, para que estos alimenten su travesía, sustenten el viaje hacia una muerte decidida y no impedida por aquellos que pueden detenerla.
Que la sumisión no nos ate al yugo de la dictadura, que vuele, que se yerga su cuerpo exhausto, que se sostenga sobre todos nosotros los que oramos porque el sacrificio de tantas vidas encuentren en la historia el testimonio que de fe de que los hombres oprimidos llegado el momento se revelan y dan muestra de lo noble de su proceder. Que su decisión sea respetada no juzgada.
Y que se le permita morir de cara al Sol. No me pongan en lo oscuro a morir como un traidor yo soy bueno y como bueno moriré de cara al sol. (José Martí)
Que la luz, el sol ilumine la hora final del Sr. Fariñas y que su decisión ayude a que la venda que ciega por decisión propia a muchos hombres y mujeres caiga ante la condena infalible del tribunal de los pueblos libres.
Mis respetos en vísperas de celebrarse el Día de la Madre el próximo domingo nueve de mayo a todas las madres cubanas que lloran la muerte de sus hijos, a las ciudades cubanas que son testigos del dolor de sus ciudadanos y a la tierra que recibe en sus pastos los cuerpos ofrendados . Porque con la muerte de cada cubano o cubana Cuba sufre y llora, sus lágrimas bañan sus costas y purifican dignamente el historial libertador que la enlutece.
jueves, 15 de abril de 2010
CUANDO UN AMIGO SE VA
Mucho antes de ser amantes, fuimos amigos. Nos unió la psicología, yo me preparaba para un examen en mi carrera y él ya era toda una autoridad en el área . Siempre fue generoso, una de sus principales virtudes, me facilitó el libro de Traviata Mujina que yo no tenía, él acababa de regresar de la Universidad de Lomonosov de Moscú al terminar su doctorado. El era mi Phd.
Mi amigo sembró arboles de la mano de su abuelo, escribió libros con su izquierda tan amada y tuvo hijos. Sus semillas perpetuarán su vida.
Me cautivaron sus zapatos unos mocasines de lona color celeste y sus dientes de conejo, totalmente expuestos al apetito femenino habanero , por lo que su boca tenía esa sonrisa dibujada a medias y su silencio cómplice de sus intimidades. De pocas palabras, las justas, las necesarias. El y su mutismo, él y su ilimitada capacidad de escucharnos.
Ha sido mi mejor amigo durante más de treinta años. De amigo a esposo, de esposo a padre de mi única hija. Consejero, un hombre que se ha ido físicamente cuando menos lo esperaba, decidió luchar por su bienestar, fuerte, valioso, alegre, chistoso, maduro, cariñoso. Su salud se quebró el once de marzo y se fue con una sonrisa de despedida, así de simple, como era. Con dolor y en total serenidad. Ecuánime hasta en su último adiós, mesurado y absolutamente hecho de esa fibra masculina que pocos ejemplares de su especie pueden alardear de poseer. El respeto hacia su familia, sus amigos, colegas y el respeto ante todo hacia lo que amaba , hacia su profesión.
Como dice Alberto Cortez . en su sabia canción, cuando Roloff se ha ido ha quedado un espacio vacío que no lo puede llenar la presencia de otro ser querido. Cuando Roloff se ha ido ha dejado un tizón encendido como una estrella que ilumina nuestros caminos. Cuando tu marido se va se detienen los caminos, el alma queda fría buscando su mano amiga. Cuando tu marido se va se queda todo contigo, los sueños, la vida compartida, las imágenes en fotografías y su presencia se esfuma consolidando su esencia divina. Cuando un amigo se va, se lleva tu juventud, tu risa, el sentido de esas pequeñas cosas que hacían de la convivencia treintañera una rutina añorada.
Cuando tu marido se va, te esfuerzas en verle en los amaneceres y atardeceres, le ves en rayos de sol de su nevado preferido, le ves en la luna llena que atraviesa los cerros quiteños . Cuando tu amigo se va te manda en forma de ensueños sus mejores deseos, te deja el dolor delirante de su pérdida tajante. El dolor no tiene color, el dolor carece de tonos, es incoloro, no permite ver lo que antes era tan calidoscópicamente evidente.
Cuando tu marido se va queda en tu piel, a la vuelta de una esquina del mall, del súper , queda sentado viendo la NBA, mi marido se ha ido pero mi amigo se aseguró de dejarme en la ciudad que amamos y que juntos con los ojos cerrados recorrimos años antes haciéndola nuestro proyecto de jubilados. Cuando tu amigo se va se asegura de dejarte con la fuerza que crees no tienes para seguir viviendo sin su calidez alimentando tus decisiones. Cuando tu marido se va te quedas sembrada de alguna manera en la realidad que construyeron juntos y gracias a Dios esas raíces, mi hija, es la que irriga mis noches, nuestra hija ha sido y es nuestra amiga. Los tres construimos nuestro escenario camaraderil.
La muerte de tu amigo va más allá de cualquier realidad sentida. La muerte de tu esposo es una certeza que te aniquila y a la vez te reta a asistir a uno de los momentos más anhelados, la graduación de nuestra hija en la universidad. Para nosotros la educación es la madre de todas las aspiraciones. Estaremos juntas el ocho de mayo sin Roloff a nuestro lado, disfrutaremos de la felicidad que se alcanza al mirar hacia atrás y ver que todos nuestros esfuerzos han convertido a una joven de veintiún años en graduada y que toga en mano dedicará el resto de su vida a honrar a su mejor amigo: Su Padre.
Cuando un amigo se va esa frase tan escuchada, trillada, que todos decimos pero que hasta que no nos toca en carne propia no sabemos cuán ajena es y que como parte del discurso del duelo se repite y se escucha: lo siento mucho, tienes que seguir adelante, puedo imaginar lo que sientes. Cómo seguir si tu amigo se llevó las ganas, las esperanzas, los anhelos , cómo seguir compartiendo sin él, el contenido de su día a día, cómo seguir a solas cocinando, nadando, escribiendo , viviendo . Mi amigo era mi faro, me detenía en él y desde su altura miraba el horizonte .
Ayer once de abril le visité. Cómo salir del cementerio dejando a tu amigo. Solo le puedo dejar allí, justamente pensando que no le he dejado, que mi marido está a mi lado, sentado, listo para revisar lo que escribo, justo para alentarme a que siga sin él, el sendero que construimos y que ahora se me hace cuesta arriba. Esta cuesta que me cuesta, y mientras escucho música, esa melodía que vibra, esa canción que tanto oía en la Habana en los años de nuestra juventud, en voz de Alberto C. declarando musicalmente que la ausencia de tu amigo es insustituible. Y que de alguna forma tu amigo eres vos, que su voz se apagó pero se quedó en mi interior para hacerme más suya, más amiga. A la memoria del mejor amigo que he tenido, que hemos tenido algunos.
A la memoria de mi esposo Gerardo Roloff.
Mi amigo sembró arboles de la mano de su abuelo, escribió libros con su izquierda tan amada y tuvo hijos. Sus semillas perpetuarán su vida.
Me cautivaron sus zapatos unos mocasines de lona color celeste y sus dientes de conejo, totalmente expuestos al apetito femenino habanero , por lo que su boca tenía esa sonrisa dibujada a medias y su silencio cómplice de sus intimidades. De pocas palabras, las justas, las necesarias. El y su mutismo, él y su ilimitada capacidad de escucharnos.
Ha sido mi mejor amigo durante más de treinta años. De amigo a esposo, de esposo a padre de mi única hija. Consejero, un hombre que se ha ido físicamente cuando menos lo esperaba, decidió luchar por su bienestar, fuerte, valioso, alegre, chistoso, maduro, cariñoso. Su salud se quebró el once de marzo y se fue con una sonrisa de despedida, así de simple, como era. Con dolor y en total serenidad. Ecuánime hasta en su último adiós, mesurado y absolutamente hecho de esa fibra masculina que pocos ejemplares de su especie pueden alardear de poseer. El respeto hacia su familia, sus amigos, colegas y el respeto ante todo hacia lo que amaba , hacia su profesión.
Como dice Alberto Cortez . en su sabia canción, cuando Roloff se ha ido ha quedado un espacio vacío que no lo puede llenar la presencia de otro ser querido. Cuando Roloff se ha ido ha dejado un tizón encendido como una estrella que ilumina nuestros caminos. Cuando tu marido se va se detienen los caminos, el alma queda fría buscando su mano amiga. Cuando tu marido se va se queda todo contigo, los sueños, la vida compartida, las imágenes en fotografías y su presencia se esfuma consolidando su esencia divina. Cuando un amigo se va, se lleva tu juventud, tu risa, el sentido de esas pequeñas cosas que hacían de la convivencia treintañera una rutina añorada.
Cuando tu marido se va, te esfuerzas en verle en los amaneceres y atardeceres, le ves en rayos de sol de su nevado preferido, le ves en la luna llena que atraviesa los cerros quiteños . Cuando tu amigo se va te manda en forma de ensueños sus mejores deseos, te deja el dolor delirante de su pérdida tajante. El dolor no tiene color, el dolor carece de tonos, es incoloro, no permite ver lo que antes era tan calidoscópicamente evidente.
Cuando tu marido se va queda en tu piel, a la vuelta de una esquina del mall, del súper , queda sentado viendo la NBA, mi marido se ha ido pero mi amigo se aseguró de dejarme en la ciudad que amamos y que juntos con los ojos cerrados recorrimos años antes haciéndola nuestro proyecto de jubilados. Cuando tu amigo se va se asegura de dejarte con la fuerza que crees no tienes para seguir viviendo sin su calidez alimentando tus decisiones. Cuando tu marido se va te quedas sembrada de alguna manera en la realidad que construyeron juntos y gracias a Dios esas raíces, mi hija, es la que irriga mis noches, nuestra hija ha sido y es nuestra amiga. Los tres construimos nuestro escenario camaraderil.
La muerte de tu amigo va más allá de cualquier realidad sentida. La muerte de tu esposo es una certeza que te aniquila y a la vez te reta a asistir a uno de los momentos más anhelados, la graduación de nuestra hija en la universidad. Para nosotros la educación es la madre de todas las aspiraciones. Estaremos juntas el ocho de mayo sin Roloff a nuestro lado, disfrutaremos de la felicidad que se alcanza al mirar hacia atrás y ver que todos nuestros esfuerzos han convertido a una joven de veintiún años en graduada y que toga en mano dedicará el resto de su vida a honrar a su mejor amigo: Su Padre.
Cuando un amigo se va esa frase tan escuchada, trillada, que todos decimos pero que hasta que no nos toca en carne propia no sabemos cuán ajena es y que como parte del discurso del duelo se repite y se escucha: lo siento mucho, tienes que seguir adelante, puedo imaginar lo que sientes. Cómo seguir si tu amigo se llevó las ganas, las esperanzas, los anhelos , cómo seguir compartiendo sin él, el contenido de su día a día, cómo seguir a solas cocinando, nadando, escribiendo , viviendo . Mi amigo era mi faro, me detenía en él y desde su altura miraba el horizonte .
Ayer once de abril le visité. Cómo salir del cementerio dejando a tu amigo. Solo le puedo dejar allí, justamente pensando que no le he dejado, que mi marido está a mi lado, sentado, listo para revisar lo que escribo, justo para alentarme a que siga sin él, el sendero que construimos y que ahora se me hace cuesta arriba. Esta cuesta que me cuesta, y mientras escucho música, esa melodía que vibra, esa canción que tanto oía en la Habana en los años de nuestra juventud, en voz de Alberto C. declarando musicalmente que la ausencia de tu amigo es insustituible. Y que de alguna forma tu amigo eres vos, que su voz se apagó pero se quedó en mi interior para hacerme más suya, más amiga. A la memoria del mejor amigo que he tenido, que hemos tenido algunos.
A la memoria de mi esposo Gerardo Roloff.
sábado, 6 de marzo de 2010
Back to Chuta
Tener en la punta de la lengua una palabra que exprese nuestros estados de ánimo es ley para sobrevivir al estrés globalizado que corre en este siglo. En lo personal tengo preferencia por un par de ellas y particularmente por una que sin esfuerzo alguno asoma al umbral de mi cavidad bucal con absoluta facilidad. Danza a toda hora entre mi silabeo en ocasiones hostil, a ratos de reclamo y frecuentemente de felicidad.
Fui una niña bien hablada, nada de palabras malas, ni dichas ni repetidas. Lo tengo claro porque mi tia y mi madre me lo dejaron claro nada de malas palabras si quería pasear y recibir uno que otro regalo. Fui buena para entender las relaciones de negociaciones entre mayores y niños. Callar y recibir. Ya para mi juventud y fuera de la sombra familiar el lenguaje popular, lo prohibido, lo grosero se hizo presente en mi fraseo cotidiano. El sabroso “ÑO” llegó para quedarse, y hasta hoy no soy quien soy si mi alegría, mi enojo, mi contrariedad, mi asombro no se engalanan y se pasean por la pasarela bucal al ritmo de adjetivos como carajete, miér.. coles y el coño tan cubanísimo como nuestra palma real.
Mi patrón cultural así lo demanda, nada de hacerme la educada, la fina, nada de eso, no digo otras groserías, porque no me apetecen, le echo mano de manera absolutamente inconsciente a esta trilogía dizque obscena que no aplican a las ligas mayores. Para mi adultez llegué no a otro mundo, sino a la mitad de este donde obviamente la paella tiene otros ingredientes. Y desde ese momento hasta ahora una de mis preferidas, una de mis nuevas galas es chuta. Breve, sonora , llana pero no por ello pierde su fortaleza, sus curvas. Para muchos y para mi chuta resume lo habido y lo por haber.
Para algunos sudamericanos el chuta tiene varias movidas, al revisar Google supe la variedad que ofrece esta bisílaba cargada de humanismo, porque en lo personal rescato el lado antropológico de las mal llamadas malas palabras. Malas por qué? Esa tarea se las dejo, para mí son buenísimas, vienen al rescate, llegan a ofrecer a los inmigrantes como yo la posibilidad de incorporar a nuestra identidad parte del hacer cultural de los pueblos. Las clasifico como lenguaje terapéutico, cuanta energía liberamos al decir chuta, o chutaa, o chuttaa madre!!!tal cual en situaciones donde se ponen a prueba nuestros indicadores de buena o mala gente.
El chuta llegó a nuestro argot para instalarse, ha sido y es parte de mi familia durante diecinueve años. Mi hija es hija del chuta. Gracias Ecuador por darme el sinónimo del ÑO, gracias quiteños por brindarme la cadencia de decir CHUTA. Regresamos a los Andes queridos y aquí estoy de cara al Cotopaxi, al Cayambe, al Antisana, y digo chuta, mira que son hermosos estos nevados.
Solo un comentario final que para estar a la moda juvenil quiteña debo de agregarle a mi chuta querido, un FULL, porque uno de los cambios que encuentro al regresar a mi Quito es que no nos es suficiente asi solo sino que debemos decir FULL CHUTA y así es más chuta que el chuta en sí mismo. Que manera de hacer de nuestra América una América para todos. Y para rematar no hay nada mejor que escuchar de boca de una gringuita de intercambio la tan simpática frase, cuando le pregunté cómo le fue en Montañitas y me respondió sonriente : Full chuta.
Y acá estamos presa de la burocracia gubernamental esperando nuestro visado para traer nuestro contenedor porque hemos decidido vivir más cerca del chuta quiteño y aunque necesitamos visa prácticamente para todo, eso sí nos hemos ganado el permiso después de vivir acá diez años de gritar a voz en cuello: chutaa no frieguen tanto.
Sin lugar a dudas al consultar la guía al visitante uno de los tips que deben aparecer para una exitosa experiencia al aterrizar al aeropuerto Mariscal Sucre en caso de algún inconveniente con las autoridades migratorias es : ñañito qué pasa pues chuta…………………..y como decía la abuela de una amiga: chuta paciencia y buen humor para vivir en el Ecuador.
Welcome chuta, made in Ecuador
Fui una niña bien hablada, nada de palabras malas, ni dichas ni repetidas. Lo tengo claro porque mi tia y mi madre me lo dejaron claro nada de malas palabras si quería pasear y recibir uno que otro regalo. Fui buena para entender las relaciones de negociaciones entre mayores y niños. Callar y recibir. Ya para mi juventud y fuera de la sombra familiar el lenguaje popular, lo prohibido, lo grosero se hizo presente en mi fraseo cotidiano. El sabroso “ÑO” llegó para quedarse, y hasta hoy no soy quien soy si mi alegría, mi enojo, mi contrariedad, mi asombro no se engalanan y se pasean por la pasarela bucal al ritmo de adjetivos como carajete, miér.. coles y el coño tan cubanísimo como nuestra palma real.
Mi patrón cultural así lo demanda, nada de hacerme la educada, la fina, nada de eso, no digo otras groserías, porque no me apetecen, le echo mano de manera absolutamente inconsciente a esta trilogía dizque obscena que no aplican a las ligas mayores. Para mi adultez llegué no a otro mundo, sino a la mitad de este donde obviamente la paella tiene otros ingredientes. Y desde ese momento hasta ahora una de mis preferidas, una de mis nuevas galas es chuta. Breve, sonora , llana pero no por ello pierde su fortaleza, sus curvas. Para muchos y para mi chuta resume lo habido y lo por haber.
Para algunos sudamericanos el chuta tiene varias movidas, al revisar Google supe la variedad que ofrece esta bisílaba cargada de humanismo, porque en lo personal rescato el lado antropológico de las mal llamadas malas palabras. Malas por qué? Esa tarea se las dejo, para mí son buenísimas, vienen al rescate, llegan a ofrecer a los inmigrantes como yo la posibilidad de incorporar a nuestra identidad parte del hacer cultural de los pueblos. Las clasifico como lenguaje terapéutico, cuanta energía liberamos al decir chuta, o chutaa, o chuttaa madre!!!tal cual en situaciones donde se ponen a prueba nuestros indicadores de buena o mala gente.
El chuta llegó a nuestro argot para instalarse, ha sido y es parte de mi familia durante diecinueve años. Mi hija es hija del chuta. Gracias Ecuador por darme el sinónimo del ÑO, gracias quiteños por brindarme la cadencia de decir CHUTA. Regresamos a los Andes queridos y aquí estoy de cara al Cotopaxi, al Cayambe, al Antisana, y digo chuta, mira que son hermosos estos nevados.
Solo un comentario final que para estar a la moda juvenil quiteña debo de agregarle a mi chuta querido, un FULL, porque uno de los cambios que encuentro al regresar a mi Quito es que no nos es suficiente asi solo sino que debemos decir FULL CHUTA y así es más chuta que el chuta en sí mismo. Que manera de hacer de nuestra América una América para todos. Y para rematar no hay nada mejor que escuchar de boca de una gringuita de intercambio la tan simpática frase, cuando le pregunté cómo le fue en Montañitas y me respondió sonriente : Full chuta.
Y acá estamos presa de la burocracia gubernamental esperando nuestro visado para traer nuestro contenedor porque hemos decidido vivir más cerca del chuta quiteño y aunque necesitamos visa prácticamente para todo, eso sí nos hemos ganado el permiso después de vivir acá diez años de gritar a voz en cuello: chutaa no frieguen tanto.
Sin lugar a dudas al consultar la guía al visitante uno de los tips que deben aparecer para una exitosa experiencia al aterrizar al aeropuerto Mariscal Sucre en caso de algún inconveniente con las autoridades migratorias es : ñañito qué pasa pues chuta…………………..y como decía la abuela de una amiga: chuta paciencia y buen humor para vivir en el Ecuador.
Welcome chuta, made in Ecuador
domingo, 6 de diciembre de 2009
Como piedra en el zapato
Usualmente así solemos diagnosticar a alguien que se asoma a nuestras vidas para torcerla y hacerla más difícil de lo que es, también así solemos llamarle a los obstáculos, experiencias, desdichas, desgracias o generalizando al mosaico de ingratitudes que pensamos que la vida nos ha zumbao tal jarro de agua fría sobre nuestra realidad.
Con cuántas piedras he tropezao en mi vida, cuántos zapatos he dañado al ir zapateando por los empedrados trillos que han dado paso a mis días. He tenido todo tipo de especies rocosas: piedritas, adoquines, ladrillos, seborucos. Que uno sobre otros, así amontonados haciendo pilas, montículos se han empeñado en ponérmela difícil. El asfalto no ha sido mi alfombra gris, mi tapete color plomo, nada de eso.
Con la perseverancia en mi morral he ido superando mis choques con el concreto duro y sólido de estas majestuosas moles que entre mis sueños, mis esperanzas, mis ansias me han ido sacando ese “coñooo” que al tropezar con ellos ha salido y sale de mi garganta. Como al sacar un boniato (camote) de la tierra y así se suele decir entre mis paisa cuando producto de un mal paso casi nos matamos al andar.
Y así entre un Ñoo!! bien fuerte he ido transitando las etapas de mi cincuentona vida, y como en las comedias siempre a última hora aparece un jodido ejemplar que viene a hacerte la vida un yogurt, así ácida, rancia, que te provoca un reflujo endemoniadamente gástrico . Así como se suele decir aparece un o una mala leche en el final de un proceso en el cual vos pensabas que te declarabas invicto te mete un nocao.
Y en esa estoy, con mis zapatos bien lustrados, de buena marca bien calzados para mi tropezón. Eso sí, declaro la incapacidad total de lidiar con los pedrucones que he tenido como guardianes al mal presagio sino fuera por mi familia y amigos. Esa mano solidaria, esa mano tendida para que la caída sea menos dolorosa. Para que el aterrizaje sea menos forzoso. Mi tren de aterrizaje.
Cómo sobrevivir al mundo pedril sin una diestra a la vuelta. Hay amigos y parientes constantes, esos que se declaran parte de tu parte, que trascienden cualquier caída. Los que se hacen presentes a lo largo de todo el camino empedrado. Y que su mano se hace callosa unida a la tuya de tanto romper la dureza del mármol. Otros los circunstanciales, los que no pasan más allá de la situación que originó la relación., que te acompañan no más en las buenas, con las risas, en las abundancias donde las piedras no aparecen, sino que están disfrazadas de buenaventura. Y los satélites. Cuyas órbitas de repente tocan tu planeta.
Afortunadamente los brazos de mis familiares y amigos han sido como grúas, son de hierro fundido que cargan mis penas y mis sinsabores a la par mío. Sus extremidades se extienden hacia mi colocando sus oraciones entre grieta y grieta , entre pena y penita.
Por eso en mis últimas compras me he asegurado de que mis “shoes” vengan a prueba de un resbalón fatal. Que su diseño contribuya a una buena patada que lance bien lejos de mi vía a esa piedrilla que se afana en que mis huesos terminen fracturados. Hecho talco, nada que para la etapa navideña que tanto estresa en todo sentido estaré lejos muy lejos de estas latitudes tan jodidamente empedradas. Y todos dan fe de que las caídas han superado los límites de los récords emocionales y que ellos con sus zapatillas puestas me han cargado literalmente en sus alas para cruzar la línea de la mala onda.
Y es que pensando y pensando confieso que ya de tanto tropezar con estos pedazos de material orgánico mi salud se ha visto fortalecida, he crecido, me he hecho una mujer adulta madura, así que no es que sea masoquista jiji, pero para darme cuenta de que tengo la mejor familia y los mejores amigos y amigas hay que tener piedras en los zapatos. Una buena cantera garantiza un excelente marmoleado.
Nada que para la próxima el Ñoooo será el definitivo adiós a esta explanada, este pedraplen que abandono con aciertos y desaciertos. Que me alejo de estas tierras tan bendecidas, tan empedradamente empedradas. Mi mayor logro es no quedarme debajo de las piedras que como abono fértil irrigan la sabia de esta ciudad.
Con cuántas piedras he tropezao en mi vida, cuántos zapatos he dañado al ir zapateando por los empedrados trillos que han dado paso a mis días. He tenido todo tipo de especies rocosas: piedritas, adoquines, ladrillos, seborucos. Que uno sobre otros, así amontonados haciendo pilas, montículos se han empeñado en ponérmela difícil. El asfalto no ha sido mi alfombra gris, mi tapete color plomo, nada de eso.
Con la perseverancia en mi morral he ido superando mis choques con el concreto duro y sólido de estas majestuosas moles que entre mis sueños, mis esperanzas, mis ansias me han ido sacando ese “coñooo” que al tropezar con ellos ha salido y sale de mi garganta. Como al sacar un boniato (camote) de la tierra y así se suele decir entre mis paisa cuando producto de un mal paso casi nos matamos al andar.
Y así entre un Ñoo!! bien fuerte he ido transitando las etapas de mi cincuentona vida, y como en las comedias siempre a última hora aparece un jodido ejemplar que viene a hacerte la vida un yogurt, así ácida, rancia, que te provoca un reflujo endemoniadamente gástrico . Así como se suele decir aparece un o una mala leche en el final de un proceso en el cual vos pensabas que te declarabas invicto te mete un nocao.
Y en esa estoy, con mis zapatos bien lustrados, de buena marca bien calzados para mi tropezón. Eso sí, declaro la incapacidad total de lidiar con los pedrucones que he tenido como guardianes al mal presagio sino fuera por mi familia y amigos. Esa mano solidaria, esa mano tendida para que la caída sea menos dolorosa. Para que el aterrizaje sea menos forzoso. Mi tren de aterrizaje.
Cómo sobrevivir al mundo pedril sin una diestra a la vuelta. Hay amigos y parientes constantes, esos que se declaran parte de tu parte, que trascienden cualquier caída. Los que se hacen presentes a lo largo de todo el camino empedrado. Y que su mano se hace callosa unida a la tuya de tanto romper la dureza del mármol. Otros los circunstanciales, los que no pasan más allá de la situación que originó la relación., que te acompañan no más en las buenas, con las risas, en las abundancias donde las piedras no aparecen, sino que están disfrazadas de buenaventura. Y los satélites. Cuyas órbitas de repente tocan tu planeta.
Afortunadamente los brazos de mis familiares y amigos han sido como grúas, son de hierro fundido que cargan mis penas y mis sinsabores a la par mío. Sus extremidades se extienden hacia mi colocando sus oraciones entre grieta y grieta , entre pena y penita.
Por eso en mis últimas compras me he asegurado de que mis “shoes” vengan a prueba de un resbalón fatal. Que su diseño contribuya a una buena patada que lance bien lejos de mi vía a esa piedrilla que se afana en que mis huesos terminen fracturados. Hecho talco, nada que para la etapa navideña que tanto estresa en todo sentido estaré lejos muy lejos de estas latitudes tan jodidamente empedradas. Y todos dan fe de que las caídas han superado los límites de los récords emocionales y que ellos con sus zapatillas puestas me han cargado literalmente en sus alas para cruzar la línea de la mala onda.
Y es que pensando y pensando confieso que ya de tanto tropezar con estos pedazos de material orgánico mi salud se ha visto fortalecida, he crecido, me he hecho una mujer adulta madura, así que no es que sea masoquista jiji, pero para darme cuenta de que tengo la mejor familia y los mejores amigos y amigas hay que tener piedras en los zapatos. Una buena cantera garantiza un excelente marmoleado.
Nada que para la próxima el Ñoooo será el definitivo adiós a esta explanada, este pedraplen que abandono con aciertos y desaciertos. Que me alejo de estas tierras tan bendecidas, tan empedradamente empedradas. Mi mayor logro es no quedarme debajo de las piedras que como abono fértil irrigan la sabia de esta ciudad.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Bon appetit!!!
Dicen que los niños nacen con un pan debajo del brazo, en mi caso no fue así. Yo no. Nací con una cartilla de racionamiento alimentario debajo de mis brazos. Como muchos otros. Es un hecho que marca una actitud hacia la compra, preparación, cocción e ingesta de alimentos tan necesitados por todos y tan racionados para muchos.
La cocina de la casa donde pasé mi infancia, adolescencia y juventud era muy pequeña. Un espacio donde con las justas se cocinaba y lavaban los platos. Un ambiente donde la plática obligada era qué poner dentro de las ollas en los horarios del caso.
Adolecí de entrenamiento culinario. La cocina era un espacio para mi madre y hermana mayor que eran las responsables de hacer estirar, de hacer rendir para que alcanzara para todos los pocos alimentos que constituían nuestra dieta básica. Nada de desperdiciar ingredientes, nada de ensayar algún platillo cuya receta les gustara. Se cocinaba arroz con frijoles y huevos fritos, revueltos o en tortillas o alguna vianda de la época y afortunados nos considerábamos cuando nuestra dentadura se fortalecía con un pedazo de pollo o carne. De cuando en vez y de vez en cuando.
Esta realidad marcó a toda una generación de mujeres como yo y las que me siguen. No puedo presumir de habilidades y destrezas fogoneras. El fogón y yo nunca hemos sido compinches. La cocina siempre ha sido mi materia pendiente.
Hoy día mi pisada es fuerte al entrar a cocinar. No siempre ha sido así, todo lo contrario he ido evolucionando, mis pasos inicialmente fueron muy cautelosos de la mano de mi comadre, amigas, programas televisivos y libros que me daban los mejores consejos para cocinar a fuego lento. Me considero una buena alumna y mi tenacidad se ha vestido con un mandil o delantal de alta cocina para alimentar a mi familia, amigos y a mi misma. Aún así me considero aprendiz a tiempo completo.
El no saber cocinar como dios manda, es lo que me permite no permitirme la osadía de ofrecer recetas, brindar procedimientos para saborear los sabores de la cocina típica de mi tierra e internacional de cuantas tierras me han ofrecido sus manjares. Eso sí me atrevo a tener un proyecto y compartirlo que se inicie por así decirlo en etapas o fases que establecen una rutina de chef amateur que para mí comienza la noche anterior al almuerzo del siguiente día. Nuestra carta gastronómica prácticamente la elaboro a la luz de las velas del anochecer en vísperas del siguiente almuerzo. No cenamos, hace años no lo hacemos. Nuestro bocadillo nocturno ha sido frugal para combatir los males de la altura en nuestra digestión.
Practicamos eso que se aconseja de: desayuna como rey, almuerza como príncipe y cena como mendigo.
Mi proyecto para cocinar es básico y lo constituyen gradas o escalones que comienzan simplemente por comprar, seleccionar o abastecerse de la gama de los grupos alimentarios existentes. La antesala de la cocina es el mercado. Es una visita, un tour obligado. Llegué a mi mayoría de edad sin saber comprar alimentos, sin disfrutar de tal experiencia sensorial. Amo los mercados, esos paraísos donde son exhibidos los productos en canastas de paja toquilla y que dan calor a cuantas especies son engendradas en las tierras más fértiles que ojos humanos hayan visto. Me hice madre sin visitar con mi madre un mercado. Mucho después de ser mujer me convertí en chef.
He degustado con una felicidad inmensa comprar y llevar a mi casa, a mi cocina, todo tipo de alimentos que como trofeos aparecen en los mercados de nuestras capitales y ciudades centro y sudamericanas. He entendido ese lenguaje de esos rostros femeninos
surcados por la experiencia al sacar de sus tierras los preciados frutos y ofrecerlos a sus habituales compradoras. Confieso que al inicio puede ser una experiencia no muy agradable al olfato cuando el olor fuerte a sangre de res, aves y otras carnes se mezclan con olores humanos, y de otras especies, quizás sea una experiencia que de a poco se va como todo interiorizando, en mi caso sucedió así. Inicialmente con un poco de rechazo o repulsión hasta que mi ser aprendió a moverse, mis sentidos entrenados en la búsqueda del mejor y más preciado bocado y hasta que mi ángel de la guarda me premió con una de las mejores caseras que había en Achumani, el mercado de la zona sur de la capital boliviana.
Una mujer regordeta, pequeña, joven, con un cabello atado siempre, trenzado, sin estudios pero con las matemáticas a prueba de examen. Llegamos a querernos, a esperarnos la una a otra, ya que no le compraba a ninguna otra, le fui fiel durante seis años, una vez a la semana y días fijos, le visitaba los viernes , me esperaba con la trucha fresca recién salida del Lago Titicaca y lista para llevar a mi parrilla, Rosa mi caserita me mostró y me enseñó con orgullo desde su forma de preparar y adobar su lujoso platillo andino hasta otras reglas de oro del mercado, nada de tarjetas de créditos, cheques u otra forma de pago, al pan pan y al vino vino. Unas manos entregan el alimento y otra el dinero, tan simple como desde sus inicios. Un trueque. Como en los tiempos
prehispánicos.
No hay experiencia más sublime que perderse en esas pasarelas y con las manos en la masa palpar la sanidad de los ejemplares en venta. Regatear los precios, los costos, nunca pagar la primera suma que te pidan, ir por una segunda o tercera, es una aventura que he aprendido y que es todo un arte mercantil.
Las canastas son un accesorio que le dan un aire folklórico a mi look de ama de casa latinoamericana. Con ellas en mano y mis sentidos alerta me he perdido en la búsqueda de frutas frescas, verduras, vegetales, y donde nuestros sentidos nos dieran luz verde en la compra de lo buscado. No hay mejor pasarela que esa que nos regalan los mercados al poner a prueba nuestra paleta culinaria.
No tuve tardes de lluvia horneando galletas, pan o algún pastel que mi abuela legara la receta como parte del patrimonio familiar. Los hornos para mi eran un depósito donde se guardaban enceres viejos que habíamos heredado de tiempos que hablaban de un mejor paladar. No teníamos combustible para que estos funcionaran. Teníamos el justo para que la luz brillante durara treinta días en las hornillas de las cocinas que habían sobrevivido a la decidía doméstica.
Nuestras papilas gustativas estuvieron por décadas sentenciadas a no degustar ninguna exquisitez, ningún platillo ni típico, ni exótico, ni volador. Ni de ninguna otra categoría.
Desde muy joven mis almuerzos se limitaban a una dieta de pequeñas porciones y lo peor no era la poca generosidad con que me la ofrecían sino su presencia absolutamente prosaica. Servida en una bandeja metálica de esas diseñadas para los comedores obreros, con varios orificios para colocar el vaso, los cubiertos y el pan nuestro de cada día.
Los cubiertos otra historia, de metal noble tan noble que quedaban doblados al ejercer la fuerza necesaria para cortar una papa o algo parecido a un boniato (camote). Los accesorios como manteles, servilletas y otros nunca formaron parte del escenario. El acto de comer nunca rebaso los límites de engullir y rápidamente aquel menú que en forma de chiste nos lo tomábamos cuando nos ofrecían el mal llamado arroz con pollo. Y nosotros le rebautizamos como el arroz con suerte porque había que tener de ella y mucha para encontrar alguna parte de la tan ansiada ave. El clásico “tente en pie”
Crecí cantando esa ronda infantil de: arroz con leche se quiere casar con una viudita de la capital, que sepa coser, que sepa bordar, bla bla bla. No sabía coser, bordar y menos cocinar.
Para mil novecientos ochenta y ocho se inauguró una tienda de productos alimentarios donde antes existía una de ropa en el sector de Centro Habana, llamada Sears . Ese año yo estaba embarazada y afortunadamente este establecimiento gubernamental ofrecía a precios de locos cumplir el sueño de los sueños cubanos: comprar comida. Abastecerse.
Las filas, colas, o la sucesión interminable de personas unas tras otras esperando horas interminables pasaron a formar parte del paisaje urbanístico fundiéndose con el parque de la Fraternidad, que afortunadamente quedaba frente a esta y brindaba la posibilidad de pescar un asientillo para un descansito. Mi condición de gestante me permitía entrar más rápidamente al Gourmet Center.
Así lo recuerdo, fue mi primera experiencia de consumidora por partida doble. Siempre tenía hambre y mi condición de embarazada añosa pues me hacía comer con más seriedad, siempre pensando en el desarrollo embrionario.
Para cuando mi hija abría la boca ya el período especial nos hizo cerrarla. Que paradoja, qué tenían de especial aquellos años. Eran especiales por bueno, por excepcionalmente rebuenos . Parecería que el término especial nos encerraría una sorpresa para agradarnos, sorprendernos de forma agradable. Pero no. Nada que lo de especial venía a jodernos aún más.
Con estos bueyes tuvimos que arar, como decía mi madre al referirse a lo impostergable de la desgracia, a lo inevitable de la desdicha. A las certezas, a lo negro de la realidad. Y no es que el hambre fuera una visita que llegara a hogares donde el desempleo y la falta de futuro fuera el plato fuerte. No nada de eso. El hambre visitaba al hombre del futuro. Al hombre del mañana. A las familias que eran proclamadas progenitoras de un nuevo modelo de ser humano.
El acto de comer y de buscar alimentos, de cazar, de sembrar, de utilizar el combustible para lograr el calor, el fuego para poder llevar a la boca un bocadillo es tan viejo como el hambre. Desde que el hombre tiene hambre así de simple. Al alejarme del período tan especial puse comida y no tierra de por medio entre nuestros estómagos y la maravilla del reino poblado de hombres nuevos que no podían saciar el hambre vieja. Matar el hambre del hombre.
Con toda esta historia en mi hoja de vida mi receta a compartir con ustedes no es en forma alguna el un, dos, tres de un platillo. No es el blablabla de este o aquel plato. Nada de eso. Mi receta para lograr un bon appetit es el resultado en buena medida de mi realidad de mi práctica cazuelera. Para arrancar el que rico!! Y que sabroso!! Lo primero es lo primero. Pisar fuerte. Ser chef todo terreno.
Comprar sí se puede productos o géneros alimenticios saludables. Cocinar a la plancha o al vapor. Balancear el menú atendiendo a las necesidades según edad, talla, peso y estado de salud. Lograr un ambiente agradable en los horarios de alimentación. Y utilizar en lo posible accesorios con diseños agradables donde serán servidos los alimentos. En lo posible acompañar nuestros almuerzos y cenas con música que ambienten nuestras charlas.
Y como idea final, si se trata de una invitación, de una reunión en nuestra casa de amigos o colegas, la mejor forma de consagrarnos como buenos anfitriones créanme no es lo ostentoso de lo servido, es a mi manera de pensar la lista de invitados, es el lograr que las personas invitadas se integren y que la charla fluya como lo hace el buen vino al ser catado. Una buena plática es la mejor forma de digerir cuanto manjar podamos ofrecer.
Dicho esto espero coincidamos en que a la cocina como a todo hay que cogerle el
Tumbao. Y que como a la buena música se le disfruta llevando el ritmo a las ollas. Que el calor, el amor, el olor, el color y el sabor se fundan como la leche y el arroz en la tonada infantil.
Para que los niños y niñas se den sus manos haciendo una fuerte ronda alrededor del mundo y que el derecho a comer, el derecho a alimentarse sea una prioridad social y familiar y que las promesas de lo especial sea especialmente el bienestar ciudadano.
La cocina de la casa donde pasé mi infancia, adolescencia y juventud era muy pequeña. Un espacio donde con las justas se cocinaba y lavaban los platos. Un ambiente donde la plática obligada era qué poner dentro de las ollas en los horarios del caso.
Adolecí de entrenamiento culinario. La cocina era un espacio para mi madre y hermana mayor que eran las responsables de hacer estirar, de hacer rendir para que alcanzara para todos los pocos alimentos que constituían nuestra dieta básica. Nada de desperdiciar ingredientes, nada de ensayar algún platillo cuya receta les gustara. Se cocinaba arroz con frijoles y huevos fritos, revueltos o en tortillas o alguna vianda de la época y afortunados nos considerábamos cuando nuestra dentadura se fortalecía con un pedazo de pollo o carne. De cuando en vez y de vez en cuando.
Esta realidad marcó a toda una generación de mujeres como yo y las que me siguen. No puedo presumir de habilidades y destrezas fogoneras. El fogón y yo nunca hemos sido compinches. La cocina siempre ha sido mi materia pendiente.
Hoy día mi pisada es fuerte al entrar a cocinar. No siempre ha sido así, todo lo contrario he ido evolucionando, mis pasos inicialmente fueron muy cautelosos de la mano de mi comadre, amigas, programas televisivos y libros que me daban los mejores consejos para cocinar a fuego lento. Me considero una buena alumna y mi tenacidad se ha vestido con un mandil o delantal de alta cocina para alimentar a mi familia, amigos y a mi misma. Aún así me considero aprendiz a tiempo completo.
El no saber cocinar como dios manda, es lo que me permite no permitirme la osadía de ofrecer recetas, brindar procedimientos para saborear los sabores de la cocina típica de mi tierra e internacional de cuantas tierras me han ofrecido sus manjares. Eso sí me atrevo a tener un proyecto y compartirlo que se inicie por así decirlo en etapas o fases que establecen una rutina de chef amateur que para mí comienza la noche anterior al almuerzo del siguiente día. Nuestra carta gastronómica prácticamente la elaboro a la luz de las velas del anochecer en vísperas del siguiente almuerzo. No cenamos, hace años no lo hacemos. Nuestro bocadillo nocturno ha sido frugal para combatir los males de la altura en nuestra digestión.
Practicamos eso que se aconseja de: desayuna como rey, almuerza como príncipe y cena como mendigo.
Mi proyecto para cocinar es básico y lo constituyen gradas o escalones que comienzan simplemente por comprar, seleccionar o abastecerse de la gama de los grupos alimentarios existentes. La antesala de la cocina es el mercado. Es una visita, un tour obligado. Llegué a mi mayoría de edad sin saber comprar alimentos, sin disfrutar de tal experiencia sensorial. Amo los mercados, esos paraísos donde son exhibidos los productos en canastas de paja toquilla y que dan calor a cuantas especies son engendradas en las tierras más fértiles que ojos humanos hayan visto. Me hice madre sin visitar con mi madre un mercado. Mucho después de ser mujer me convertí en chef.
He degustado con una felicidad inmensa comprar y llevar a mi casa, a mi cocina, todo tipo de alimentos que como trofeos aparecen en los mercados de nuestras capitales y ciudades centro y sudamericanas. He entendido ese lenguaje de esos rostros femeninos
surcados por la experiencia al sacar de sus tierras los preciados frutos y ofrecerlos a sus habituales compradoras. Confieso que al inicio puede ser una experiencia no muy agradable al olfato cuando el olor fuerte a sangre de res, aves y otras carnes se mezclan con olores humanos, y de otras especies, quizás sea una experiencia que de a poco se va como todo interiorizando, en mi caso sucedió así. Inicialmente con un poco de rechazo o repulsión hasta que mi ser aprendió a moverse, mis sentidos entrenados en la búsqueda del mejor y más preciado bocado y hasta que mi ángel de la guarda me premió con una de las mejores caseras que había en Achumani, el mercado de la zona sur de la capital boliviana.
Una mujer regordeta, pequeña, joven, con un cabello atado siempre, trenzado, sin estudios pero con las matemáticas a prueba de examen. Llegamos a querernos, a esperarnos la una a otra, ya que no le compraba a ninguna otra, le fui fiel durante seis años, una vez a la semana y días fijos, le visitaba los viernes , me esperaba con la trucha fresca recién salida del Lago Titicaca y lista para llevar a mi parrilla, Rosa mi caserita me mostró y me enseñó con orgullo desde su forma de preparar y adobar su lujoso platillo andino hasta otras reglas de oro del mercado, nada de tarjetas de créditos, cheques u otra forma de pago, al pan pan y al vino vino. Unas manos entregan el alimento y otra el dinero, tan simple como desde sus inicios. Un trueque. Como en los tiempos
prehispánicos.
No hay experiencia más sublime que perderse en esas pasarelas y con las manos en la masa palpar la sanidad de los ejemplares en venta. Regatear los precios, los costos, nunca pagar la primera suma que te pidan, ir por una segunda o tercera, es una aventura que he aprendido y que es todo un arte mercantil.
Las canastas son un accesorio que le dan un aire folklórico a mi look de ama de casa latinoamericana. Con ellas en mano y mis sentidos alerta me he perdido en la búsqueda de frutas frescas, verduras, vegetales, y donde nuestros sentidos nos dieran luz verde en la compra de lo buscado. No hay mejor pasarela que esa que nos regalan los mercados al poner a prueba nuestra paleta culinaria.
No tuve tardes de lluvia horneando galletas, pan o algún pastel que mi abuela legara la receta como parte del patrimonio familiar. Los hornos para mi eran un depósito donde se guardaban enceres viejos que habíamos heredado de tiempos que hablaban de un mejor paladar. No teníamos combustible para que estos funcionaran. Teníamos el justo para que la luz brillante durara treinta días en las hornillas de las cocinas que habían sobrevivido a la decidía doméstica.
Nuestras papilas gustativas estuvieron por décadas sentenciadas a no degustar ninguna exquisitez, ningún platillo ni típico, ni exótico, ni volador. Ni de ninguna otra categoría.
Desde muy joven mis almuerzos se limitaban a una dieta de pequeñas porciones y lo peor no era la poca generosidad con que me la ofrecían sino su presencia absolutamente prosaica. Servida en una bandeja metálica de esas diseñadas para los comedores obreros, con varios orificios para colocar el vaso, los cubiertos y el pan nuestro de cada día.
Los cubiertos otra historia, de metal noble tan noble que quedaban doblados al ejercer la fuerza necesaria para cortar una papa o algo parecido a un boniato (camote). Los accesorios como manteles, servilletas y otros nunca formaron parte del escenario. El acto de comer nunca rebaso los límites de engullir y rápidamente aquel menú que en forma de chiste nos lo tomábamos cuando nos ofrecían el mal llamado arroz con pollo. Y nosotros le rebautizamos como el arroz con suerte porque había que tener de ella y mucha para encontrar alguna parte de la tan ansiada ave. El clásico “tente en pie”
Crecí cantando esa ronda infantil de: arroz con leche se quiere casar con una viudita de la capital, que sepa coser, que sepa bordar, bla bla bla. No sabía coser, bordar y menos cocinar.
Para mil novecientos ochenta y ocho se inauguró una tienda de productos alimentarios donde antes existía una de ropa en el sector de Centro Habana, llamada Sears . Ese año yo estaba embarazada y afortunadamente este establecimiento gubernamental ofrecía a precios de locos cumplir el sueño de los sueños cubanos: comprar comida. Abastecerse.
Las filas, colas, o la sucesión interminable de personas unas tras otras esperando horas interminables pasaron a formar parte del paisaje urbanístico fundiéndose con el parque de la Fraternidad, que afortunadamente quedaba frente a esta y brindaba la posibilidad de pescar un asientillo para un descansito. Mi condición de gestante me permitía entrar más rápidamente al Gourmet Center.
Así lo recuerdo, fue mi primera experiencia de consumidora por partida doble. Siempre tenía hambre y mi condición de embarazada añosa pues me hacía comer con más seriedad, siempre pensando en el desarrollo embrionario.
Para cuando mi hija abría la boca ya el período especial nos hizo cerrarla. Que paradoja, qué tenían de especial aquellos años. Eran especiales por bueno, por excepcionalmente rebuenos . Parecería que el término especial nos encerraría una sorpresa para agradarnos, sorprendernos de forma agradable. Pero no. Nada que lo de especial venía a jodernos aún más.
Con estos bueyes tuvimos que arar, como decía mi madre al referirse a lo impostergable de la desgracia, a lo inevitable de la desdicha. A las certezas, a lo negro de la realidad. Y no es que el hambre fuera una visita que llegara a hogares donde el desempleo y la falta de futuro fuera el plato fuerte. No nada de eso. El hambre visitaba al hombre del futuro. Al hombre del mañana. A las familias que eran proclamadas progenitoras de un nuevo modelo de ser humano.
El acto de comer y de buscar alimentos, de cazar, de sembrar, de utilizar el combustible para lograr el calor, el fuego para poder llevar a la boca un bocadillo es tan viejo como el hambre. Desde que el hombre tiene hambre así de simple. Al alejarme del período tan especial puse comida y no tierra de por medio entre nuestros estómagos y la maravilla del reino poblado de hombres nuevos que no podían saciar el hambre vieja. Matar el hambre del hombre.
Con toda esta historia en mi hoja de vida mi receta a compartir con ustedes no es en forma alguna el un, dos, tres de un platillo. No es el blablabla de este o aquel plato. Nada de eso. Mi receta para lograr un bon appetit es el resultado en buena medida de mi realidad de mi práctica cazuelera. Para arrancar el que rico!! Y que sabroso!! Lo primero es lo primero. Pisar fuerte. Ser chef todo terreno.
Comprar sí se puede productos o géneros alimenticios saludables. Cocinar a la plancha o al vapor. Balancear el menú atendiendo a las necesidades según edad, talla, peso y estado de salud. Lograr un ambiente agradable en los horarios de alimentación. Y utilizar en lo posible accesorios con diseños agradables donde serán servidos los alimentos. En lo posible acompañar nuestros almuerzos y cenas con música que ambienten nuestras charlas.
Y como idea final, si se trata de una invitación, de una reunión en nuestra casa de amigos o colegas, la mejor forma de consagrarnos como buenos anfitriones créanme no es lo ostentoso de lo servido, es a mi manera de pensar la lista de invitados, es el lograr que las personas invitadas se integren y que la charla fluya como lo hace el buen vino al ser catado. Una buena plática es la mejor forma de digerir cuanto manjar podamos ofrecer.
Dicho esto espero coincidamos en que a la cocina como a todo hay que cogerle el
Tumbao. Y que como a la buena música se le disfruta llevando el ritmo a las ollas. Que el calor, el amor, el olor, el color y el sabor se fundan como la leche y el arroz en la tonada infantil.
Para que los niños y niñas se den sus manos haciendo una fuerte ronda alrededor del mundo y que el derecho a comer, el derecho a alimentarse sea una prioridad social y familiar y que las promesas de lo especial sea especialmente el bienestar ciudadano.
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